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Ciudades flotantes y fantasmas de la Bretaña

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Voy a contar un cuento. Existe una leyenda de origen celta, recuperada por el folklore bretón, que narra la historia de la ciudad de Ys, de la que decían que era el lugar más bello del mundo. Construida por expreso capricho de la bella princesa Dahut, que era el ojito derecho de su padre, la joven fue muy explícita con sus deseos: quería una ciudad en medio del mar. El rey la tuvo que complacer, y se construyeron cúpulas, tejados y puertas de bronce que parecían emerger de las aguas. Con el tiempo, esta magnífica ciudad se convirtió en un punto de encuentro de excesos: fiestas, bailes y lujuria, en el que la princesa jugó el papel principal, puesto que no encontró otro pasatiempo mejor que danzar cada tarde escondida tras una máscara, encandilar cada vez a un marinero y llevarlo a su alcoba. Pero la cosa no acababa aquí, sino que la princesa de bucles dorados, cual mantis religiosa que se despertarse al despuntar el alba, acababa asistiendo a la muerte de su amante, cuando la máscara negra se deslizaba de su rostro y venía a parar a la garganta del marinero, que moría asfixiado. Dahut obsequiaba al mar con cientos de cadáveres, y éste le devolvía los presentes en forma de riquezas. Hasta que un día Dahut se enamoró. Llegó a Ys un jinete desconocido, y cuando le pidió las llaves de la ciudad, la princesa no pudo negarse. Justo cuando estaba robando las llaves del cuello de su padre el rey, que dormía, una ola gigantesca se abalanzó sobre la ciudad, y este fue el principio del fin de Ys, que se llevó consigo a la princesa, pero no al rey, que logró escapar de las aguas y fundar otra ciudad. Cuentan los bretones que otra ciudad famosa por su belleza, París, se llama de este modo porque “Par Ys” en bretón significa “Como Ys”, y dicen que cuando París sea sumergida emergerá la antigua Ys…

Aunque esta misteriosa ciudad se relacione actualmente con otra localidad de la costa bretona, Pouldavid, en la bahía de Douarnenez, donde dicen que a veces el viento trae el sonido de las campanas de la vieja Ys, yo me la imagino con la apariencia del Mont Saint-Michel, porque leyendo aquella historia -que algunos explican como una metáfora del triunfo de Dios sobre el druidismo y los poderes oscuros- no se viene a la cabeza ciudad más parecida. Cuando la visité -se encuentra ya marcando la frontera entre Bretaña y Normandía– no podía creer lo que veía: una ciudad de cuento que se elevaba sobre el nivel del mar como una isla flotante y cuya vida cotidiana se regía por las mareas. Recuerdo, cuando llegamos aquel día, la silueta de sus torres esbozándose apenas a través de la neblina. Hacía un poco de frío con aquella brisa que nos traía una lluvia juguetona. Nos hicimos unas fotos con aquella estupenda aparición de fondo, una ciudad hermosa y perfecta que se completaba con la imagen idílica de unas vaquitas pastando en sus faldas.

En Bretaña las leyendas, la magia y los duendes están por todas partes, y quizás por eso los oriundos de la zona están acostumbrados a lidiar con una curiosa situación: el hecho de que, cuando sube la marea, la ciudad se rodea de mar por todas partes y, como en la leyenda, las olas barren todo, incluso los coches aparcados en la lengua de tierra que nos lleva a ella. Así nos lo avisan las señales: ojo, peligro, después de la hora X, su vehículo puede que ya no esté…

Aparte de ciudades mágicas que le echan un pulso al mar, de rocas prehistóricas y de las leyendas que cuentan las madres bretonas a sus hijos, la Bretaña francesa tiene también bosques encantados, como aquel en el que se cree que está la tumba del mago Merlín y la fuente de la eterna juventud, unos parajes por los que se evocan las historias del rey Arturo y donde dicen que se buscó -sin resultados, que sepamos- el Santo Grial. Pero además, una vuelta por estas tierras depara también importantes ciudades y enclaves pintorescos como la ajardinada Vannes, las milenarias piedras del dolmen de la isla de Gravinis, el enorme menhir de Dol-de-Bretagne o la animada y festiva Rennes.

Y dejo para el final otra ciudad que destaca por su belleza, la corsaria Saint-Malo, donde nació Chateaubriand. El que fuera pionero del romanticismo francés tampoco se libró de cuentos y leyendas. Él mismo escribió que veía pasearse a un fantasma por el castillo en el que se crió: un hombre con pata de palo seguido del fantasma de un gato. Nos fuimos de Saint-Malo sin visitar la tumba del escritor, a la que solo se puede acceder cuando baja la marea. Él lo habría encontrado de muy mal gusto, sí, aunque está acostumbrado a los desprecios. A su tumba vino un día Sartre para bajarse la bragueta y orinarse sobre su lápida en el nombre de la izquierda. Estos existencialistas…

Ver fotos.

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Carnac y sus misterios

Pablo Domínguez-Palacios

Siempre hay algo mágico en la contemplación de un monumento megalítico, en la verticalidad esbelta e imponente del menhir, que es como un guarda del lugar, aquel que te da el alto con su mirada pétrea y fría, mientras tú te amilanas a su sombra, y te preguntas quién lo puso ahí y por qué. También te lo preguntas de sus primos hermanos los dólmenes -vocablo que significa “mesa grande de piedra”, en bretón-, aunque sabes que entre sus estructuras se escondía un sepulcro, y por eso la fascinación que ejerce transita entre la curiosidad científica y la morbosa, aquella que da rienda suelta a la imaginación y hace que pienses en la piel que habitó aquellos huesos, en el hálito de vida que llenaba a aquel ser humano de temores y esperanzas. El menhir, por su parte, es más místico. El visitante intuye que tiene algún significado religioso, que es como una especie de canalizador de la energía del entorno, una señal que apunta a los cielos.

Uno de los lugares más impresionantes para contemplar con serenidad un menhir es, sin duda, Carnac, en Francia. Mi cuñado Pablo nos condujo hasta los alineamientos megalíticos de esta península del noroeste francés, que se adentra en el Atlántico mientras cuenta las leyendas y sueños de los pueblos celtas, los primeros en invadir estas tierras.

Carnac es un museo al aire libre. Hay que dedicarle tiempo, puesto que hay casi 3.000 menhires en una longitud de unos 4 kilómetros, por lo que se ha ganado el título del monumento megalítico más extenso del mundo. Aquí están los menhires más famosos, dispuestos en una línea larguísima que atraviesa los campos verdes y húmedos de la que está considerada la capital de la Prehistoria. ¿Qué significan? Podrían ser los símbolos de la espiritualidad de esos pueblos, o todo lo contrario: herramientas que sirvieran para hacer complejos cálculos astronómicos y matemáticos.

Los misterios de Carnac apasionaron incluso al gran Gustave Flaubert, el escritor francés que me hizo palpitar con su Madame Bovary en mi época del instituto. Divertido por todas las hipótesis que de este lugar se lanzaban, un día exclamó: “Carnac ha inspirado la escritura de más tonterías que piedras tiene”. Aquel día, contemplando los menhires en medio del silencio, se me ocurrió decir que quizás las piedras habían estado ahí desde siempre, y todos rieron. Pero después de todo, esta absurda hipótesis que dejé ir sin procesar siquiera no es precisamente la más descabellada. Hasta este lugar peregrinaban mujeres con problemas de fertilidad, se frotaban con la piedra o incluso se desnudaban y simulaban una escena de acoplamiento, ya que creían en el espíritu que habitaba dentro del menhir, capaz de insuflar vida. Otras leyendas cuentan que por las noches las piedras se desentierran y se acercan al mar, o que los menhires son en realidad soldados romanos convertidos en piedra por Dios. La verdad es que, mientras menos probables, más bellas son las historias…

Pablo y Elena

Pablo Domínguez-Palacios

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La batalla del bretón

Bretaña. Foto: Pablo Domínguez-Palacios

Un lugar donde el mar nunca está demasiado lejos. Esta es una de las características que definen la península de la Bretaña francesa, un lugar plagado de leyendas que disfruta de sus temperaturas suaves y clima húmedo, incluso en verano; una tierra a menudo azotada por el viento y bendecida con la lluvia, con un acervo cultural que mezcla elementos latinos y celtas. Con un pueblo, el bretón, cargado de historia -parece que llegó a Francia, procedente de Gran Bretaña, durante los siglos IV y V- y de tozudez -dicen-, que además enriquecería el territorio con una lengua propia que hoy día, desgraciadamente, está en serio peligro de extinción.

Conocí la región de la Bretaña francesa en 2008, durante un viaje en el que nos acompañaron mi hermana y mi cuñado, que fue nuestro guía e intérprete. Éramos turistas y no nos hablaron bretón, o al menos no nos percatamos. Pero me hubiera gustado. Me refiero a que cuando regresé sentí que me faltaba algo para acabar de comprender las cosas que había visto y oído, los lugares, el paisaje, la historia. Tuve que buscar por internet canciones en bretón, porque necesitaba acabar de familiarizarme con el modo en que sonaba. Sin la lengua no se puede terminar de comprender una cultura.

Michel Renouard explica en su libro Bretaña que en el caso de los bretones no hay que imaginar una invasión, puesto que se limitaron a establecerse en la zona noroeste de Francia, sin prestar atención al resto, y además sin eliminar culturalmente a las poblaciones anteriores. Irónicamente, ellos no consiguieron mantener intacto su legado: la lengua bretona la hablan sólo unas 200.000 personas de los 4.300.000 que constituyen la Bretaña francesa. Para más inri, de las que lo hablan, el 40% tiene más de 60 años: las nuevas generaciones lo desconocen, y creo que es debido a que no acaba de conquistar su espacio en la escuela, a pesar de que los alumnos pueden escoger estudiar en clases bilingües. Sólo unos pocos miles de chicos estudian totalmente en lengua bretona.

En este post sólo pensaba hablar de castillos, monolitos y leyendas celtas. Pero releyendo uno de los libros que me compré en aquel viaje y ampliando información no he podido evitar trazar paralelismos con la polémica que ahora tenemos en España con el catalán en las escuelas. Lo que intento decir es que desterrar un idioma de ellas y dejar que pase de lengua vehicular a ser una asignatura más es condenarlo a largo plazo. Habría que encontrar un justo equilibrio, puesto que, como le argumentaba ayer a un colega periodista, esto no significa que el sistema educativo actual no tenga sus fallos. Con todo, es importante dejarlo como está, que no me gustaría que a un turista curioso como yo le pasase en un futuro lo mismo que a mí en Francia, y que acabase buscando por internet, como último recurso, un poema de Ramon Llull. Nuestras lenguas peninsulares son una joya del patrimonio, pero no para que queden reducidas a piezas de museo o meras anécdotas del folklore popular.


Bretaña. Foto: Pablo Domínguez-Palacios

Foto: Pablo Domínguez-Palacios

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Foto: Pablo Domínguez-Palacios

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