Archivo mensual: septiembre 2012

El Amigo de Francia

El mismo día en que viajamos en avión hasta Barcelona y pusimos punto final a nuestra ruta por Estados Unidos, el maestro Vicente Amigo estaba acariciando su guitarra, preparándose para ofrecer su último concierto del verano. Hoy, de repente, me han entrado ganas de escuchar las notas profundas de Vicente, así que navegando por internet he llegado hasta su escondida lista de conciertos, y así me he enterado de ese recital que irremediablemente me perdí aquel día, y de otros dos que tiene programados en su reposada agenda. Con los conciertos, como con sus discos, Vicente selecciona minuciosamente y elige. Decide las ciudades, los teatros o los públicos con los que le gusta estar. Se toma la música con tranquilidad y con reposo, con una responsabilidad artística que encontramos escasamente hoy en día. Por eso no me ha sorprendido que su próximo recital sea en Lunel, Francia. Los franceses lo quieren, lo admiran; coleccionan sus discos y entornan los ojos con la música que sale de las cuerdas y que les hace soñar. Su guitarra, para ellos, suena a callecitas empedradas de Andalucía, a vino y a geranios rojos. Todo esto me ha hecho recordar otro concierto de Vicente en tierras francesas. Hay sensaciones que no se olvidan.

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Un rápido vistazo a la gira de Vicente Amigo de este año y la encontramos incluida en la lista, entre dos “B” dispares: Barcelona y Badajoz. Sète, una curiosa ciudad francesa de la región del Languedoc, atravesada por canales y aún sin mancillar por el turismo masivo, acogió hace unos días uno de esos conciertos inolvidables de Vicente y sus compañeros de viaje. Con Paseo de Gracia recién estrenado, y estando aún reciente su paso por el Palau de la Música de Barcelona –que ya reseñaron los medios nacionales acompañándose de entrevistas, críticas y demás-, aquel concierto en Sète tenía el atractivo de pasar más desapercibido, de llevar como valor añadido un entorno menos conocido –más exótico, si se quiere- y de parecerse más a un recital en petit comité que a un concierto multitudinario.

Todas las expectativas se confirmaron a excepción de esta última, una vana esperanza teniendo en cuenta la gran afición que se le tiene a Vicente y al flamenco en general en el país vecino. Faltaban tres cuartos de hora para comenzar y medio teatro ya estaba lleno; los incondicionales habían ocupado las primeras filas alrededor del escenario, montado en el hermosísimo Théâtre de la Mer, antigua fortaleza militar que en 1960 fue reconvertida en teatro al aire libre con capacidad para 1.500 espectadores.

No era aún de noche cuando Vicente Amigo subió al escenario y se abrazó a su guitarra. Un tema lento para comenzar, mientras detrás de él el sol acababa de ponerse y pasaban los veleros. El público aplaudió durante un largo minuto, y aprovechando la algarabía entraron en escena sus músicos, entre los que destacaron Miguel Ortega al cante y Alexis Lefêvre al violín.

Hubo tiempo para recordar otros discos, como con los fandangos Mensaje (del álbum Vivencias imaginadas), y también para desgranar las nuevas composiciones de Paseo de Gracia: la bulería Autorretrato, los tangos de Y será verdad o el que da nombre al álbum, inspirado en la avenida barcelonesa y a medio camino entre el tango y la rumba. Su ritmo pegadizo llegó casi al final, pero sirvió para que Lefêvre se luciera más si cabe con el violín.

Vicente estuvo cómodo y afable con el público francés, con el que parecía sentirse como en casa. Tras el primer tema, se había dirigido a su auditorio –compuesto por franceses, algunos guiris y un puñado de españoles que de vez en cuando le gritaban apelativos cariñosos- y sin amilanarse por no hablar francés agradeció poder visitar “este sitio tan bonito”, para después desear con media sonrisa “que la música sea un abrazo para todos”. Se ignora si la mayoría del respetable entendía lo que decía, presumiblemente no, a juzgar por la expresión de sus caras, pero poco importaba. A la primera nota, los murmullos cesaban, los rostros se clavaban en los dedos vertiginosos que acariciaban la guitarra, los pies seguían el ritmo e incluso algunas palmas se aventuraban. Escuché un “oléééé!!!!” con acento francés al lado de mi asiento cuando sonaron los Tangos del arco bajo: “Mi primo Antonio / qué bien me baila / si su recuerdo / le encoge el alma…”

Vicente sonreía y bromeaba: “En Córdoba hace más calor…”; el maestro pasó frío, decía que tenía las manos “como dos cubalibres”, y se disculpaba porque soplaba mucho el viento. Pero hasta ese murmullo que apagaba las notas resultaba agradable en este marco de postal. “Qué pena que no puedo ver el mar, con lo bonito que es”, decía Vicente. Pero parecía que pensaba en él cuando cerraba los ojos, era el mar el que lo mecía mientras se oía la voz de Miguel Ortega: “Érase una vez / un barco de papel / perdío… / Érase una vez / un hombre de cartón herío…/ Érase una vez una playa sin mar / sin niños…”

Sète, 9 de julio de 2009.

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