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Adiós desde el Golden Gate

Por la mañana vuelven las despedidas. Remoloneamos un poco en el hostal, mientras decimos adiós a nuestros fugaces compañeros catalanes, que siguen su camino. Nosotros hoy visitamos el barrio hippy de Haight-Ashbury, nos comemos una crepe de nutella y nos metemos en las tiendas de discos viejos, ropa vintage, sombrererías y herbolarios. Ahora dormimos en Mission Street, en el corazón del barrio hispano, y tenemos tiempo de visitar el distrito gay, donde los homosexuales más reivindicativos toman el sol, totalmente desnudos, al principio de la calle Castro. Comemos en esta alegre avenida adornada con sus múltiples banderas del arco-iris mientras a nuestro lado pasan blancos, negros, jóvenes y viejos enseñando sus atributos.

Hoy hemos puesto a la ciudad a nuestros pies subiendo a las colinas de Twin Peaks; hemos hecho un picnic en el Golden Gate Park y nos hemos reconciliado con los sin techo. No me dan miedo. Quizás me inquietan más al mediodía, en la fila de beneficencia, cuando están nerviosos aguardando la comida y al pasar por el lado te gritan improperios. Los he visto peleándose en medio de la calle, caminar renqueando mientras hablan en voz alta con sus demonios; pidiendo las patatas fritas de un plato en la calle Castro, y durmiendo tranquilos en su parcelita del árbol. Por la noche, estos homeless que vagan de calle en calle empujando su carrito y recogiendo cartones se acurrucan en sus mantas y comparten sus pitillos; escuchan música negra en radiocassettes de otra época y se cuentan los surcos que tienen las suelas de sus zapatos. Todo vale cuando el tiempo es infinito en las calles de San Francisco. No me dan miedo, solo que trato de pasar sin mirarlos para que no me griten “un dólar, un dólar, un pitillo, fuego”, ni me persigan unos metros sus manos extendidas, ni les irrite mi rostro compungido o mi mirada de pena.

***

El último día en San Francisco nos sabe a nostalgia y a tristeza. El sonido de un mensaje nos despierta; un texto breve, unas cortas palabras y la mañana ya está sentenciada. Nos dicen que Júlia, nuestra Júlia, ha tenido un accidente en la carretera y que ahora está en un hospital, insconsciente, mientras toda la familia espera. La pregunta queda en el aire; hay palabras que no se pronuncian, ni dudas que se plantean. Nos sentimos culpables por estar tan lejos. Aunque llamamos, no pueden darnos muchos datos, así que tenemos que seguir en la incertidumbre, y tratar de no pensar, pero de repente tenemos ganas de estar en casa, abrazar a los nuestros y decirles, al menos, que estamos con ellos.

Caminamos por la ciudad sin creérnoslo; volvemos al puerto, pero ya no nos divierten ni los souvenirs de plástico, ni los puestos de pescado que llevan los chinos, ni el gentío, ni el viento frío de esta bahía. De tanto en tanto nos sobreviene el nombre o la imagen de Júlia, y pensamos en ella tan callada, tan sola, tan dormida… Quién la estará acompañando en su sueño blanco del coma; a quién verá con los ojos ciegos del cerebro; qué sentirá cuando una mano amada la toca, qué escuchará en la frecuencia modulada de la otra dimensión…

Miramos otra vez los barcos. Otra vuelta a los puestos de marisco, y nos vamos. En otra esquina me asalta su recuerdo de nuevo. Parece que la veo. Júlia haciéndose fotos conmigo, tras el espectáculo de Rafael Amargo; Júlia yéndome a visitar con sus amigas al Museo de la Ciencia de Terrassa; Júlia cruzándose conmigo en una calle de Pobla; Júlia y yo, encontrándonos sin querer en los puestecillos alternativos del Día de la Tierra en Barcelona; Júlia invitándome a chatear hasta la una de la mañana; Júlia dando vueltas en mi boda con su vestido azul… Júlia, la sonrisa y la mirada tímida, la espontaneidad y la inocencia. Diociocho años que están dormidos y que ahora mecen los irritantes bips de las máquinas…

Júlia, jo ja no puc dir-te res més. Des d’aquí, dient-li adéu al Golden Gate, només puc dir-te una cosa: desperta, bonica, desperta…

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Luces y sombras de San Francisco

Recuerdo la entrada a San Francisco. Estábamos expectantes, deseosos de aparcar durante varios días nuestra vida nómada en la carretera. Pronunciabas “San Francisco” y pensabas, automáticamente, en el cine, en civilización y modernidad, en el pensamiento alternativo y en las calles empinadas. Estaba comenzando la mañana, así que nos permitimos el lujo de gastar un par de horas en el Starbucks, comiendo bagels y bebiendo tchai tea latte hasta que el cuerpo nos dijo basta.

Muchas lecturas me habían acompañado hasta entonces por el camino. Varias revistas Altair y un par de guías de viaje, además de todo panfleto que iba recogiendo en las paradas; pero, sobre todo, el libro Amèrica, Amèrica, de Xavier Moret, periodista y colaborador de El Periódico de Catalunya. Me sorprendió gratamente hallar este título en la estantería de guías de Estados Unidos, pero más aún comprobar que hizo una ruta muy parecida a la que nosotros queríamos hacer, así que desde el principio se convirtió en mi libro de cabecera y, cuando nuestros pies pisaron San Francisco, tenía dos objetivos claros: seguir sus pasos hacia la vieja librería City Lights y hacia el barrio Haight-Ashbury, donde nació el movimiento hippy y la contracultura.

Vamos de excursión a ver la librería de los años 50, santuario bohemio de la generación beat, frecuentada por el Jack Kerouac de On the road (en castellano En el camino y en catalán A la carretera), una novela que relata su continuo viaje cruzando Estados Unidos de costa este a la oeste y viceversa. El viaje por el viaje, la aventura y la libertad del individuo por encima de todas las cosas, aderezado todo con buenas dosis de drogas, jazz, alcohol y mujeres. Me hace gracia el juego cómplice que siempre se crea con la literatura, cómo dentro de un relato cabe otro, y dentro otro, y otro. Como ocurre en El Quijote, o en Las mil y una noches, o en este blog, que habla de Amèrica, Amèrica, que a su vez habla de On the road, y así podría ser hasta el infinito…

En esta visita nostálgica ya no estamos solos. Hemos conseguido engatusar a Roger, un bombero compañero de Marc con el que hemos coincidido temporalmente en San Francisco, y a las amigas con las que viaja: Berta y May. Juntos nos hemos perdido en las tres plantas de estanterías de libros, curioseando entre las secciones de ciencia ficción, misterio o esoterismo, mientras cruje el piso de madera a nuestros pies y los carteles en la pared te dicen que te sientas libre de coger un libro y sentarte un rato a leerlo. Puro espíritu hippy…

Los cinco hemos recorrido el embarcadero, donde nos hemos embobado un rato con el espectáculo espontáneo que nos dan las focas; hemos puesto a prueba los gemelos con las subidas imposibles de San Francisco, hemos bajado, sin proponérnoslo, por la famosa Lombard Street, con sus curvas de vértigo, hemos descubierto la Chinatown más hermosa, con sus farolillos rojos, sus mejores restaurantes y sus calles en lo alto de la colina; a la derecha, una hermosa vista de uno de los puentes de San Francisco; a la izquierda, el famoso tranvía que se acerca rebosado de turistas. Yo ya no le puedo pedir más a este día…

***

Esa noche no pude dormir por culpa de los ronquidos de nuestro compañero de habitación. San Francisco no es cara, es carísima, así que volvemos a compartir las cuatro paredes de nuestro cuarto con desconocidos; en este caso, dos australianos. Uno de ellos, Jol, ha salido con nuestro grupo a cenar. A él también le ha despertado la respiración entrecortada y angustiosa de su paisano, así que me observa, curioso, cuando a las cuatro y pico de la mañana ve que me levanto, decidida a despertarlo. “Excuse me…”, le susurro al dormido en el oído. Nada, ni caso. Levanto la voz. “Excuse me!!!!”, pruebo otra vez. Tampoco. Ya me estoy desesperando, así que le cojo el brazo y lo zarandeo. “Soooorrrryyyy, Excuuuuuseee meeee!!!!!!!!”. Nunca había visto a nadie dormir así. Durante los siguientes 45 minutos, la escena se torna grotescamente ridícula; yo estoy empujando al australiano hasta casi tirarlo de la cama, mientras Marc se une a mí saltando sobre la litera, haciendo botar al pobre desdichado, que ronca como un descosido pero duerme como un muerto, y todo bajo la atenta mirada de Jol, que desde la otra litera nos mira calladamente sin querer participar en este escándalo, en este fracaso con mayúsculas que nos hace regresar a nuestras camas, cabizbajos, esperando ya el despuntar del alba. Aún no nos hemos tapado cuando oímos que el maldito gruñe de forma diferente, se da la vuelta y, por fin, se calla. Tras la cortina, veo la amenaza de los primeros rayos de sol; cuando me tocan, siento que me convierto en un vampiro y que muero desintegrada.

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Los pijos de Malibú

La costa de California va asomándose de tanto en tanto a nuestra izquierda mientras seguimos rumbo al norte. Sentimos un poco de envidia de los californianos por tener este paisaje, esta tierra tan fértil, este combinado de mar y montaña que nunca acabas de descubrir. A la izquierda, pequeñas calitas nos hacen parar un par de veces, pero cuando miramos a la derecha descubrimos un pantano, un laguito, una cabaña perdida entre la niebla, y ya no sabemos hacia dónde dirigir el objetivo. Al final optamos por hacer una panorámica, y seguimos hasta Santa Mónica, con sus playas amplias, coches descapotables y rubias presumidas.

Llegamos a Malibú. Quizás aquí hay algo que ver… Pronto nos cansamos de descapotables y rubias altas. Queremos ver la playa, pero la carretera siempre acaba en un cartel de “Private property”, y damos vueltas y más vueltas. Desde luego, percibimos la riqueza, pero no parece tan interesante… Las casas están construidas en fila, unas junto a otras, tapándonos la vista. Por fin, pasamos por una parcela aún sin construir. Pegamos la cara a la valla de alambre y vemos la playa de arena, tranquila, con pocos bañistas y surferos a esta hora de la mañana. Los pijos de Malibú se construyen sus casas colgantes sobre el rompeolas, como en las películas; casas de madera con terracitas que miran a la puesta de sol. Pero abajo, en la playa, no parecen más ricos que nosotros. Son todos cabecitas pequeñitas que saltan con las olas y tratan de sortear los bancos de algas. Aquí, desde arriba, se me antojan vulnerables.

***

Hemos dejado atrás Santa Bárbara, con su agradable puerto y sus amplias avenidas flanqueadas de palmeras; la ciudad rodeada de masa forestal y jardín. El trayecto hasta Santa María, por su parte, nos ofrece campos de frutales, ranchos, plantaciones de fresas y extensas viñas, que hermosean el paisaje tiñéndolo todo de un verde que ondula sobre las colinas.

Hacemos una breve parada en Monterrey, decididos a pasar la noche. Pero la ciudad está a rebosar a causa de la Rolex Motorsports Reunion, una convención de coches clásicos que nos deja ver pontiacs, mustangs, cadillacs, oldsmobiles, studebackers y trans-am. Así que paseamos por las casitas de madera del puerto, admiramos de nuevo la extraña convivencia entre pelícanos, leones marinos y humanos, y acabamos en el faro de Pigeon Point. Sí, un faro.

Las imágenes que hemos visto por internet no nos decepcionan. Dormimos en dormitorios separados en este atípico hostal separado de la civilización, integrado por unas cuantas cabañas en las que se escucha continuamente el romper de las olas. Cada cabaña contiene dos dormitorios para una docena de personas que, a la hora de la cena, forman una gran familia. Nosotros hacemos buenas migas con Peter, un arquitecto y profesor de la Universidad de Berkeley que nos pregunta por nuestro viaje y al final acaba hablando del petróleo, los coches eléctricos y los negocios sostenibles. Marc lo ha conseguido llevar a su terreno, y Peter le pregunta y le rebate.

Casi de madrugada hemos salido a ver el faro y el mar. Nos sentamos solos en el pequeño mirador de madera, sin hablar apenas; contemplando, cada uno a su manera, la inmensidad del océano, que pasa de negruzco a pálido y de pálido a negruzco cada vez que la luz del faro completa su circunferencia. El paisaje, con tanta negrura, es de una belleza auditiva, una estampa que se intuye en la oscuridad y te mece en el vaivén cadencioso de la marea.

Por la mañana hemos vuelto temprano para ver el faro, por fin. Sin embargo, hoy el día amanece con niebla, y sólo vemos -que no es poco- cómo la enorme torre se yergue rompiendo la tela de araña de la neblina, mientras nosotros hacemos crujir levemente la madera de la pasarela para llegar al mirador.

Hay una señora que medita. La mujer vuelve la cara, me sonríe y señala las rocas. Es una colonia de leones marinos que comienza a activarse: los mayores se dan los buenos días, se empujan, se besan; los pequeños, por su parte, se lavan la cara, tan tranquilos, con la espuma de las olas. Nosotros tenemos que llegar a San Francisco, así que nos damos la vuelta y nos marchamos, casi de puntillas, de este rinconcito callado del mundo; así queremos recordarlo: silencioso… y dormido.

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¡Viva México, cabrones!

No sabemos si es una locura, pero hemos cruzado la frontera. Estamos en México por culpa de una noche en el Little Italy de San Diego, donde conocimos a una familia mexicana, esperando para una pizza en el famoso restaurante Sanfilippo’s. Los niños se interesan por el fútbol: otra vez Messi y el Barça, mientras que las mujeres sonríen y entornan los ojos y nos hablan de La Reina del Sur, la telenovela basada en la obra de Pérez-Reverte que en México causó furor. A los más jóvenes les explico cómo se celebra en Barcelona el Día de México, con conciertos, tacos, burritos, enchiladas, y constantes gritos de su lema: “¡Viva México, cabroneees!”

A ellos les divierten mis anécdotas de esa noche de luna llena en el Pueblo Español de Montjuïc, hace ya unos años, iniciándome en el tequila junto a mis cicerones mexicanos Vane, Luis, Tono, Daniel y Rafa. Los hombres, por su parte, nos recomiendan ahora que visitemos Ensenada, que está en plena fiesta de la vendimia. Dicen que hay catas de vinos y quesos y conciertos de ópera en los viñedos. Marc y yo nos miramos; parece que pensamos lo mismo. Él se imagina con la copa de generosos y yo el espectáculo lírico, pero lo cierto es que México nos tienta… Contamos los días que nos quedan para hacer nuestra ruta, analizamos los pros y los contras, y al final, México gana. Estamos ya totalmente a merced de donde nos lleve el azar, el paisaje y la gente del camino.

Hemos parado en un mirador con un cartel de avistamiento de ballenas. Nos sentamos en el malecón a comernos los restos de la deliciosa pizza del Sanfilippo’s, mientras oteamos el horizonte sin mucha esperanza y balanceamos los pies, que miran al mar. El único ser viviente parece ser un hombre sentado en la puerta de los lavabos públicos, así que nos acercamos y le preguntamos por las ballenas. “Ya pasaron, ya pasaron… Las últimas en abril. A veces pasan y está el malecón solo, y otras veces hay algunos afortunados que las ven pasar. Entonces se forma una escandalera, ¿ves?, porque han podido ver estos animalotes”…

Nos despedimos -“que la pasen bien, bye”- y seguimos nuestro camino. Hemos pasado de Tijuana a Rosarito, y de Rosarito, a Ensenada. Ahora ésta última nos recibe con los últimos jirones de una niebla que nos ha acompañado por la costa, con las rancheras en la radio y con ese característico olor a sal de los puertos.

No puede decirse que al principio Ensenada no nos decepcionara. Veníamos buscando una ruta de vinos, pero ni el paisaje era como nos lo habían descrito ni las actividades tan variadas ni los precios tan llamativos. Ochenta dólares por dos copas de vino y un plato de queso nos pareció demasiado, incluso para unos gringos como nosotros. Eso unido a que nos intentaron timar dos veces -la primera lo consiguieron, y la segunda, ya escarmentados, sacamos nuestras calculadoras para hacer el cambio al dolarito– hizo que acabáramos deambulando por el pueblo sin más horizonte que el esperar a que se hiciera de día para poner pies en polvorosa. Pero los pies nos llevaron al puerto, y el puerto nos enseñó el México más alegre, el de los pescadores que venden en los puestos callejeros, el de los músicos ambulantes, los pelícanos pedigüeños y las gaviotas atrevidas; el de los hombres que aparcan sus coches en fila, uno junto al otro, para lavarlos, cada uno con su emisora de rancheritas; el de los tacos rellenos de pescado y marisco, el sushi imposible y la sonrisa de los niños.

Nos montamos en un barco a cinco dólares el paseo. Nos sentimos felices cuando el viento nos da en la cara y el barco salta en medio de las olas. Los leones marinos nos miran, sin vernos, mientras se desperezan sobre las rocas y juegan entre ellos, gruñendo al aire. Cuando nos acercamos otra vez al puerto, oímos los sones de una charanga que nos espera en el paseo. Sólo escuchamos la música, alegre y viva, de verbena de pueblo. Por fin, el barco atraca y la gente se baja; pasamos junto a los músicos, que se esfuerzan por mantenernos, tocan más fuerte, más fuerte, más fuerte… Es entrañable esta charanga. Pero nosotros pasamos de largo, como en Bienvenido Mr. Marshall.

***

Para entrar en México necesitamos un minuto. Para entrar en Estados Unidos, dos horas y buena dosis de paciencia.

Estamos en la cola para salir de Tijuana. Hemos cruzado tramos de carretera en obras, donde cada pocos metros, un hombre secándose al sol nos agita una banderita roja con desgana; hemos pasado puestos militares con soldados que nos apuntaban con sus metralletas; hemos dejado atrás la gran estatua de Jesucristo bendiciéndonos… Dicen que los mexicanos cruzan la frontera con estampitas de santos en los bolsillos, pero que cuando vuelven las han cambiado por las de superhéroes. Los mexicanos siguen cruzando la frontera con esperanza, con desesperación, o con miedo. Esta valla que discurre de forma paralela a nosotros es la frontera con el mayor número de cruces legales en el mundo… y el mayor de cruces ilegales. Entre sus alambres oxidados y su cemento se dejan la vida 250 personas cada año, sueños rotos e historias truncadas que sólo engrosan las frías estadísticas del Gobierno.

Vamos a paso de tortuga por la autovía, donde ahora la nota de color la ponen los vendedores ambulantes. Puedes comprar la prensa, burritos picantes, chicles, tabaco, crucifijos, toallas… Todo sin moverte del asiento. Los vendedores empujan sus carritos, haciendo maniobras imposibles entre la estrecha franja que queda entre coche y coche. Gritan sus mercancías, te dan un golpe en la ventana o esperan a que les inclines la cabeza. Entonces te preparan en un santiamén un buen plato de fruta variada: coco, sandía, melón, pepino, mango. Un poco de sal y limón por encima y ¡listo!, ya veo por el espejo retrovisor que la chica, contra todo pronóstico, nos alcanza.

Por fin estamos pasando por la garita. Me ha tocado conducir a mí este tramo, así que bajo la ventanilla y espero, resignada, el interrogatorio.

-Pasaportes, por favor.

-Aquí tiene.

(Un minuto de silencio porque el policía nos mira, alternativamente, a nosotros, las fotos de los pasaportes, y otra vez nosotros)

-¿De dónde vienen?

-De Ensenada.

-¿A dónde van?

-A San Diego.

-¿Y luego?

-Al norte, a San Francisco.

-¿Y este coche?

-Es alquilado.

-¿Cómo dice?

-Que lo alquilamos en Albuquerque, Nuevo México.

(Intento aparentar seguridad, pero la cara del policía no me está gustando)…

-No pueden pasar los Estados Unidos, necesitan un permiso especial.

-¿Se refiere a la ESTA? Sí, lo tenemos. (Se lo enseño triunfante).

El hombre se mira y remira el papelito, y al ver que aterrizamos en Nueva York, se rasca la cabeza y vuelve a la carga.

-¿Y dice usted, señorita, que rentaron el coche en Albuquerque?

-Eso es.

-¡Pero no lleva placa!

-Sí que lleva, estos coches sólo ponen la matrícula detrás.

El policía sale de su garita y se mira el coche por todos lados. Cuando ya ha dado una vuelta de 360 grados, dispara otra vez:

-¿Qué día llegaron a los Estados Unidos?

-El día 1.

-¿De qué mes?

-De… agosto. (¡Mierda! Ya me ha hecho dudar).

-¿Y han comprado algo en Ensenada?

-Sólo un plato para un amigo, un recuerdo de la Baja California…

Intento buscar su empatía, arrancarle una sonrisa, pero sigue con la cara impasible; me hace esperar todavía un minuto más, y al final me devuelve mis papeles, dobladitos, dentro del pasaporte. No me dice ni que sí que no, pero yo ya he interpretado que puedo continuar, así que resoplo, aliviada, y me alejo de este sitio sin alma…

Voy pensando que somos unos privilegiados que hemos cruzado la frontera hacia el sueño americano, unos trotamundos que siguen la llamada del asfalto, unos enganchados a la carretera… Enciendo la radio y pongo música en lata; piso el acelerador y, por fin, me relajo, mientras Marc sigue el vuelo de un helicóptero de combate y mi cabeza baila al ritmo que me marca Britney Spears.

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Fin de la ruta 66: ¡El saludo a California!

Nos hemos quedado sin gasolina en pleno desierto de Mohave. La única estación de servicio en esta zona, durante millas y millas, es la vieja gasolinera de Amboy. Mientras Marc charla con el empleado -le está explicando que nos cobrará casi un 50% más por rellenar el depósito, ya que el coste de traer los tanques hasta este lugar tan remoto debe imputarse en el precio-, yo me dedico a curiosear los alrededores. Junto a la gasolinera, hay un motel abandonado y con aspecto un tanto tétrico que sin embargo fue muy conocido en su época. Se trata del Roy’s Motel and Café, que vivió su época de esplendor durante los años 40. Tal era su éxito, que los dueños tenían que ir a buscar empleados en otros estados, porque no daban abasto. Pero ahora aquellos días de actividad frenética parecen muy lejanos. Pueden verse las habitaciones, puesto que las puertas se han dejado abiertas, y muchas de las ventanas tienen los cristales rotos. Dentro no hay nada, sólo basura. Más adelante está la recepción, que sí que se conserva con algo más de cuidado: un impecable sofá de la época y un mostrador en una estancia luminosa y amplia. Al lado, el comedor familiar. Pego la nariz al cristal y veo una mesa rodeada de sillas. Está la vajilla puesta, cada plato con su cubierto y su taza. Pienso que no me sorprendería escuchar ahora una voz femenina llamando al marido y los hijos, enfadada porque no vienen a tomar el té…

Arrancamos de nuevo. Cruzamos el desierto y volvemos a toparnos con otra hilera de enormes vagones. Marc se la queda mirando, como siempre. “No me importaría ser conductor de tren”, me dice. Ya está tocado, aunque no lo sepa, por el virus aventurero del romanticismo.

***

En Barstow nos alojamos, cómo no, en el Motel Route 66. La recepción es tan pequeña que no cabemos los tres juntos: Marc, la maleta y yo. Una campanita ha sonado cuando hemos traspasado la puerta, así que esperamos que venga la dueña mientras repasamos las fotos antiguas que empapelan el mostrador y las paredes. Aparece Mridu Shandil, y nos acaba contando su vida.

Nacida en la India, vino a América siguiendo los pasos de su padre, que tenía una franquicia. Ya son 42 años en esta tierra de acogida, en la que ella ha puesto, junto con su marido, tantas ilusiones. Se muestra orgullosa de lo que ha trabajado en su vida: de cómo ha levantado el hotel, de cómo ha criado a un hijo que ahora es productor de cine en Hollywood, de cómo su marido y ella, junto con un pequeño comité, han creado el museo de la ruta 66 en Barstow… Tiene ganas de charlar y de que vengan los visitantes en tropel. Al día siguiente hacemos unas cuantas fotos a los coches de época y los dejamos a ambos en la pequeña recepción, repasando fotografías antiguas y álbumes de recuerdos.

***

Hemos seguido la ruta 66, paso por paso, hasta llegar a San Bernardino. A partir de aquí, hemos tenido que tomar una decisión: o la acabábamos, como está estipulado, en Los Ángeles, o nos volvíamos a desviar. Nuestro anfitrión de Albuquerque nos recomendó que fuéramos a visitar San Diego, que está mucho más al sur. Y la verdad es que, ahora que estamos en California por fin, lo que nos apetece es explorar, disfrutar de estas tierras tan fértiles y de la bajada de las temperaturas. Venimos del desierto con ganas de ver verdes y azules, la costa y el mar.

San Diego es una ciudad bien linda, pegadita a la frontera mexicana. Toma su nombre de fray Diego de Alcalá, que por cierto es el patrón de Almensilla. Hemos acudido al centro histórico para saber más sobre el origen, y así nos enteramos que este nombre se lo puso Sebastián Vizcaíno, un español que dio con su barco en estas tierras el día en que se celebra la fiesta del santo. La ciudad nos parece ordenada y limpia, moderna. De hecho, abundan los coches híbridos y eléctricos y la policía va en bicicleta. Pura fantasía en España. Dormimos en un albergue de juventud y tenemos que compartir habitación. En el desierto éramos los reyes del mambo, pero en California es otro cantar…

Esa noche me intentaron ligar a dos metros del recién estrenado marido. Eran las dos de la mañana, yo escribía en mi ordenador mientras todos dormían. Entonces entra un tipo por la puerta, brasileño, para más señas, y cuando ve que hay algo que atacar, saca toda la caballería. Hablamos de Barcelona, del Barça, de Messi, del Carnaval de Rio. Él se confiesa admirador de Cristiano Ronaldo y del Madrid, y eso da juego para un rato. Entonces veo que asoma la cabecita de Marc desde su litera; por un momento me parece que va a intervenir en la conversación, pero se nos queda mirando un momento y luego, desaparece. “¿Es tu novio?”, me pregunta el brasileño. “Marido”, respondo. Creo que preguntaba sólo por saber, porque, lejos de amilanarse, el brasileño se quita la ropa delante de mí, se queda en calzoncillos y sigue hablando y hablando, mezcla inglés y portugués, se pasea por la habitación y me enseña musculitos. A mí me parece la escena grotesca, me río para mis adentros y, cuando me canso, pronuncio las palabras mágicas: “buenas noches”.

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El cantante de Oatman

Tras la locura de Las Vegas, seguimos nuestro viaje por la ruta 66. Pasamos entre montañas, por parajes envueltos en la soledad más absoluta, y llegamos a Cool Springs, donde sólo vemos una vieja gasolinera de época y un neón que preside una pequeña tienda de bebidas, perdida en una curva del camino. El lugar nos produce tanta desazón que decidimos que hay que parar. Entramos, y tras el dintel de la puerta nos recibe George, un americano fornido con brazos como patas de elefante, que lo primero que nos dice, tras el “hello”, es que tenemos que firmar en su guest-book. Dejamos nuestros nombres para la posteridad en este lugar perdido de Arizona, mientras George se anima y nos cuenta sus historias. Tiene fotos acariciando al famoso road-runner, el correcaminos, un animal increíble que, aunque no vuela, es capaz de correr a más de 30 kilómetros por hora. Nosotros ya nos lo hemos cruzado en alguna ocasión en la carretera, aunque verlo, lo que se dice verlo, no lo vimos.

Paseamos por la tienda de George, que es todo un santuario de la ruta, le compramos un café y salimos. Vemos que hay una pareja de italianos haciendo fotos; están haciendo la ruta pero al revés que nosotros, así que nosotros les hablamos de Seligman mientras ellos nos anticipan lo que veremos en Oatman. George se aburre solo dentro de la tienda y sale a charlar con nosotros, pero los italianos han desaparecido dentro de su autocaravana y ya enfilan la carretera.

“European people, like us”, le dice Marc a George. “Italian. But they don’t spend money…” Quiere picarlo, ver cómo reacciona el hombre. El otro gruñe un poco, mira hacia la caravana diminuta y asiente: “Mmmm. Tight ass”. Que viene a ser algo así como: “culos apretados”. O sea, del puño…

***

Oatman es un lugar divertido para pasar un rato. Es un pueblito con casitas de madera al estilo far-west, al que se llega por una carretera de tierra después de varias curvas entre montañas, en las que te puedes tropezar con algún burrito. De hecho, los burros pasean alegremente por este pueblo, van solos, se acercan al turista, curiosos, y se dejan acariciar por si les cae alguna zanahoria.

Hemos entrado en la tienda de recuerdos Fast Funny Place; de repente me he cansado de la radio, y busco algún CD de música para ambientar el viaje. Durante el camino nos han acompañado las radiofórmulas americanas, las mismas canciones que causan furor en España. Y de vez en cuando, algún tema de Dylan, Springsteen, The Police o los Rollings. En los bares de carretera, sin embargo, gana Elvis por goleada. Saben lo que los nostálgicos vienen buscando, así que te comes la hamburguesa mientras el rey del rock canta: “train arrive, sixteen coaches long…

En Fast Funny Place hay un hombre cantando vestido de vaquero. El compañero, Rick, se me acerca, y cuando le explico lo que busco, me dice que si quiero puedo comprar el CD del cantante. Señala a Bob, que se desgañita la garganta, y pienso que por qué no, al fin y al cabo hemos venido buscando lo auténtico. Justo cuando estoy pagando, Bob acaba la canción y me reclama. “How do you do?” “I’ve just bought your CD”, le contesto. Bob se pone muy contento, y decide celebrarlo regalándome una canción, así que enciende los altavoces, coge un micrófono y me canta The long black train. “Te gustará”, promete. Entonces pasan tres minutos inolvidables, en los que Bob llena el valle de las notas alegres de esta canción country, mientras yo muevo mis pies siguiendo la música y Rick se entretiene matando moscas.

Desde luego, es un momentazo. Me da pena irme, pero en el bar de enfrente, el Olive Oatman Saloon, nos esperan para poder cerrar. Rick y Bob les han gritado desde el otro lado que por favor nos alimenten, así que cruzamos corriendo, mientras el valle vuelve a quedarse mudo. La gente se regresa a sus casas, se cuelgan carteles de “cerrado” en las tiendas, y los burros desaparecen. Ahora somos los únicos turistas, los únicos hidalgos errantes que desentonan en el pueblo.

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La ciudad de la mentira

La llaman Sin City, la ciudad del pecado, la ciudad de las luces, Las Vegas. Hemos venido hasta ella desviándonos de nuestra ruta otra vez, para averiguar por qué ejerce la fascinación que ejerce; qué tiene de especial esta ciudad inventada en medio del desierto. Como un preludio de la cutrez y el patetismo, la radio nos castiga con una canción horrible que pretende ser romanticoide: “No es una aberración sexual/ pero me gusta verte andar en cueros (…) / Si la naturaleza te hubiese querido con ropa, con ropa hubieses nacidooo…”

No hay palabras. Pero está claro que para ir a Las Vegas hay que dejar los prejuicios a un lado, el sentido del ridículo y el buen gusto, y lanzarse a participar de lo superficial, lo banal y lo efímero; convertirte en una de esas adolescentes que conducen coches con el volante forrado de piel de leopardo, escuchar reggaeton y soñar con casarte en una de estas capillas por las que pasamos, pastelitos floreados que te tientan a ambos lados de la carretera.

Las Vegas te engaña para que creas que eres rico. Puedes alquilar un coche por menos de diez euros al día, comer en un buffet libre de marisco por apenas 17; dormir en el Hilton por 80. El lujo -aunque sea falso- te deslumbra. Los hoteles ofrecen espectáculos pirotécnicos, shows de agua, luz y sonido, luces de neón por todas partes y el mayor derroche de decibelios que puedas imaginarte.

Como urracas, nos dejamos seducir por lo que brilla, aunque sea un espejismo, aunque sea un truco más de la industria de Hollywood, aunque todo sea una mentira. Las señoritas de los casinos te sonríen, las boutiques te llaman con descuentos al 70%, las máquinas tragaperras te desafían y te marean con la música y la caída de las monedas, y todo te parece como en un sueño, un gigantesco plató donde se graba El show de Truman y cada persona con la que te cruzas, un actor. Está el que camina vestido de Elvis Prestley, las jovencitas que van de despedida y por la noche salen a cazar, los jovencitos de despedida que vienen a coger una gorda, los que van vestido de Cupidos con un tanga y el culo al aire, los grupos de japoneses, con sus cámaras; los soldados americanos con sus uniformes, los negros que bailan breakdance, los buscavidas, los borrachos, las estampitas de prostitutas, las novias que posan mascando chicle, los ludópatas.

En los casinos, dan un poco de pena esas personas que aprietan el botón o la palanca sin pestañear, sin esperanza siquiera. A veces hay alguien que consigue premio, y entonces todo el mundo en el casino se entera. La máquina empieza a emitir una desagradable alarma, despliega sus luces de colorines como si fuera un pavo real, y te hace esperar varios minutos, hasta que vomita la ristra de moneditas tintineantes. A estas alturas, ya hemos pasado de la euforia del principio al cansancio del neón. Nos detenemos en un hotel cualquiera, jugando a averiguar quién es rico de verdad y quién, sólo, se lo cree. En menos de 24 horas, ya estamos saturados de falsas Venecias y falsos París.

Al día siguiente decimos adiós con alivio a estas calles de desenfreno. Miro atrás y veo la ciudad dormida, fea y triste sin las luces del encantamiento. Se ha acabado el número de magia; Las Vegas es una ciudad de juguete, un decorado mudo de película que ahora engullen las montañas del desierto.

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