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Carretera Panamericana: una ruta para conocer Chile de norte a sur

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Algunas carreteras justifican por sí mismas un viaje. Es el caso de la ruta 66 en Estados Unidos, la Highway 1 que recorre Californiaruta del Big Sur-, de la ruta 40 en Argentina o la carretera Austral en Chile. Son grandes obras de ingeniería para tomárselas con calma y sumergirse en el paisaje, que suele ser cambiante y bendecido por una naturaleza salvaje o caprichosa. La carretera Panamericana es una de ellas. Podrías conocer Chile de norte a sur. Podrías comenzar a recorrerla en Alaska y terminar casi en la Patagonia chilena. Podrías conducir a lo largo de miles de kilómetros y atravesar América entera: la del norte, la central y la del sur. Podrías visitar tantos países y tan variopintos que se merecerían estar en continentes diferentes.  Podrías, sin dejar de conducir, seguir la línea de grandes cordilleras como los Andes, guiarte por el sonido de las olas en los tramos en que la ruta pasa por la costa; atravesar desiertos, selvas y campos fértiles, padecer el calor o el frío de los hielos.

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Estamos conduciendo hacia las estrellas. Dicen que en el Norte Chico de Chile se encuentran los mejores cielos para verlas. Saliendo de Santiago, la Panamericana es una carretera moderna que discurre entre dos hileras de montañas. Tan moderna, que a veces te estropea el paisaje con algún que otro peaje que hay que pagar. A tu lado pasan cactus veloces y un terreno yermo donde no hallas ningún punto donde merezca la pena detenerse. De vez en cuando, sólo de vez en cuando, algún pobre bosque de eucaliptos y un horizonte limpio sin movimiento. Algún parque de molinos de viento que bracean sin ganas. A veces, la costa: playas extensas y vacías con olas mansas.

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El día va discurriendo sobre nosotros y nos regala toda su paleta de colores. Vemos a las montañas cálidas tornarse grises, azules o moradas, hasta que ya todo lo que nos rodea es negro, como el pensamiento que nos inunda mientras dejamos atrás tantos altarcitos desperdigados por el camino, el recuerdo de los chilenos que se dejaron la vida en la carretera, que ellos llaman animitas. Era noche cerrada cuando llegamos a La Serena. No hay nada que hacer. Los lugareños se divierten en el centro del pueblo con un humilde concurso de belleza. Nuestra casera, Aymara, no tiene muchas ganas de hablar. Es vieja y amable, pero reservada. Nos comenta que si no volvemos a las diez de la noche, la puerta estará cerrada. Así que nos acostamos, obedientes, haciendo el mismo horario que la abuela, y dormimos profundamente en dos estrechas camitas hasta que el gallo decide que ya es mañana. Cuando los perros callejeros -todos afectados por la sarna- comienzan a ladrar, me atrevo a preguntar en voz alta: “¿Duermes?”

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Albuquerque: el regreso a casa

Tras un breve paso por la capital de Nuevo México, Santa Fe, entramos con el coche en Albuquerque con la certeza de que se había acabado la aventura. Marc me suelta en el porche del hostal Route 66, el mismo en el que nos habíamos quedado la otra vez, y vuelve a arrancar para devolver el vehículo que ha sido cómplice de tantas cosas en las últimas tres semanas, mientras yo pensaba en el Humbert Humbert y en la Lolita que Nabokov describía en su obra, cruzando Estados Unidos por carretera, de motel en motel, en una constante huida de todo, menos de sí mismos.

Tom, el propietario del hostal, nos ha reconocido, y sonríe mientras acabo de descargar la maleta, la mochila y la amasadora profesional. Con su sonrisa, su cabello blanco y sus ojos azules me siento como en casa, y mientras espero que nos acaben de arreglar la habitación, me quedo a tomar el fresco en el porche, hablando con un huésped que viaja con un perrillo negro, que me cuenta que ha estado en Madrid y en Barcelona. Hablamos de Santa Fe, con sus casitas de adobe y sus boutiques montadas para turistas, y le digo que prefiero Albuquerque, aunque en principio parezca que no tiene encanto.

Mientras acomodo las cosas en la habitación número 5, pienso que es este hostal el que me hace estar tan cómoda. No tenemos baño privado ni commodities, pero este suelo que se queja bajo mis pies y este techo siliconado tienen un encanto especial. Abro la enorme ventana turquesa que da a la vieja conocida carretera 66, y me entretengo viendo a los hispanos pasar. Van en vehículos clásicos, rancheras llamativas y harleys ruidosas. Caigo en la cuenta de que es festivo, como la última vez, así que me voy haciendo la idea de que no podré comprar los souvenirs que había dejado para el último día. Y entonces… ¿qué hacer en Albuquerque?

Me acuerdo de que cuando estaba en el El Día de Córdoba dimos la noticia de que un escritor cordobés, Vicente Luis Mora, había sido nombrado director del Instituto Cervantes de Albuquerque, en Estados Unidos. Meses después, Alfredo y yo le preguntábamos en persona en una de sus escapadas a Córdoba que qué tal le iba por esos lares. Hasta ahora no he comprendido el alcance de su experiencia. Me imagino a Vicente viviendo un año entero en estas calles, preguntando por la biblioteca pública o tomándose una copa en The Library, y entiendo que el chaval que conocimos en Chicago se sorprendiera de que eligiéramos esta ciudad como destino. Entonces, no sé por qué, me entra una melancolía inmensa, y me acuerdo de los compañeros del diario, de las guerras de bolas de papel y las discusiones políticas, y añoro las canciones de Shakira que bailaba en el Latino, la compañía que me hacían los libros de la editorial Berenice, los juegos de mesa interminables de los domingos en el hostal Alcázar y los fines de semana que regresaba a Sevilla, a contestar las preguntas de la familia y besar a las amigas.

***

Nos hemos llevado toda la tarde y parte de la mañana en la habitación, esperando una tormenta que se anuncia con el olor a lluvia, pero que no acaba de descargar. Ya que son las siete y pico y se ha ido el calor, salimos a decirle adiós a Albuquerque. Como no hay nada que hacer, decidimos dar una vuelta por la animada Main Street. Es la zona de marcha; aquí la gente se distrae paseando con el coche: pasan con sus vehículos tuneados, con las ruedas gigantes o diminutas, el capó levantado, las llantas brillantes o las chapas decoradas con grafitos. Sus ocupantes van con los brazos por fuera de las ventanillas, y cuando llegan a tu altura se te quedan mirando fijamente, como si te fueran a decir algo, sacando un poco la cabeza por encima del cristal bajado, como si estuvieran marcando territorio en el Bronx.

Nos distraemos con el tío que baila solo en la acera desde hace una hora y media, con la camisa rota y los pies descalzos; miramos cómo los seguratas piden el carnet a las mujeres de cincuenta años para ver si son mayores de edad; vemos a las camareras vestidas de falsas colegialas coqueteando con los clientes; las chicas que conducen pintándose los labios; la policía que patrulla y los negros que rapean en las aceras.

Nosotros estamos pensando en el viaje de mañana -24 horas- en el tren, y en el avión a casa. Sin darnos cuenta estamos haciendo como los albuquerqueños: vamos a una punta de la calle y, cuando llegamos, nos damos la vuelta hasta la otra. Paseamos por Main Street arriba y abajo, sin pasión, pero tampoco con desgana. Vamos desgranando las horas. Ya nos conocemos las esquinas, y por eso los porteros nos saludan.

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Fin de la ruta 66: ¡El saludo a California!

Nos hemos quedado sin gasolina en pleno desierto de Mohave. La única estación de servicio en esta zona, durante millas y millas, es la vieja gasolinera de Amboy. Mientras Marc charla con el empleado -le está explicando que nos cobrará casi un 50% más por rellenar el depósito, ya que el coste de traer los tanques hasta este lugar tan remoto debe imputarse en el precio-, yo me dedico a curiosear los alrededores. Junto a la gasolinera, hay un motel abandonado y con aspecto un tanto tétrico que sin embargo fue muy conocido en su época. Se trata del Roy’s Motel and Café, que vivió su época de esplendor durante los años 40. Tal era su éxito, que los dueños tenían que ir a buscar empleados en otros estados, porque no daban abasto. Pero ahora aquellos días de actividad frenética parecen muy lejanos. Pueden verse las habitaciones, puesto que las puertas se han dejado abiertas, y muchas de las ventanas tienen los cristales rotos. Dentro no hay nada, sólo basura. Más adelante está la recepción, que sí que se conserva con algo más de cuidado: un impecable sofá de la época y un mostrador en una estancia luminosa y amplia. Al lado, el comedor familiar. Pego la nariz al cristal y veo una mesa rodeada de sillas. Está la vajilla puesta, cada plato con su cubierto y su taza. Pienso que no me sorprendería escuchar ahora una voz femenina llamando al marido y los hijos, enfadada porque no vienen a tomar el té…

Arrancamos de nuevo. Cruzamos el desierto y volvemos a toparnos con otra hilera de enormes vagones. Marc se la queda mirando, como siempre. “No me importaría ser conductor de tren”, me dice. Ya está tocado, aunque no lo sepa, por el virus aventurero del romanticismo.

***

En Barstow nos alojamos, cómo no, en el Motel Route 66. La recepción es tan pequeña que no cabemos los tres juntos: Marc, la maleta y yo. Una campanita ha sonado cuando hemos traspasado la puerta, así que esperamos que venga la dueña mientras repasamos las fotos antiguas que empapelan el mostrador y las paredes. Aparece Mridu Shandil, y nos acaba contando su vida.

Nacida en la India, vino a América siguiendo los pasos de su padre, que tenía una franquicia. Ya son 42 años en esta tierra de acogida, en la que ella ha puesto, junto con su marido, tantas ilusiones. Se muestra orgullosa de lo que ha trabajado en su vida: de cómo ha levantado el hotel, de cómo ha criado a un hijo que ahora es productor de cine en Hollywood, de cómo su marido y ella, junto con un pequeño comité, han creado el museo de la ruta 66 en Barstow… Tiene ganas de charlar y de que vengan los visitantes en tropel. Al día siguiente hacemos unas cuantas fotos a los coches de época y los dejamos a ambos en la pequeña recepción, repasando fotografías antiguas y álbumes de recuerdos.

***

Hemos seguido la ruta 66, paso por paso, hasta llegar a San Bernardino. A partir de aquí, hemos tenido que tomar una decisión: o la acabábamos, como está estipulado, en Los Ángeles, o nos volvíamos a desviar. Nuestro anfitrión de Albuquerque nos recomendó que fuéramos a visitar San Diego, que está mucho más al sur. Y la verdad es que, ahora que estamos en California por fin, lo que nos apetece es explorar, disfrutar de estas tierras tan fértiles y de la bajada de las temperaturas. Venimos del desierto con ganas de ver verdes y azules, la costa y el mar.

San Diego es una ciudad bien linda, pegadita a la frontera mexicana. Toma su nombre de fray Diego de Alcalá, que por cierto es el patrón de Almensilla. Hemos acudido al centro histórico para saber más sobre el origen, y así nos enteramos que este nombre se lo puso Sebastián Vizcaíno, un español que dio con su barco en estas tierras el día en que se celebra la fiesta del santo. La ciudad nos parece ordenada y limpia, moderna. De hecho, abundan los coches híbridos y eléctricos y la policía va en bicicleta. Pura fantasía en España. Dormimos en un albergue de juventud y tenemos que compartir habitación. En el desierto éramos los reyes del mambo, pero en California es otro cantar…

Esa noche me intentaron ligar a dos metros del recién estrenado marido. Eran las dos de la mañana, yo escribía en mi ordenador mientras todos dormían. Entonces entra un tipo por la puerta, brasileño, para más señas, y cuando ve que hay algo que atacar, saca toda la caballería. Hablamos de Barcelona, del Barça, de Messi, del Carnaval de Rio. Él se confiesa admirador de Cristiano Ronaldo y del Madrid, y eso da juego para un rato. Entonces veo que asoma la cabecita de Marc desde su litera; por un momento me parece que va a intervenir en la conversación, pero se nos queda mirando un momento y luego, desaparece. “¿Es tu novio?”, me pregunta el brasileño. “Marido”, respondo. Creo que preguntaba sólo por saber, porque, lejos de amilanarse, el brasileño se quita la ropa delante de mí, se queda en calzoncillos y sigue hablando y hablando, mezcla inglés y portugués, se pasea por la habitación y me enseña musculitos. A mí me parece la escena grotesca, me río para mis adentros y, cuando me canso, pronuncio las palabras mágicas: “buenas noches”.

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El cantante de Oatman

Tras la locura de Las Vegas, seguimos nuestro viaje por la ruta 66. Pasamos entre montañas, por parajes envueltos en la soledad más absoluta, y llegamos a Cool Springs, donde sólo vemos una vieja gasolinera de época y un neón que preside una pequeña tienda de bebidas, perdida en una curva del camino. El lugar nos produce tanta desazón que decidimos que hay que parar. Entramos, y tras el dintel de la puerta nos recibe George, un americano fornido con brazos como patas de elefante, que lo primero que nos dice, tras el “hello”, es que tenemos que firmar en su guest-book. Dejamos nuestros nombres para la posteridad en este lugar perdido de Arizona, mientras George se anima y nos cuenta sus historias. Tiene fotos acariciando al famoso road-runner, el correcaminos, un animal increíble que, aunque no vuela, es capaz de correr a más de 30 kilómetros por hora. Nosotros ya nos lo hemos cruzado en alguna ocasión en la carretera, aunque verlo, lo que se dice verlo, no lo vimos.

Paseamos por la tienda de George, que es todo un santuario de la ruta, le compramos un café y salimos. Vemos que hay una pareja de italianos haciendo fotos; están haciendo la ruta pero al revés que nosotros, así que nosotros les hablamos de Seligman mientras ellos nos anticipan lo que veremos en Oatman. George se aburre solo dentro de la tienda y sale a charlar con nosotros, pero los italianos han desaparecido dentro de su autocaravana y ya enfilan la carretera.

“European people, like us”, le dice Marc a George. “Italian. But they don’t spend money…” Quiere picarlo, ver cómo reacciona el hombre. El otro gruñe un poco, mira hacia la caravana diminuta y asiente: “Mmmm. Tight ass”. Que viene a ser algo así como: “culos apretados”. O sea, del puño…

***

Oatman es un lugar divertido para pasar un rato. Es un pueblito con casitas de madera al estilo far-west, al que se llega por una carretera de tierra después de varias curvas entre montañas, en las que te puedes tropezar con algún burrito. De hecho, los burros pasean alegremente por este pueblo, van solos, se acercan al turista, curiosos, y se dejan acariciar por si les cae alguna zanahoria.

Hemos entrado en la tienda de recuerdos Fast Funny Place; de repente me he cansado de la radio, y busco algún CD de música para ambientar el viaje. Durante el camino nos han acompañado las radiofórmulas americanas, las mismas canciones que causan furor en España. Y de vez en cuando, algún tema de Dylan, Springsteen, The Police o los Rollings. En los bares de carretera, sin embargo, gana Elvis por goleada. Saben lo que los nostálgicos vienen buscando, así que te comes la hamburguesa mientras el rey del rock canta: “train arrive, sixteen coaches long…

En Fast Funny Place hay un hombre cantando vestido de vaquero. El compañero, Rick, se me acerca, y cuando le explico lo que busco, me dice que si quiero puedo comprar el CD del cantante. Señala a Bob, que se desgañita la garganta, y pienso que por qué no, al fin y al cabo hemos venido buscando lo auténtico. Justo cuando estoy pagando, Bob acaba la canción y me reclama. “How do you do?” “I’ve just bought your CD”, le contesto. Bob se pone muy contento, y decide celebrarlo regalándome una canción, así que enciende los altavoces, coge un micrófono y me canta The long black train. “Te gustará”, promete. Entonces pasan tres minutos inolvidables, en los que Bob llena el valle de las notas alegres de esta canción country, mientras yo muevo mis pies siguiendo la música y Rick se entretiene matando moscas.

Desde luego, es un momentazo. Me da pena irme, pero en el bar de enfrente, el Olive Oatman Saloon, nos esperan para poder cerrar. Rick y Bob les han gritado desde el otro lado que por favor nos alimenten, así que cruzamos corriendo, mientras el valle vuelve a quedarse mudo. La gente se regresa a sus casas, se cuelgan carteles de “cerrado” en las tiendas, y los burros desaparecen. Ahora somos los únicos turistas, los únicos hidalgos errantes que desentonan en el pueblo.

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El motero de Seligman

Me despierto a las cinco y pico de la mañana en el Supai Motel de Seligman. Me he sentado fuera de la habitación, en una silla de plástico, a hacer recuento de la jornada. Huele a ceniza de cigarro, pero el hermoso día lo compensa. Tras la escapada al Gran Cañón hemos seguido la ruta 66, y ese periplo nos ha llevado hasta aquí, una pequeña localidad que parece haberse quedado congelada en la época gloriosa de los 50. En la calle principal, un café-tienda de recuerdos exhibe todo tipo de souvenirs para los peregrinos de carretera. Nosotros sólo nos dedicamos a apurar el café y a buscar la lavandería del pueblo, que aunque no sale en las guías bien se merecería un puesto en el ránking de lo decrépito.

Me tocó hacer la colada mientras Marc buscaba víveres. Iba pensando en memorables escenas de películas que ocurren en las lavanderías, pero nunca había visto una tan desangelada, tan muda, tan olvidada de la civilización. Me quedé escuchando el sonido ronco de la lavadora mientras esperaba sentada en una butaca con el asiento lleno de lamparones. Era la única que no estaba rota; lo sé porque las fui desplegando una por una, y todas tenían una grieta en el sillín, más grande o más pequeña.

Mientras pienso en estas cosas he sentido que se abría la puerta del vecino. Sale un hombre cincuentón, con el cabello largo y canoso y el torso desnudo, enfundado en unos estrechos tejanos y con barba de tres días. Apuesto a que es motero. Me dedica un “morning” lacónico, y confirma mis sospechas acercándose a una de las dos Harley Davidson que están aparcadas en la puerta. Regresa a mi lado, sin mirarme, y coge el paquete de Marlboro que hay en el alféizar de mi ventana. Parsimonioso, se enciende un pitillo y se sienta en la silla que hay libre junto a mí. Me maldigo por no fumar; es la oportunidad de entablar una conversación, pedirle un cigarro o una cerilla, comentar el recorrido que ambos hacemos, intercambiar mapas e impresiones del camino. Pero como no fumo, me contento con garabatear tonterías en el cuaderno, mientras él despliega un enorme mapa de Estados Unidos en el suelo, con la ruta 66 marcada en rosa fluorescente.

El motero saca el humo por la nariz y la boca, relajándose. Ahora estamos tan juntos que nuestros brazos se tocan, pero ambos hacemos como que el otro no existe. A mí me paraliza el miedo. A lo largo del camino he hablado con turistas, recepcionistas, excursionistas, cantantes, viajeros. Pero ahora no sé qué me pasa. Aquí lo tienes, un auténtico motero, como tú querías… Pero qué le pregunto que sea inteligente, qué decir que no quede forzado en este momento de relax…

Así estaba, absorta en mis pensamientos, cuando sale Marc de la habitación con cara de sueño. Al motero me lo espanta; veo que se levanta y se dirige hacia la moto; saca dos cascos con la banderita de Estados Unidos y los planta sobre el manillar, como trofeos. Entra en la habitación y regresa con la compañera: alta, delgada, con cara de mala leche. Ambos llevan camisetas en las que pone bien clarito: “Harley Davidson”. Por si hubiera alguna duda. La pareja se monta cada uno en una Harley, hacen rugir los motores un ratito a modo de despedida, antes de describir un semicírculo con la moto, para, finalmente, desaparecer en la carretera. Yo me quedo un momento más mirándolos en mi silla de plástico, viendo cómo se hacen pequeñitos.

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On the road

Saliendo de Albuquerque, en seguida el paisaje se abre ante nosotros. Circulamos junto a pocos coches, y la antigua carretera 66 -aquí machacada por la freeway– se extiende delante, interminable.

Al final Albuquerque no nos ha parecido tan mal; el día extra que hemos pasado aquí nos ha permitido buscar los restaurantes que nos recomendado el revisor del tren, un mexicano simpático y espontáneo que sin embargo se expresa mejor en inglés que en español. Cosas del emigrante.

El revisor tiene a su madre cerca de Ciudad Juárez. Estuvo un rato sentado junto a nosotros en el Lounge-Wagon, preguntándonos si cruzaríamos la frontera con México y contándonos historias del cártel de la droga, anécdotas que nos parecieron escalofriantes.

Vamos haciendo recuento del viaje mientras pasamos por Laguna Pueblo y, un poco después, por un poblado muy primitivo, sin nombre aparente. Aquí nos paramos, junto a las vías del tren, para hacer una foto a la enorme mole de contenedores andante que nos ha ido acompañando por el camino, enroscándose al bordear las montañas cual serpiente gigante del desierto. Cuando se va acercando a nuestra posición, el tren emite un agudo pitido y, al alcanzarnos, el maquinista saca su brazo por la minúscula ventanilla y nos saluda. Esto es un pasatiempo normal aquí. La gente acude a las estaciones a ver pasar el tren. Las madres llevan a sus niños; los jubilados dirigen sus paseos matinales hacia las paradas; los jóvenes se besan mientras esperan. Y, cuando el tren llega, todos dicen adiós a los viajeros, aunque no los conozcan. Saludan y sonríen, agitan sus manos y luego se marchan. No hay mucho que hacer en estos pequeños pueblos de Nuevo México.

Seguimos conduciendo y dejamos atrás reses muertas al borde de la carretera y bares abandonados. Ahora, un 66 pintado en el asfalto -la famosa señal de la Mother Road de América- nos indica que nos encontramos en uno de los tramos que ha sobrevivido del trazado original, una carretera que se pavimentó en 1926 -aunque existía desde mucho antes- y que discurría desde Chicago a Los Ángeles. Casi 4.000 kilómetros que recorren los estados de Illinois, Missouri, Kansas, Oklahoma, Texas, Nuevo México, Arizona y California. Estamos haciendo el mismo recorrido que hicieron las familias campesinas en la década de los años 30, cuando iniciaron el éxodo hasta la tierra prometida de California, buscando el futuro que en el este se les negaba.

En Budville, la vieja carretera pasa en medio de un cementerio de coches decrépitos, escampados a derecha e izquierda sin orden ni concierto, como si hubieran sido espolvoreados desde las alturas. Más adelante recorremos un curioso paisaje formado por rocas negras de lava que los exploradores españoles bautizaron en su día como Malpaís. Comemos en Nana’s, una de las viejas glorias de la ruta 66, y dejamos atrás Grants y Gallup.

A estas alturas del viaje ya nos hemos dado cuenta de que el aire acondicionado no va bien, así que bajamos las ventanillas y nos imaginamos que vamos en un mustang descapotable. Así recorremos la ruta que va de Gallup a Holbrook, en la que el paisaje ha pasado de las estupendas llanuras de rocas rojas a las largas planicies salpicadas a veces por solitarios molinos de agua.

Al llegar al territorio Navajo, me pongo alerta. Nos hallamos en las proximidades de esta reserva india, uno de los pocos territorios que aún se encuentran bajo la soberanía de una de las tribus nativas de Norteamérica, junto con los hopi, los apache, los havasupai o los zuni. Hoy vamos a dormir en Flagstaff, así que vamos por la carretera tranquilamente, recreándonos en el paisaje que nos hipnotiza. Seguimos las notas de la flauta de Hamelin, una melodía que aquí suena a música country.

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Albuquerque: encuentro con la ruta 66

Albuquerque, la ciudad más grande del estado de Nuevo México, nos golpea salvajemente con una bofetada de aire caliente al saltar al andén. Risas, abrazos, bye bye… La señora que nos ha acompañado en el último trayecto, originaria de Stuttgart, Alemania, pero afincada en esta ciudad desde hace décadas, nos grita un “bye, honeys!” antes de lanzarse a los brazos de su hija, que ha venido a buscarla, y de estrechar al pequeño perrillo que también ha acudido a recibirla.

La última hora en tren ha sido apasionante. Unas niñas indígenas de unos tres o cuatro añitos, seguramente de las que viven en alguna reserva de Arizona, se sentaron en los asientos de al lado a pintar con lápices de colores, revolcarse por la moqueta del tren y tirarse al suelo desde el respaldo del asiento. “They’re so sweet...”

No paré hasta ganármelas. Saqué la libreta y me puse a dibujar, enseñándoles de vez en cuando lo que hacía. En seguida la curiosidad pudo más que la timidez y conseguí que vinieran a sentarse conmigo. Las invité a contribuir con mi obra de arte, aunque sólo logré que me dedicaran puntos y rayas…

***

Dejamos atrás la estación y nos disponemos a subir por Central Avenue para llegar al motel. Tiene wi-fi, así que esperamos poder entrar en contacto con nuestras familias, que después de cuatro días deben estar deseando que llamemos. Mientras esperamos en un semáforo, otro de los “amigos” que hemos hecho en el tren llega a nuestra altura. Es un sikh, un seguidor del sikhism, una religión monoteísta fundada en el siglo XV en la India, cuyos creyentes se distinguen, entre otras cosas, por practicar la meditación y por el turbante que llevan. Nuestro amigo tiene una larga barba blanca rizada y despeinada, larguísima, y 57 años a sus espaldas, aunque parece más joven. Se ofrece a acompañarnos porque vamos en la misma dirección, y cuando pasa por la marquesina del autobús se para. Ve que no tenemos intención de coger el bus, así que se encoge de hombros y nos sigue, animado por la charla. Pero al cabo de dos o tres calles nos pregunta que por qué caminamos bajo este sol abrasador que no deja respirar, a las cuatro de la tarde y cargando con mochilas. “Estamos acostumbrados a caminar, y además así vemos mejor la ciudad”, decimos. “Oh, yeah”.

El pobre hombre resopla a nuestro lado, y eso que no está gordo. Mira a Marc y le pregunta si pesa mucho su mochila, que ve más voluminosa que la suya propia. “A little”, dice él con una sonrisa. El sikh ya no puede más. Se para en la próxima marquesina jadeando y se despide de nosotros. “¡Disfrutad de vuestras cuatro manzanas hasta el motel!”, nos grita, riendo. A mí me suena la frase a cierto retintín.

***

La habitación del motel no está mal, pero la wi-fi no funciona. Al día siguiente, descubrimos que el desayuno continental que prometía la página web a la hora de reservar ha quedado reducido a unos tristes cereales que parecen llevar ahí mucho tiempo, una máquina de zumos de esos de aguachirri y un café al agua. Para colmo comemos en la propia recepción del motel, en la única mesita que se han dignado a poner, y bajo la atenta mirada del viejo recepcionista, que parece disfrutar viéndome apurar el último culillo de leche de la botella, puesto que no mueve un músculo para volverla a rellenar.

“No importa, no importa”, pienso para mis adentros. “En unos minutos habremos alquilado el coche y nos largaremos de aquí”. Pero la suerte no estaba entonces de nuestra parte. Yo me regreso a la habitación para escribir -son apenas las siete de la mañana- mientras Marc busca algún lugar con conexión a internet para alquilar el vehículo. Como no tenemos cargado el portátil, tendrá que hacerlo por el móvil. Lo compadezco, aunque no se lo digo.

Poco después de las diez regresa, y con malas noticias. Ni él ni yo hemos caído en que es domingo, y por tanto no podemos alquilar nada. Aquí no tenemos noción de tiempo, pero no es nada raro, hasta el Phileas Fogg de La vuelta al mundo en 80 días sucumbe a las malas pasadas de los husos horarios; casi pierde su apuesta por eso. En fin, tendremos que hacer otra noche en Albuquerque, y la perspectiva no me deja muy contenta. Me pongo un poco de morros porque Marc me propone coger un avión hasta Las Vegas, pero eso rompe todo el espíritu de este viaje. Ni ruta 66, ni indios, ni pueblos fantasma, ni nada de lo que me he estado empapando antes de venir. Él se enfada porque yo me enfado, pero afortunadamente el conflicto no pasa de cinco minutos. Pronto hallamos una solución.

Lo primero es cambiar de hotel. Empezamos a caminar por Central Avenue de nuevo, bajo un sol de justicia, arrastrando las mochilas cada vez a paso más lento. De repente, pego un respingo y señalo una vieja casita blanca y turquesa de la acera de enfrente. He reconocido un hostal que aparece en mi guía de la ruta 66, así que nos animamos, porque la cosa promete.

Tom es una agradabilísima persona. Nos ofrece constantes sonrisas mientras nos pregunta cosas y nos explica qué podemos hacer en Albuquerque por segundo día consecutivo. Sin embargo, cuando descubrimos el encanto de la habitación -nos ha dado la suite, la única con baño incorporado- decidimos que los museos no son suficientemente interesantes. Nos tomamos el día de relax, paseando tranquilamente por el centro histórico y regresamos pronto a la habitación; los comercios cierran a las cinco y el calor sigue siendo insoportable. Además, Marc ha conseguido cargar el ordenador con un cable viejo que ha encontrado en la carretera. Ha hecho un empalme con el cable de mi ordenador y el de la lámpara del cuarto y ¡eureka! El portátil funciona. Menos mal que tengo un MacGyver en casa.

Me pongo a pasar al ordenador todo el trabajo que tengo acumulado. Fuera suenan las Harley Davidson que recorren la ruta 66, la misma en la que ahora nos encontramos nosotros. Antes ya nos hemos topado con ellas; los moteros nos han sonreído al pasar. No son tipos tan duros.

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