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El salar de Atacama: la ceguera blanca

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-¿Seguro que esto es el salar?-pregunto a Marc con escepticismo. Él me mira y se ríe.
-No hay ningún tipo de duda, chiqui.
Yo miro con desconfianza a mi alrededor. No hay mucho que ver, aparte de una vasta extensión de tierra muerta hasta la línea del horizonte y las montañas. Podría ser un paisaje lunar. Podría rodarse aquí cualquier película sobre otros mundos. Entorno los ojos: me ciegan los rayos de este sol del desierto reflejándose en el blanco nuclear. Aquí la ceguera es blanca, tal y como se la imaginó Saramago. Blanca y sosa, como sin sal.

Hemos conducido durante una hora y media o más desde San Pedro de Atacama para no marcharnos sin ver el salar, pero el camino hasta aquí siempre deja un margen para la duda: ¿por qué no nos hemos cruzado con ningún coche ni ningún tour de turistas? ¿Por qué no vemos aún la superficie blanca? ¿Por qué no hay carteles indicativos?

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En la oficina de información de San Pedro, un joven indígena nos dio un mapa de la zona: una triste fotocopia de un sencillo trazado con unos cuantos puntos negros: las lagunas, los volcanes, dos o tres salares, las ruinas de ciudades prehispánicas. Doblé el folio cuidadosamente y confié, una vez más, en el sentido de la orientación de Marc, que al final siempre nos acaba trayendo a casa.

Cuando vimos que la pista llena de baches nos adentraba en una llanura blancuzca, sin vegetación alguna, dedujimos que habíamos llegado a nuestro destino. Sin embargo, no había sitio para detenernos. El camino nos hacía pasar por el centro del salar de Atacama, y nosotros mirábamos a derecha e izquierda, esperando ver algún ensanchamiento de la pista para hacer una foto; algún rótulo o alma humana que nos regalase alguna explicación. Finalmente, nos dimos por vencidos. Paramos en mitad de la pobre carretera, bajo los únicos carteles que había en kilometros a la redonda, que sólo decían: “peligro de hundimiento”. Esta advertencia no era baladí: el salar esconde bajo su superficie una gran laguna. De vez en cuando, cuando la naturaleza lo decide, la superficie blanca rocosa se abre y el agua sale a flote, formando lagunillas saladas que atrae a las aves del lugar. Por la mañana habíamos estado en dos de ellas: la Laguna Cejar y la Laguna Piedra, donde pusimos a prueba las leyes de la física: sí, en ellas, como en el Mar Muerto, se puede flotar.

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Nuestro recorrido termina en una barrera: “Peligro, no pasar”. Hemos llegado a la central donde se separan las sales minerales que luego se mezclan con agua y se bombean hasta Antofagasta, en la costa. Un negocio fácil si no fuera por un pequeño detalle: ¿de dónde sacar el agua en un desierto? El resultado es un subsuelo empobrecido que ha puesto en pie de guerra a los indígenas atacameños, que están teniendo que renunciar a ciertos cultivos por no poder regar. Esta será una batalla más que tendrán que librar, de nuevo, contra el progreso. No sé si saben que casi nadie la consigue ganar.

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El pueblo atacameño: la historia que truncaron los españoles en Pukara de Quitor

ruinas-pukara-quitor-san-pedro-atacama  Corría el año 1536. En la zona de San Pedro de Atacama ya habían llegado noticias de que un ejército llegado del otro lado del mar había conquistado el poderoso imperio inca. En la ciudad fortaleza de Pukara de Quitor, los señores de Atacama se reunían, nerviosos, con el consejo de sabios. Trazaban planes, tomaban decisiones, se preparaban para la guerra. Habían jurado defender a sus familias y sus bienes de los conquistadores españoles, que sabían que venían para llevárselo todo. Los presumían ávidos de oro, pero lo cierto es que también aprovecharían para el avituallamiento, y esto los dejarían sin cultivos ni animales. Un día, uno de los guerreros indios dio la voz de alarma desde una de las terrazas: se acercaban los europeos. Eran Diego de Almagro y sus hombres. Los indios vencieron, derrotando a los cien lanceros españoles montados a caballo, que no pasaron el muro defensivo. Aquella noche, lo señores de Atacama celebraron su primera victoria. Hubo otras batallas, otras victorias. Un cronista de la época narra: “Los indios de Atacama han estado hasta ahora medio de paz medio de guerra. Son muy belicosos”.

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Los atacameños, los primeros pobladores del desierto de Atacama, el pueblo con 10.000 años de historia que había conseguido domesticar esta tierra estéril y vivir de la agricultura y la ganadería, se resistió a la dominación española durante 20 años. El año 1540 trajo consigo un conflicto especialmente sangriento. Francisco de Aguirre se dirigió a Pukara de Quitor, resuelto a ganar la batalla para la honra y la patria. Con ayuda de los indios yanacomas -esclavos incas- logró conquistar la ciudad. Fueron muchos los caciques atacameños y soldados degollados, y sus cabezas fueron expuestas para disuadir a los subversivos restantes. Actualmente, ascendiendo por el sendero de las ruinas que quedan de Pukara de Quitor, pueden verse los rostros esculpidos en piedra de los antiguos señores. Junto a las cabezas, un altar cristiano para oficiar misa con vistas a todo el valle, como una ironía de su pobre destino: la asimilación cultural. Gradualmente, se acabó su historia. Primero, los atacameños intentaron mantener vivas sus creencias: el culto a la pachamama y el entierro de sus muertos en posición fetal, con objetos que les podrían servir en el más allá. Su lengua, el kunza, quedó reducida a cánticos ceremoniales, y finalmente, abrazaron la religión católica, esperando que el dios europeo los salvase. Pero, como dice un cartel en la cima de la montaña, “el atacameño es aquel que al llegar a este lugar exclama: Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”

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El desierto más árido del mundo. San Pedro de Atacama y Valle de la Luna

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“Qué te gustan los desiertos, hija…”, me dice mi madre. Pues la verdad es que sí. Me siento bien en ellos, me ayudan a desconectar. Logran maravillarme y que sienta que esta vez la naturaleza gana la partida, que la mano del hombre no la puede doblegar. Cuando me enteré de que el desierto de Atacama era el más árido del mundo, supe que debíamos conocerlo. Así que giramos hacia Calama, el motor de la riqueza de Chile con sus minas de cobre. Son las que han salvado al país tras el fiasco de la sal.

Dejando atrás la vorágine de esta industria, kilómetros y kilómetros en los que parece que no queda montaña por perforar, se llega a San Pedro de Atacama, donde por fin encontramos el silencio y la paz. Aquí, a más de 2.400 metros sobre el nivel del mar, sabemos que nuestro viaje pone la pausa, así que nos dejamos mecer por el aire caliente, remojándonos los labios, que están resecos, antes que la noche ponga los termómetros en negativo y tenga que dormir con las rodillas contra mi pecho, que todo puede ser. Mientras el tiempo va, pasito a pasito, pasando, la mañana nos acomapaña envueltos entre muretes de adobe y árboles chañares, porque San Pedro es un pueblito hecho de cañas y barro, como seguramente se hizo mi querido Macondo, aunque a los atacameños les costaría un enorme esfuerzo imaginarse el Caribe y el mar.

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El pueblo atacameño ama esta tierra porque es la de sus ancestros. Tienen una lengua muerta, la que hablaron sus antepasados indígenas, y veneran los paisajes espectaculares que les ha regalado este trozo de desierto, que ellos creen que desprenden una energía especial. Uno de esos mágicos lugares es el Valle de la Luna, al que nos dirigimos ahora con ropa de abrigo, agua y un libro para leer mientras esperamos que el sol se ponga tras los volcanes. Es verdad lo que cuentan: el desierto blanquinoso que nos acompaña hasta la cima luego se tiñe de rosa sin pudor.

De regreso a San Pedro de Atacama tenemos que encender la linterna para hallar el camino. Vamos levantando la arena polvorienta de estas calles de otro siglo, con cuidado para no caer en alguna de las acequias con las que los lugareños riegan precariamente. El agua es un bien escaso. Cuando llegamos al pequeño riachuelo marrón que nos separa de nuestro albergue, La Kasa del Río, me preparo para volver a cruzar el frágil puentecillo de flojas tablas. San Pedro se ha quedado mudo y a oscuras, pero sólo son las siete. Ahora el recuerdo de Macondo se desvanece a favor del de Comala, ese pueblo que recrea Juan Rulfo para dotarlo de silencio y de fantasmas.

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