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Albuquerque: el regreso a casa

Tras un breve paso por la capital de Nuevo México, Santa Fe, entramos con el coche en Albuquerque con la certeza de que se había acabado la aventura. Marc me suelta en el porche del hostal Route 66, el mismo en el que nos habíamos quedado la otra vez, y vuelve a arrancar para devolver el vehículo que ha sido cómplice de tantas cosas en las últimas tres semanas, mientras yo pensaba en el Humbert Humbert y en la Lolita que Nabokov describía en su obra, cruzando Estados Unidos por carretera, de motel en motel, en una constante huida de todo, menos de sí mismos.

Tom, el propietario del hostal, nos ha reconocido, y sonríe mientras acabo de descargar la maleta, la mochila y la amasadora profesional. Con su sonrisa, su cabello blanco y sus ojos azules me siento como en casa, y mientras espero que nos acaben de arreglar la habitación, me quedo a tomar el fresco en el porche, hablando con un huésped que viaja con un perrillo negro, que me cuenta que ha estado en Madrid y en Barcelona. Hablamos de Santa Fe, con sus casitas de adobe y sus boutiques montadas para turistas, y le digo que prefiero Albuquerque, aunque en principio parezca que no tiene encanto.

Mientras acomodo las cosas en la habitación número 5, pienso que es este hostal el que me hace estar tan cómoda. No tenemos baño privado ni commodities, pero este suelo que se queja bajo mis pies y este techo siliconado tienen un encanto especial. Abro la enorme ventana turquesa que da a la vieja conocida carretera 66, y me entretengo viendo a los hispanos pasar. Van en vehículos clásicos, rancheras llamativas y harleys ruidosas. Caigo en la cuenta de que es festivo, como la última vez, así que me voy haciendo la idea de que no podré comprar los souvenirs que había dejado para el último día. Y entonces… ¿qué hacer en Albuquerque?

Me acuerdo de que cuando estaba en el El Día de Córdoba dimos la noticia de que un escritor cordobés, Vicente Luis Mora, había sido nombrado director del Instituto Cervantes de Albuquerque, en Estados Unidos. Meses después, Alfredo y yo le preguntábamos en persona en una de sus escapadas a Córdoba que qué tal le iba por esos lares. Hasta ahora no he comprendido el alcance de su experiencia. Me imagino a Vicente viviendo un año entero en estas calles, preguntando por la biblioteca pública o tomándose una copa en The Library, y entiendo que el chaval que conocimos en Chicago se sorprendiera de que eligiéramos esta ciudad como destino. Entonces, no sé por qué, me entra una melancolía inmensa, y me acuerdo de los compañeros del diario, de las guerras de bolas de papel y las discusiones políticas, y añoro las canciones de Shakira que bailaba en el Latino, la compañía que me hacían los libros de la editorial Berenice, los juegos de mesa interminables de los domingos en el hostal Alcázar y los fines de semana que regresaba a Sevilla, a contestar las preguntas de la familia y besar a las amigas.

***

Nos hemos llevado toda la tarde y parte de la mañana en la habitación, esperando una tormenta que se anuncia con el olor a lluvia, pero que no acaba de descargar. Ya que son las siete y pico y se ha ido el calor, salimos a decirle adiós a Albuquerque. Como no hay nada que hacer, decidimos dar una vuelta por la animada Main Street. Es la zona de marcha; aquí la gente se distrae paseando con el coche: pasan con sus vehículos tuneados, con las ruedas gigantes o diminutas, el capó levantado, las llantas brillantes o las chapas decoradas con grafitos. Sus ocupantes van con los brazos por fuera de las ventanillas, y cuando llegan a tu altura se te quedan mirando fijamente, como si te fueran a decir algo, sacando un poco la cabeza por encima del cristal bajado, como si estuvieran marcando territorio en el Bronx.

Nos distraemos con el tío que baila solo en la acera desde hace una hora y media, con la camisa rota y los pies descalzos; miramos cómo los seguratas piden el carnet a las mujeres de cincuenta años para ver si son mayores de edad; vemos a las camareras vestidas de falsas colegialas coqueteando con los clientes; las chicas que conducen pintándose los labios; la policía que patrulla y los negros que rapean en las aceras.

Nosotros estamos pensando en el viaje de mañana -24 horas- en el tren, y en el avión a casa. Sin darnos cuenta estamos haciendo como los albuquerqueños: vamos a una punta de la calle y, cuando llegamos, nos damos la vuelta hasta la otra. Paseamos por Main Street arriba y abajo, sin pasión, pero tampoco con desgana. Vamos desgranando las horas. Ya nos conocemos las esquinas, y por eso los porteros nos saludan.

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El saloon de Durango

Nos hemos dado cuenta de que nos sobrará un día, así que para no llegar un día antes a Albuquerque, retrocedemos un poco para visitar dos parques naturales más: Canyolands y Arches Park. Primero resolvemos el alojamiento. Hemos encontrado un albergue con mucho encanto, en Moab, y ya estamos disfrutando cuando traspasamos el umbral de nuestra cabaña de troncos. Nos tomamos nuestro tiempo en instalarnos y retomar nuestras lecturas. Hace bastantes días que dejé aparcado mi libro Amèrica, Amèrica, porque he querido verlo todo con mis ojos por primera vez, pero ahora vuelvo a cogerlo con ganas.

Hacia el mediodía visitamos Dead Horse Point, un poco descreídos de que nos vuelva a impresionar un nuevo parque natural, y con la esperanza de que al llegar se hayan disipado las nubes con las que hemos amanecido. Sin embargo, el paisaje de Estados Unidos tiene la particularidad de sorprenderte siempre, y cuando llegamos al precipicio, se me escapa un “¡Jooooder!” que hace reír a la pareja de americanos que hay en ese momento contemplando las vistas. Marc también está impresionado; me comenta que el lugar le parece mucho más espectacular que el Gran Cañón.

Lo que vemos es un paisaje caprichoso protagonizado por el río Colorado, que va haciendo meandros entre las rocas ocres y rojizas, mientras él mismo se torna ora verde ora marrón, a medida que va pasando por un sustrato u otro. Después de hacer un picnic en este inmenso cañón, entramos en Arches Park. Estamos emocionados porque hemos leído que hay 2.000 arcos de roca en este parque, esculpidos con el cincel imaginativo de las fuerzas naturales. Hacemos un poco de senderismo y, cuando se pone el sol, vemos el paisaje oscurecerse poco a poco desde la ventanita que nos proporciona en las alturas el Double Arch, el único arco doble del parque.

El día siguiente lo dedicamos a comer en Cortez y a cenar en Durango. En esta última ciudad se nos ocurrió entrar a tomar una copa en un auténtico Saloon. Marc pidió una cerveza local, de las que se elaboran en Durango, y yo una ginger ale. En eso estábamos, cuando un grupo de música comienza a tocar lo que me parecieron los grandes hits de música country del momento. Comienzan a salir parejas de lo más curiosas: la jovencita guapa con un tiarrón de cincuenta; los novios que visten sombrero de cowboy y la misma camisa a cuadros; la cincuentona que viste tacones altos y minifalda de veinte; la abuelita de setenta y pico que baila con el chico duro del local: tejanos, sombrero cowboy y navaja en las botas.

Nosotros los mirábamos siguiendo el compás de la música, hasta que de repente se me aparece un hombre con sombrero que me invita a bailar. Me lo pienso un segundo, pero al final me lanzo. Al principio me siento ridícula con mi camiseta friki de supergirl y catwoman, que está muy bien para darle un homenaje a mis amigos Deme y Antonio Montilla, pero no para bailar country. Sigo el ritmo como puedo, mientras Rob, mi pareja de baile, ríe como un loco y me pregunta cosas. Creo que no oye muy bien, porque constantemente me dice “thank you”, diga yo lo que le diga:

-¿What’s your name?

-Marisa.

-Thank you. What’s your husband’s name?

-Marc.

-Thank you.

-Are you a professional dancer?

-Thank you.

-Do you live in Durango?

-Thank you.

Y así durante dos o tres canciones. El sombrero de Rob se me mete por los ojos en los pasos difíciles, y mientras ríe me llega su aliento a tabaco reconcentrado. Pero es agradable este tipo que me explica que nunca tiene prisa, que se toma la vida tranquilamente, para saborearla, y que el propósito de sus fines de semana es venir a este saloon a bailar.

Cuando termina el tercer tema, regreso al lado de Marc, emocionada, y le pregunto si me ha visto bailar. “Emmm… bueno, no mucho… Es que estaba pidiéndole a la camarera que me guardara las chapas de las cervezas”… En fin, para qué insistir. De nada serviría explicarle que he bailado hasta tres canciones.

Cuando ya me disponía a beberme otra ginger ale, se nos acerca un hombre más joven, con ademanes de caballero, y esta vez se dirige a Marc: “Do you mind if I dance with your wife?”, “Absolutely not!”, responde él, así que volvemos a la pista cogidos de la mano. Me sorprende que me vuelvan a invitar a bailar con mis pasos de pato mareado, pero he descubierto que me siento cómoda en este ambiente sencillo de pueblo solidario, donde todos bailan con todos, incluso con los desconocidos; y no hay prejuicios con la edad ni con la belleza. El último que me saca a bailar es un viejito que se sorprende mucho cuando le digo que soy de España, y me cuenta que sus abuelos eran españoles, aunque no recuerda de dónde.

Ahora el saloon está totalmente ambientado. Han entrado las culebras, como les llamábamos en el periódico a las chicas que salían a ligar, y ya hay cinco parejas bailando delante de los músicos. Al principio de la noche, Marc me prometió que bailaría conmigo cuando hubiera seis parejas en la pista. Así que, cuando entra en escena la pareja sexta, lo miro, sin pretensiones -no se me ha olvidado que no quiso abrir conmigo el baile de la boda- pero, para mi sorpresa, Marc se levanta sin rechistar, me coge de la mano y me mete en el meollo, donde damos vueltas y más vueltas junto a los cowboys, los abuelos, las abuelas, las niñas guapas y los tipos raros. Puede que nos miren, porque nosotros hacemos otros pasos. Superado ya el trance de mi camiseta, ya no me importa que dancemos en sentido contrario, ni que nos tropecemos con ellos, ni que nuestro country se parezca más al merengue y a la salsa. Cuando nos despedimos de la camarera y le damos las gracias por las chapas, regresamos al hotel con la sensación que deben tener los valientes tras acometer una proeza en la batalla.

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La tormenta en el desierto

Definitivamente, ya hemos dejado atrás California y estamos cruzando Nevada. La ruta más fácil conlleva pasar otra vez por Las Vegas, así que nos resignamos a volver sobre nuestros pasos. “¿Te das cuenta de que la única ciudad en la que repetimos es precisamente la que nos ha parecido la más cutre?”, me comenta Marc. Pues sí, es una de esas ironías del viaje.

Mientras voy pasando por las luces horteras de los moteles, que me saludan con un déjà vu con el que se intuye ya el final de nuestro periplo, pienso que por lo menos esta noche saldremos de marcha. Hasta ahora no ha sido posible ni una sola vez; lo intentamos en San Francisco y después de cenar un concierto de bostezos nos convenció para dirigir nuestros pasos otra vez al hostal, mientras nuestro agregado australiano nos seguía un poco decepcionado.

Pero ahora estamos en esta ciudad estrafalaria, y no somos los turistas embobados de la otra vez. Marc me dice que sí, que está de acuerdo, porque además unas nubes oscuras se han instalado en el cielo y han dotado a la tarde de una temperatura agradable y prometedora. Cuando llegamos al hotel, nos damos una ducha caliente, comemos las provisiones que traíamos para la cena y nos tendemos un instante en la cama para relajarnos. Recuerdo que cerré un momento los ojos para descansar la vista del ordenador. La siguiente vez que los abrí, era de madrugada y estaba lloviendo sobre los tejados de Las Vegas.

***

Llovió toda la noche. Una tormenta se instaló en esta ciudad durante unas horas, cayeron un par de rayos en la altísima torre del Estratosfera, y las atracciones pararon. La gente corría por las calles de Las Vegas como hormigas desorientadas; algunos extendían los brazos y reían bajo las refrescantes gotas, mirando al cielo.

Al día siguiente la tormenta se movió con nosotros, y mientras dejábamos atrás charcos y charcos en las arenas rojizas a ambos lados de la carretera, comentábamos la extrañeza de esta imagen de desierto anegado. Las malas lenguas dicen que numerosos cuerpos sin vida yacen en los alrededores de la ciudad del juego, aprovechando la soledad de un desierto que además borra fácilmente todas las huellas. “Se deben estar mojando los cadáveres”, me comenta Marc, riendo.

Así vamos pasando las horas, mirando las montañas moradas a lo lejos y escuchando la banda sonora de las gotas en el parabrisas, hasta que atravesamos todo el estado de Arizona. En Utah, de repente, la lluvia cesa. Paramos en San George, en un Starbucks. Me reconforto con mi tchai tea latte calentito, porque noto que me molesta un poco la garganta; mientras, Marc se va a mirar no sé qué tienda.

Cuando termino de usar el ordenador y amortizar la wi-fi, miro hacia la ventana y veo una caja blanca enorme andando sola por la calle. Pego un respingo de la silla: ¡pero si es Marc! El muy testarudo se ha comprado una amasadora profesional para hacer el pan en casa. Él parece contento, pero yo no sé qué vamos a hacer cuando devolvamos el coche y volvamos a vagar de estación en estación y de aeropuerto en aeropuerto…

***

Esta noche dormimos en un hotel en Grand Junction, ya en el estado de Colorado. Salimos a cenar a un pub con música en directo, y una camarera sonriente nos anuncia que estamos en la happy hour: dos copas al precio de una. Como no pruebo el alcohol desde tiempos inmemoriales, hasta yo me apunto, y pido vino blanco. Tardan una eternidad en traernos la hamburguesa y las fajitas, así que me entretengo con mi copa, que hace estragos en mi estómago vacío. Pronto empiezo a verlo todo confuso y a envalentonarme. Los dos músicos con sus guitarras me parecen irreales, al igual que las simpáticas camareras, que cada dos por tres pasean su sonrisa por las mesas preguntando eso de “How is it going?”. De repente siento ganas de hablar con todo el mundo, bailar delante de los músicos y enterarme de la vida de los ocupantes de las mesas. Siento cómo me invade una energía que no sé cómo canalizar, y me siento feliz notando la leve presión en la cabeza y las burbujas del vino en la nariz. No me importa nada, y podría ser capaz de todo. Miro a Marc, que me mira riéndose porque creo que no paro de hablar y me equivoco con las palabras. Quizás mis reflejos y mi lenguaje se hayan alterado por la influencia del vino, pero no así mis sentidos, que me abren un mundo desconocido alrededor: la melodía country que me hace mover los pies, los dos chicos que se acaban de conocer en la barra y ahora se sientan más cerca, el perro que se revuelve nervioso cuando río… Me sacude entonces una carcajada incontrolable, larguísima; un torrente de risa desbocada que ya no puedo parar, ni quiero. Mis palabras se entrecortan entre hipidos, ya no escucho la música ni el barullo constante de la gente, sólo mi risa; un temblor placentero que me cruza el cuerpo, y que ahora me nubla todo con la cortina húmeda de las lágrimas.

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Highway to hell

Ha sido pura casualidad, pero en la guantera tenemos un disco de AC/DC que contiene el famoso tema Highway to hell. Autopista hacia el infierno. Ese es el destino que llevamos, puesto que estamos entrando en Death Valley, uno de los lugares más calurosos del planeta, donde siempre hace calor, incluso en invierno.

Me da un poco de pereza entrar en este valle de la muerte después de los días frescos en el norte de California, donde incluso he pasado frío con mi manga larga. Pero me digo a mí misma que un lugar así merece la pena una visita, así que me preparo para la que supongo que será la última prueba del viaje: comprobar si supero las duras condiciones atmosféricas de este condenado agujero, que los buscadores de oro bautizaron con un nombre tan explícito. Ahora mismo la temperatura es de unos 45 grados centígrados, pero sabemos que subirá a medida que esta carretera nos lleve a la parte más baja del valle, que incluso se sitúa por debajo del nivel del mar.

Lo primero que vemos, mientras el disco de AC/DC suena, son unos cañones impresionantes junto a la carretera. Después se llega a una zona donde el paisaje, amplísimo hasta donde alcanza la vista, te rodea con una nada total. De verdad que no hay nada, aparte de las bellas montañas, a lo lejos. Este desierto es diferente del que vimos en Arizona, en Monument Valley o en Las Vegas. Es inhóspito hasta dar miedo; es un terreno vacío, donde pronto comienzas a encontrarte desvalido, indefenso, donde la carretera solitaria sólo es un hilo plateado cuando muere en las montañas del horizonte, una vía de escape para huir de esta nada que amenaza con consumirlo todo, con atraparte. Me imagino que soy Atreyu el de La Historia Interminable, huyendo de la nada que avanza a nuestra espalda y por los lados.

El calor es sofocante. Hemos visto cómo la temperatura del coche va subiendo grado a grado, y eso impone. Como hay carteles que nos alertan de que no pongas el aire acondicionado para que no se caliente el coche, vamos sudando, con las ventanillas abiertas, entrecerrando los ojos por la fuerza de los rayos del sol, que nos deslumbran, quemándonos con el aire caliente que nos horada los brazos. Marc ha detenido el coche un momento para ver un caza que surca el cielo de Death Valley. Sólo ha sido un segundo; hemos visto el avión pequeñito y luego, mucho tiempo después, hemos escuchado el sonido. Él ha saltado del vehículo para hacerle una foto, pero yo temo salir del coche y derretirme.

Más adelante llegamos a las dunas blancas. Es un espectáculo precioso, a pesar de todo. Unas dunas redonditas en medio de este desierto de desolación. Hago un esfuerzo y acompaño a Marc a explorarlas. Tomamos un par de imágenes, pero pronto compruebo que no puedo seguirlo. Los pies se me hunden en la arena hasta más arriba del tobillo, y a cada paso arrastro más arena, y me pesan las piernas y me aturde el calor en la cabeza…

Le digo que me regreso al coche, y emprendo el camino despacio, porque ya noto que me cuesta respirar. Miro la temperatura: 50 grados. Pero no es eso lo que me está enloqueciendo, sino el calor en la cabeza, a pesar de que llevo mi gorro; es el calor y la presión que siento en esta atmósfera de sauna constante y seca. Me quedo en el coche e intento recuperarme: bebo agua calenturienta, que me resbala por el cuello, el pecho, la barriga, las piernas. Me mojo las manos y me las paso por la cara, cosa que me alivia un momento, hasta que el aire ardiente me la seca. Entonces ya no sé qué hacer, y empiezo a ponerme nerviosa. Miro a las dunas, pero Marc no regresa, así que estoy sola con esta calor espantosa, y no consigo respirar con normalidad, y tengo la nuca ardiendo, y siento que quizás me voy a desmayar…

Me echo buena parte del agua que nos queda por la cabeza, y encharco el coche. Pero el sol sigue sin perdonarme. Marc lleva diez minutos en las dunas, estará al llegar. Un turista pasa, y se me queda mirando un momento. Parece dudar, pero al final se mete en su coche y arranca. Me miro por el espejo retrovisor. Lo que veo me da miedo: estoy roja como un tomate de huerto, me caen chorreones de agua por el pelo y las cejas. Tengo la boca entreabierta y muy mal aspecto… Marc lleva 20 minutos en las dunas. Por Dios, qué estará haciendo…

No sé si bajar del coche e ir a buscarlo o preguntar por alguna sombra milagrosa en este lugar. Ya no me gusta este sitio, de pronto siento que ha sido una estupidez. A los 25 minutos de estar en el coche esperando, cuando ya me dispongo a salir aunque me arriesgo a morir deshidratada entre las dunas, alarmada como estoy porque creo que a Marc le habrá dado una insolación, reconozco a lo lejos su silueta que avanza; es una imagen borrosa que tiembla a través del velo caliente de la atmósfera, exactamente tal y como me imaginaba un espejismo en el desierto.

Cuando llega al coche le echo la bronca. “¿Dónde demonios estabas?”, le pregunto, a punto ya del infarto. “Me he ido a correr por las dunas, pero era muy difícil, porque se me han llenado los pies de arena y me he ido quemando todo el camino”. Me quedo mirándolo con incredulidad, sin fuerzas para preguntar por qué tiene que correr bajo el sol de las tres de la tarde, a 50 grados y justamente en el Valle de la Muerte. Pero como me siento tan mal, solamente le hago un gesto con la cabeza para que arranque. Pongo en la radio a Johnny Cash, a ver si me calma. El disco de los AC/DC hace tiempo que lo apagamos, cuando la cosa se pone complicada lo que menos necesitas es que un grupo de rock te grite en la oreja.

Con Johnny Cash cantando I walk the line salimos del valle, en el que hemos pasado, en total, tres horas. Hoy Marc le ha enviado un mensaje a Roger, su compañero bombero, contándole su aventura corriendo por las dunas. Roger no le ha creído, y le ha devuelto un WhatsApp que dice: “Sí, claro, tú has corrido por las dunas y yo he caminado 30 kilómetros haciendo el pino en Death Valley”. Como si no lo conociera…

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El coche abandonado

Vamos camino de Death Valley, atravesando un desierto en el que reina el joshua tree, el árbol oriundo del suroeste de Norteamérica al que la banda U2 cantaba en su quinto álbum de estudio. Este también es un superviviente: puede vivir cientos de años en estas tierras yermas. Marc me recuerda cómo era la portada del disco, y pega un volantazo para salirse de la carretera. “Ese árbol es bueno para sacarle una foto”, dice, así que se mete por un camino de tierra, y por unos minutos nuestro ford se cree en medio de un rally, levantando el polvo del camino, pegando botes con los baches y pisando piedras. De pronto, nos topamos con un todoterreno que nos cierra el paso. Bajamos, y mientras yo miro por todos lados por si veo al dueño -algo inútil, porque estamos en medio de la nada, desde donde ya no vemos ni la carretera-, Marc comprueba que es un coche abandonado.

“Es robado”, anuncia. “¿Cómo lo sabes?”, pregunto yo. “Porque tiene aquí todas las tarjetas de crédito y sus fotos desperdigadas”. No sé cómo, pero Marc se las ha arreglado para meterse en el coche en menos que canta un gallo. En una milésima de segundo, se ha sentado sobre los cristales rotos del asiento del conductor, y está registrando todos sus objetos personales.

Yo comienzo a inquietarme. “Esto no está bien”, le digo. Empiezo a mirar a un lado y a otro, pensando que en cualquier momento nos descubrirán, y tendremos que dar explicaciones. Marc, ajeno a mis temores, curiosea un ambientador olor limón, abre guanteras e inspecciona los acabados del vehículo. Al final me enseña las fotos de Jason, el que parece ser el desdichado propietario, y entonces se me encoge algo en el estómago cuando lo veo jugando en el sofá con sus hijos. “Deja ya todo eso y vámonos”, imploro. Me sentía como si estuviera registrando a un muerto. Pero Marc ya ha cogido unos cuantos CD viejos y no parece que vaya a soltarlos. “El viaje provee, chiqui”, me dice, divertido. Yo protesto, le argumento que Jason aún podría recuperarlos, y al final quedamos en que por lo menos escucharemos los discos y en cuanto nos crucemos con el coche del sheriff le comunicaremos el hallazgo. Probamos el primer álbum, que nos canta en español. Dice algo así como: “abrázame, bésame y si quieres… muééééérdeme”… Nos miramos. Aún no lo sabemos, pero un poco después descubriremos que la canción pertenece a un grupo de los 80 que ha vendido diez millones de copias.

Ya hemos curioseado bastante. Le hacemos una foto a la matrícula, apuntamos el kilómetro en el que nos encontramos, y seguimos nuestro camino. Mientras el coche enfila la carretera de nuevo, voy reconstruyendo la personalidad de Jason recordando los discos que tenía: Radiohead, discos de rancheras, cumbias y baladas; recopilatorio de grandes éxitos de Michael Jackson como Shake your body, mucho rap y DVD de películas de acción y besuqueo. En esto estaba, cuando miro hacia el bolsillo de la puerta del conductor y lo veo. Allí está, sobresaliendo de la rejilla como una aparición, el ambientador lima limón del todoterreno abandonado.


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El abrazo de la secuoya

He leído en alguna parte que el fotógrafo Michael Nichols, para hacer una foto a una secuoya -un trabajo encargado por National Geographic- invirtió un año entero caminando por un parque nacional de Estados Unidos, tiempo en el que gastó tres pares de zapatillas y necesitó tres cámaras, un equipo de investigadores y científicos, un robot, un giroscopio y un montón de paciencia. Seguramente esta afirmación se la inventó el director de marketing de la revista, porque la verdad es que las secuoyas que encuentras en Estados Unidos son tan impresionantes que a un fotógrafo profesional, cualquiera le serviría para componer una obra maestra.

La primera vez que vimos una secuoya fue en Yosemite. Y nos impactó tanto, tanto, que dedicamos el día siguiente al Secuoia National Park, más al sur. La secuoya es un árbol difícil de describir, porque lo importante de él no es lo que se ve, la imagen que pueda quedar congelada en una fotografía -que por otra parte tampoco es fácil si no tienes un gran angular-; sino lo que se siente al pie de este gigante que puede medir un centenar de metros y vivir más de 3.000 años.

Primero te sorprende el tronco: ancho como para que sólo lo puedan abrazar cuatro o cinco personas con los brazos abiertos de par en par. Después, la altura: el tronco que se hace más estrecho a medida que se acerca a la copa, hasta casi marearte y dejarte un dolor molesto en el cuello. Luego, si pasas un ratito con ella, la secuoya te recompensa enseñándote sus secretos: sus hojas pequeñitas y sus piñas enanas, con sus semillas minúsculas como copos de avena; su corteza fina y quebradiza, que tiene un tacto áspero y cálido; las raíces casi prehistóricas; las heridas azabache de los incendios a los que ha sobrevivido y las arrugas que surcan toda su longitud, que albergan completos ecosistemas: ardillas, hormigas mayúsculas, arañas y sus redes transparentes, orugas y pájaros carpintero…

Yo me sentí muy pequeñita al pie de estos troncos que me imaginaba como patas de elefante, o como los ent, los árboles gigantes de El señor de los anillos, o como las columnas de los templos egipcios. Nosotros no nos metimos en las cavidades de su tronco ni las intentamos abrazar, como hacen todos los turistas. Pero escuchamos su silencio majestuoso pegando el oído a la madera, y sentimos cómo la corteza crujía, y el árbol nos contó sus historias milenarias.

 

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Vida salvaje en Yosemite

Hoy nos hemos enterado, mediante llamada telefónica, que Júlia ha abierto los ojos. Los médicos casi que hablan de milagro, nos dicen, a pesar de que mantienen sus reservas. Justo antes de entrar en Yosemite ya sé, gracias al facebook, que Júlia respira por sí sola. Así de contentos entramos en Yosemite National Park, el primer espacio natural protegido del mundo y, desde luego, uno de los más bellos de Estados Unidos.

El parque natural de Yosemite fue establecido en las tierras del pueblo Miwok después de una guerra encarnizada entre los soldados y los indios, que habitaban estas tierras hace 6.000 años. Como ya se sabe, los indios perdieron, pero al menos este espacio se ganó el título de área silvestre, que en Estados Unidos la definen como un lugar “donde el propio hombre es un visitante que no permanece”.

Ya nos invade el olor a madera y a resina. El paisaje es de rocas grises, altísimas, que primero vamos siguiendo con el coche, subiendo por altas pendientes, curva sobre curva, hasta llegar al pico más famoso: El Capitán, una mole enorme de granito, una pared recta impresionante que cada año desafían miles de escaladores profesionales en el mundo.

Siguiendo por la misma carretera llegas al Half Dome, otra enorme roca, esta vez cortada de un tajo por la mitad, que se ha convertido en todo un símbolo del parque. Vemos constantemente a nuestro alrededor la naturaleza en estado puro; huele a vida salvaje mientras pasan, ante nuestros ojos sorprendidos, ríos, cascadas, lagos y charcas, arroyuelos salpicados de piedrecitas blancas, ardillas valientes que cruzan la carretera, bosques de robles y pinos.

El viento, el sol, el agua y el tiempo siguen diseñando el paisaje en Yosemite; por aquí y por allá nos encontramos con carreteras cortadas con las piedras de un desprendimiento, pero nosotros seguimos subiendo, pasando por troncos quemados -vestigios del incendio que azotó el parque en los años 90-, viendo los rápidos a pie de carretera y una familia de ciervos que pasa, tan campante, delante de nuestro ford. “¡Para, para!”, le digo a Marc. Me hace caso y me deja en medio de la carretera solitaria, cámara en mano, persiguiendo a los ciervos, que ya se adentran en el bosque. Los perseguimos durante un rato, pero no conseguimos grandes fotos con esta luz del crepúsculo que, de repente, nos sorprende.

Nos vamos de Yosemite cansados, echándole un pulso a la noche. A ver quién gana en esta carrera, quién llega primero a su meta. Ya es noche cerrada cuando encontramos el Bug, un animado albergue escondido en medio de los pinos. Nos han dado un plano para acceder a nuestra tienda, pero, cuando llegamos al sendero, vemos una cosa negra que nos corta el paso. Es un black bear, el oso negro de Yosemite, que ahora nos mira, no sé si asustado, mientras le deslumbran los faros del coche. Aparcamos y apagamos las luces, mientras miramos, con la respiración contenida, cómo el oso olisquea la basura de los contenedores. Es un momento mágico, pero yo no quiero salir del coche. Marc me lleva a rastras, de la mano, protestando y a oscuras, mientras yo me escondo detrás suyo y miro de reojo al oso, a diez metros, a nueve, a ocho, a siete, a seis de nosotros. Ahora está totalmente subido en los contenedores, mientras nosotros, despacito, conseguimos llegar al sendero. Lo dejamos a nuestra izquierda, y yo me vuelvo ligeramente para ver si nos persigue. No distingo mucho en esta imagen de negro sobre negro, pero sé que en la oscuridad el oso me ha mirado un momento antes de meter de nuevo el hocico en la basura; sé que me ha mirado y que sus ojos brillan.



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