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El mandarín de las uñas largas

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Un golpe seco en el gran tambor hace que todas las miradas se concentren en un punto. Se hace el silencio. Otro golpe, y otro. Ahora se tocan todos los tambores a la vez, frenéticamente, y los gong se reparten, multiplicándose, rebotando en las paredes de la Torre del Tambor de Beijing. Parece que avisan de una inminente batalla, y lo cierto es que en la antigua China los tambores eran considerados como armas mágicas todopoderosas, e inicialmente se utilizaron en la guerra. Con un sonido tan majestuoso que podía oírse a la distancia, los tambores eran un elemento esencial para fortalecer el estado de ánimo de los soldados. La cultura y el pensamiento de los chinos están llenos de elementos tradicionales como este, fruto de su milenario pasado. Pero, ¿en qué creen los chinos que creen?

Uno de sus mitos ancestrales explica el origen del universo a través de la figura de Pangu: “Al comienzo sólo había un caos sin forma del que surgió un huevo de 18.000 años. Cuando las fuerzas yin y yang estaban equilibradas, Pangu salió del huevo y tomó la tarea de crear el mundo. Dividió el yin y el yang con su hacha. El yin, pesado, se hundió para formar la tierra, mientras que el yang se elevó para formar los cielos. Pangu permaneció entre ambos elevando el cielo durante 18.000 años, tras los cuales descansó. De su respiración surgió el viento, de su voz el trueno, del ojo izquierdo el sol y del derecho la luna. Su cuerpo se transformó en las montañas, su sangre en los ríos, sus músculos en las tierra fértiles, el vello de su cara en las estrellas y la Vía Láctea. Su pelo dio origen a los bosques, sus huesos a los minerales, la médula a los diamantes sagrados. Su sudor cayó en forma de lluvia y las pequeñas criaturas que poblaban su cuerpo se convirtieron en los seres humanos”.

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En China se profesa una religión politeísta influida por el budismo, el confucionismo y el taoísmo, y en la que incluso se pueden encontrar otros elementos sorprendentes para la mirada occidental, una herencia de los viejos chamanes. No tienen problemas para hacer sitio a los budas entre sus dioses chinos, ni en rendir culto a la luna o al sol. Sus dioses son grandiosos, como Guan Yu, el de la verdad y la lealtad, o más prosaicos, como Zao Shen, el de la comida.

Buena parte de su espiritualidad se te contagia cuando visitas el Templo de los Lamas, el más importante del mundo fuera del territorio del Tíbet. En este lugar envuelto en una permanente nube de incienso, los fieles se acercan y se inclinan, una y decenas de veces, ante uno de los muchos dioses de madera de sándalo y oro que tienen frente a sí. Queman los sahumerios en el caldero de cenizas humeantes frente al altar, y oran poniéndose los palillos sobre la frente, recitando sus plegarias silenciosas.

Tienes la sensación de cualquier detalle significa mucho para ellos. Todo tiene un sentido más allá de lo que se ve y se palpa. Las representaciones de las tortugas, los peces -el símbolo de Buda-, las serpientes o el dragón, sus dioses de la lluvia y los ríos, sus números milagrosos. El verde es el color del dinero, así que pintan los bancos y restaurantes de tonos verdosos, y firman los contratos los días 6 del mes, que es el número del éxito.

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En las calles la filosofía china se palpa en cada esquina. Vemos a un joven que le lee la mano a su amiga, y durante días nos intrigan unos enormes moratones, marcas circulares que buena parte de la población deja ver en sus espaldas, cuellos u hombros. Al final descubrimos que son las señales de las ventosas, una de las famosas terapias de la medicina china tradicional, usadas también por los egipcios. Con ellas combaten problemas tan dispares como los dolores musculares, la depresión o el insomnio.

Pero lo más impactante son las uñas largas. Jóvenes, viejos, taxistas, adolescentes alocados. Muchos se dejan crecer una o dos uñas de la mano, hasta varios centímetros. Leí una vez que la propia emperatriz Cixi tenía dos uñas largas, símbolo típico de su clan manchú. Parece ser que también es una señal de estatus: con las uñas largas no se pueden hacer trabajos manuales en el campo. Pero cuidado con ser demasiado presuntuoso, que podría pasarte como al mandarín Go-san, que era el más poderoso de los mandarines de la provincia septentrional. Pasó sus días dejándose las uñas largas, convencido de que a su muerte estas demostrarían que no había trabajado nada en su vida. Sus uñas crecieron y crecieron, y llegaron a medir más de siete metros. Tenía criados que le ayudaban a vestirse, a lavarse y a comer, pero a él poco le importaba. ¡Lo que iba a disfrutar en la vida eterna!

Cuando murió, a la edad de 109 años, su embalsamador se encontró con un problema. Por más cuidado que puso, sus uñas se le fueron rompiendo una a una, y al final el pobre hombre, agobiado, optó por acabar de cortarlas todas. Cuando Go-san despertó en el mundo de ultratumba, se quedó horrorizado al ver cómo le habían dejado sus uñas. “¡Eh, tú, a trabajar!”, le increpó uno de los guardianes. Go-san lloró, gritó, imploró… pero nadie le hizo caso. Se está pasando toda la eternidad haciendo trabajos forzados, mientras su alma intenta convencer a las abominables criaturas del mundo de los muertos de que sus manos nunca han trabajado. Todavía hoy se escuchan sus lamentos.

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Cixi emperatriz

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Que no se diga que China no es una tierra de oportunidades. El ejemplo más fascinante se halla en el controvertido personaje de la emperatriz Cixi, que una vez fue una niña manchú de origen humilde que sus padres acabaron vendiendo para que formara parte del harén del emperador, Xianfeng, y así, entre otras 60 concubinas, la joven se labró un futuro por su cuenta.

Respondía al nombre de “Pequeña Orquídea”, pero cuando entró en la Ciudad Prohibida se le adjudicó el de Ci Xi, que quiere decir “Virtuosa”. Podría haber pasado desapercibida entre tantas jóvenes, pero Cixi estaba cansada de la infancia tan difícil que había tenido, siempre compitiendo con sus hermanas y mendigando amor, y esta experiencia la curtió y le endureció el espíritu, enseñándole a pelear por las cosas que ambicionaba. Su suerte cambió el día en el que el emperador la oyó cantar, así que pidió conocerla -o sea, que la trajeran a su alcoba-, y tras unas cuantas visitas al lecho real acabó por darle un hijo, que para su fortuna fue varón. La madre del futuro emperador subió rápidamente de rango, y como además había aprendido a leer y a escribir de manera autodidacta, pronto se encontró opinando en las cuestiones de estado.

El resto es una historia de conjuras palaciegas, estrategia y alianzas. Cixi se convirtió en emperatriz regente durante muchos, muchos años. Paseamos ahora por el Palacio de Verano, que está indisolublemente unido a su recuerdo, puesto que fue esta carismática mujer la que lo reconstruyó tras su destrucción durante la II Guerra del Opio. Con un gran lago artificial, templos, pagodas, teatros y un largo corredor de 750 metros concebido para que la emperatriz pudiera recorrer sus jardines sin preocuparse de las inclemencias del tiempo, ahora está considerado Patrimonio de la Humanidad.

Si te sales del circuito trillado por los grupos de turistas puedes perderte por rincones asombrosos. Al final de la tarde, los pájaros bajan de las copas de sus árboles centenarios, la vista puede fijarse con atención en las enormes raíces que resquebrajan el pavimento, y la mente puede viajar por cualquiera de las muchas historias antiguas que aparecen representadas en las pinturas de sus techos de maderas azuladas. Dicen que por aquí paseaba la primera emperatriz que tuvo el Palacio, una gran amante de los cuentos tradicionales chinos. Un día y otro y otro pedía que se los recordaran, y finalmente mandó pintarlos para no olvidarlos nunca.

Por estos pasajes casi laberínticos en los que a la caída del sol asciende el olor fresco y húmedo de la hierba, caminaron muchos personajes de la realeza. Pero a mí me llama la atención la figura de Cixi, llamada también la Emperatriz Dragón, que retratan como si fuera una especie de Cersei manipuladora y poderosa, la reina bella y letal de Juego de Tronos. Así, de Cixi se ha dicho toda clase de cosas, y algunas barbaridades. Parece ser que se gastó el presupuesto de la marina en la reconstrucción del palacio, que aquí confinó a su sobrino, el emperador Guangxu, porque sus reformas no eran de su agrado, y que dilapidaba enormes fortunas en sus fiestas de cumpleaños. Pero las malas lenguas hablan también de su amor por uno de sus eunucos, su gran apetito sexual y la leche materna que bebía para mantenerse joven. Mentira o verdad, lo cierto es que después de muerta sus detractores continuaron vilipendiándola. Profanaron su tumba y se llevaron sus joyas; dicen que su cuerpo estaba incólume, y que el secreto era una enorme perla que escondieron en su boca, que acabó siendo adorno en el zapato de una de las mujeres de los bandidos. 

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Sobre el lomo de la serpiente de piedra

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En chino, la serpiente simboliza lo enigmático, lo inesperado y lo misterioso. “Si no has subido a la gran muralla no eres un hombre de verdad”, dijo una vez el presidente Mao. Así que le hemos hecho caso, y nos hemos montado en un autobús para recorrer uno de los tramos de esta serpiente de piedra magnífica, que ahora ya por fin divisamos desde nuestro vehículo, tras un largo viaje de casi cuatro horas que nos ha traído hasta Jinshanling, uno de los tramos menos visitados por el turismo de masas y el preferido por los fotógrafos profesionales. Hemos huido de Badaling, donde dicen que en las instantáneas sólo salen cabezas de turistas, y ahora miramos hacia las montañas por las que discurre esta enorme mole de piedra caliza, granito o ladrillo cocido -¡parece ser que hasta arroz!-, que ha dado lugar a tantas leyendas y especulaciones.

Desde abajo, la muralla es todavía un hilillo que zigzaguea, nervioso, sobre las cumbres. Va dibujando el perfil de un paisaje de montañas ondulantes, espesos bosques y pastizales coloreados de un verde intenso. Las escamas de esta fascinante serpiente milenaria son las almenas, recortadas sobre un cielo azul que deslumbra, porque en estos parajes el verdadero enemigo no son los mongoles ni los manchúes, sino un sol implacable que nos golpea en la cabeza.

Tenemos tres horas para recorrerla. En principio nuestra idea era caminar desde Jinshanling hasta Simatai, la ruta preferida por los senderistas, pero esa parte de la muralla se encuentra actualmente restaurándose y cerrada al público. Así que subimos hasta la muralla y echamos a andar. Dicen que entre estas piedras perdieron la vida varios millones de chinos -algunas fuentes hablan de diez millones-, y que la llegó a defender un millón de guardias. Es fácil imaginarse el horror, a pesar de las bellas montañas que te rodean, de tantas vidas de usar y tirar. Hasta aquí desplazaron a los obreros y ciudadanos caídos en desgracia, que iban cayendo como moscas por el agotamiento y las duras condiciones de trabajo. Sus cuerpos se enterraban allí mismo, sin más contemplaciones. Por eso dicen que la Gran Muralla es en realidad el mayor cementerio del mundo.

Vamos subiendo pasarelas de piedra empinadísimas, y unos metros más adelante volvemos a bajar por otras que desafían las leyes de la gravedad. Pasamos por tramos reconstruidos y otros originales, paredes que se sostienen en pie trabajosamente, como ancianitas encorvadas. Algunas de estas paredes semiderruidas pudiera ser la de la historia de Meng Jiangnu, una de las tantas mujeres que perdieron a su marido en estos muros. Cuenta la leyenda que la señora, después de varios meses sin saber nada de él, fue a buscarlo con algunas prendas de abrigo para que no lo sorprendiera el invierno. Cuando llegó a la Gran Muralla, los soldados le dijeron que su amado había muerto. “¿Dónde están sus huesos..?, ¿dónde..?”, preguntaba la mujer, desconsolada. “Están sirviendo de argamasa”, respondieron los guardias. Así que Meng Jiangnu recorrió la muralla entera buscando los restos del marido, hasta que llegó al mar. Allí, impotente, comenzó a llorar. El llanto que la sacudía era profundo y amargo, y acabó conmoviendo al espíritu de la muralla, que se abrió y dejó caer los huesos del hombre para que los pudiera enterrar.

Vuelvo otra vez a concentrarme en la caminata. Ahora hay que tener cuidado para no tropezar con alguno de los muchos ladrillos descuajaringados. Castigamos los gemelos subiendo por escalones de medio metro de alto. Avanzamos de lado por los lugares difíciles, aprovechamos la sombra de las torres vigía, bebemos, continuamos. Subimos y bajamos montañas enteras como si fuéramos gigantes con nuestras botas de siete leguas, pero la Gran Muralla nos acaba venciendo. Nuestra vista no la alcanza. Cuando nuestro tiempo se agota, ella continúa arrastrándose, silbando al viento, por encima de las cumbres, y su estela acaba emborronándose en los ojos.

Ciertamente, es una de las maravillas del mundo, aunque no se vea desde el espacio, como dicta una falsa creencia. Pero es majestuosa y mágica, capaz de asustar a los curtidos jinetes mongoles de la estepa, acostumbrados a llanuras sin fin. Debieron sorprenderse mucho ante esta visión; para ellos una tierra cercada por todas partes era sinónimo de pesadilla. Ya lo cantaba el gran Gengis Khan en El libro secreto de los mongoles: “Mirando las estrellas estoy, tengo la tierra por almohada”…

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La ciudad de los números mágicos

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La capital de China es la ciudad de las ciudades. Cuando aterrizamos en Beijing hace dos noches pensábamos que habíamos dejado demasiados días reservados para un solo lugar, pero lo cierto es que Pekín no da tiempo al aburrimiento: la vista se pasea por residencias imperiales, palacios, torres que saludan a golpes de tambor, pagodas, parques majestuosos,hutongs -callejones históricos- que se caen a pedazos y en los que la vida tradicional china palpita en cada esquina, largas avenidas ataviadas con farolillos rojos donde los chinos más acomodados se reúnen a comer marisco picante, rickshawsque se conducen temerariamente, mercados nocturnos donde los vendedores vociferan su mercancía, puestos de verdura y fruta, olores de fritos y especias, humos varios, y un sol sin nubes que reina, perenne, en el cielo de Beijing.

***

La primera visita que hacemos no puede ser otra. La Ciudad Prohibida, antigua residencia de emperadores, nos aguarda entre un aluvión de multitudes, así que esperamos al último momento subidos al pabellón más alto del Parque Jingshan, concebido como una barrera de feng shui para proteger el palacio real de los malos espíritus. Desde aquí hay una vista hermosa de Beijing, y mientras nosotros admiramos los tejados rojos de la Ciudad Prohibida, otros visitantes prefieren ocupar su tiempo en rendir culto a la enorme estatua dorada de Buda que hay dentro del pabellón.

Un hombre se acerca y se arrodilla. Comienza a orar dando con su cabeza en el suelo, mientras sus ojos parecen evitar la mirada y la sonrisa petrificada del dios, que no obstante parece satisfecho con la selección de inciensos y frutas frescas con las que se ha adornado su altar.

El tiempo apremia. Bajamos y rodeamos completamente la Ciudad Prohibida -720.000 metros cuadrados- hasta que por fin hallamos la puerta de entrada. Los chinos tienen más interés que nosotros en penetrar los secretos de esta ciudad en miniatura que daba cobijo a 9.000 personas entre sirvientes, guardias, eunucos, concubinas y miembros de la familia real. No en vano ha sido el cerebro desde el que se gobernaba Beijing y que nadie podía ver. Cada noche recorría sus estancias la concubina que designaba el emperador; la muchacha se pasaba horas y horas en los salones de belleza de palacio, preparándose para no decepcionar al monarca. Mientras más veces la eligiera a ella, más alto podría subir en la escala social.

La entrada en la llamada Ciudad Púrpura se castigaba con la muerte, así que era cuestión de tiempo que los chinos se contaran a media voz espeluznantes historias sobre lo que acontecía entre las paredes del palacio: intrigas, traiciones y quizás algún asesinato; habladurías que hicieron dudar al propio Mao Zedong, quien rehusó vivir entre sus maravillosas maderas rojas finamente trabajadas.

Todo en la ciudad fortaleza está pensado al milímetro. No sólo se construyó siguiendo los principios del feng shui, para lo que hubo que levantar, incluso, una montaña artificial, sino que en su arquitectura se encuentra el número 9 por doquier, considerado “mágico”. Las cuatro torres de vigilancia tienen 9 vigas cada una, 18 columnas y 72 maderos, siempre números múltiplos de 9, y que además sumados dan: ¡99!

La falta de datos sobre quién ideó su diseño ha dado lugar a varias leyendas. Unos dicen que la Ciudad Prohibida fue soñada por un monje en el siglo XIV y que éste le cedió sus bocetos al príncipe Yongle, que la construyó en 1406. Mucho más sugerente y evocadora es la leyenda de las cuatro torres, que establece que cuando el emperador construyó la ciudad no existían aún las cuatro torres de vigilancia de las esquinas. Un día el rey soñó con ellas, y al despertar mandó que se construyeran igualitas. Entonces se reunieron en la corte a los mejores artesanos del reino, pero uno a uno iban siendo decapitados, porque no conseguían hacer realidad el sueño del emperador.

Una noche se hallaba reunido el tercer grupo de artesanos, que ya no podía comer ni dormir, pensando que irremediablemente serían los siguientes en morir, cuando se escuchó el ruido fuerte de unas cigarras. Eran tan ruidosas que uno de los artistas, harto después de un rato, salió para ver si podía hacerlas callar. Entonces vio a un anciano que estaba vendiendo saltamontes, y comenzó a discutir con él. “¿Cómo puede una cigarra guardar silencio?”, decía el anciano. Finalmente todos los artesanos, ante tanto barullo, salieron a ver qué pasaba. El viejo entonces aprovechó para levantar la jaula y que todos la vieran: “Señores, ¿no quieren comprar mis cigarras en su hermosa jaula?” Todas las miradas se centraron en la jaula del insecto, que estaba hecha de tallos de sorgo. El techo se dividía en tres plantas, con aleros en sus cuatro lados.

Los artesanos decidieron construir las cuatro torres de vigilancia inspirándose en la jaula, y sorprendentemente el emperador quedó satisfecho. Por eso se dice que el anciano era Lu Ban, el abuelo de todos los carpinteros chinos.

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Pequeños dragones en el río Yulong

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-Bye!, byeee..!

Vamos conduciendo una bicicleta tándem por los caminos de los alrededores de Yangshuo. Los campesinos pasan a nuestro lado guiando a sus vacas y búfalos, nos sonríen, y algunos incluso nos dicen adiós en inglés, que es una palabra que en dos décadas de turismo internacional ya han conseguido aprender.

Por el camino pasamos por arrozales, huertos y pequeñas aldeas en las que las gallinas corretean a sus anchas. Esquivamos a las motos, los carros y las viejecitas que soportan como heroínas los pesados fardos de leña sobre sus hombros. Una de ellas me mira cuando paso a su lado y me detengo a descansar. Se asusta de mi cara colorada, y me hace señas para que compre agua unos metros más allá. Las abuelas siempre tan atentas; son igual de compasivas, como dice la expresión, aquí y en Pekín…

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Hoy nos hemos decantado por alquilar una scooter eléctrica. Con la bici hicimos algo más de 15 kilómetros, pero el pobre cacharro se quejaba tanto con los baches que parecía que iba a pasar a mejor vida en cada asalto. Con suerte, en media hora lograremos ver el río Yulong, al que llaman también “pequeño río Li”. Este recorrido es aún mejor que el de ayer. Nos acompaña la vegetación verde frondosa, y las montañas escarpadas a lo lejos. Cada vez que pasamos por un cruce, los lugareños nos señalan el camino en su idioma imposible. Por suerte sólo tenemos que seguir la dirección de su brazo.

Aquí estamos. La orilla del Yulong, que en chino significa “dragón de jade”. Un remanso de paz en el que sólo se escuchan los juegos de unos niños. Paramos la moto y nos acercamos a curiosear. Son dos pequeñas que se divierten chapoteando en el agua. Al vernos, parecen sorprendidas. “Hello!, hello!”, nos gritan. “Nihao!!”

Los padres han salido de la sombra para ver a qué se debe tanto jaleo. También nos sonríen, y como ven que no nos podemos comunicar más, vienen a nuestro encuentro.

La madre y una tercera hermana mayor, que debía tener unos 15 años, han venido a sentarse junto a nosotros bajo la sombra de un enorme árbol. Conversamos, y nos cuentan que han venido de vacaciones a Yangshuo, uno de los destinos preferidos del turismo nacional. Nos preguntan que cuántos días estaremos por China, y cuando le comentamos que en España tenemos un mes de vacaciones, se sorprenden aún más. En este país sólo los estudiantes pasan el verano de asueto; el resto de los mortales debe conformarse con los fines de semana.

Cuando va poniéndose el sol tenemos que despedirnos. Estamos haciendo una ruta circular, y debemos regresar al pueblo antes de que anochezca. También debemos estar atentos a no quedarnos sin batería para la moto. Ellas prometen escribirnos si vienen a España.

Seguimos el curso del río, que como casi todos los accidentes geográficos en China, tiene su leyenda. Dicen que su origen está ligado a un dragón que vino del Mar del Este surcando el cielo y que se enamoró de los paisajes de Yangshuo. Así que replegó sus alas y se enroscó sobre sí mismo, formando los meandros del que ahora es el río. La leyenda aún va más allá, y narra cómo aún algunos campesinos pueden ver todavía a la bestia en las aguas.

Ante nosotros, los únicos dragoncillos que se dejaron ver fueron las dos niñas desvergonzadas que chapoteaban en la balsa de bambú. Curiosas y divertidas, no hacían más que decirnos cosas que no conseguíamos entender. Lo único inteligible eran sus risas, que aún nos acompañaron bastantes metros mientras nuestra scooter levantaba el polvo del camino.

***

Hoy es nuestro último día en las tierras de Yangshuo. Por primera vez en los diez días que llevamos en China, llueve. Toda la noche nos ha acompañado el tamborileo de hojalata del aguacero, que esta mañana nos ha dejado ver el paisaje de picos calizos desde otro punto de vista. Ahora el sol debe estar escondido en alguna de las muchas grutas mágicas de esta provincia eminentemente rural. El hormigueo constante de lugareños montando en sus motos eléctricas ha concedido un respiro, y la calle Oeste, siempre llena de turistas atraídos por las tiendas de souvenirs, luces de neón y el amplio surtido gastronómico de sus bares, parece decirnos adiós con una humilde sinfonía de niebla y agua. Hay vendedores que desafían con estoicismo el chaparrón, mientras otros no tienen más remedio que cruzar la ciudad -con la escasa protección de sus motos con paraguas- para abrir un día más sus comercios.

La vida sigue su curso. Nosotros ya hemos hecho las maletas y volvemos una vez más al norte, a Beijing. Un pasito más cerca de casa. 

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En las montañas de ‘Bola de Dragón’

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Si vas a China tienes que ir a las montañas de Goku”, me dijeron. Así fue como empezamos a buscar información por internet. Las fotos que vimos eran espectaculares: colinas de una verticalidad increíble que emergían del río Li. Estaba decidido. Después de Xi’an, la siguiente parada debía ser Guìlín, ciudad que tradicionalmente ha sido el punto de partida de mochileros y viajeros ávidos de explorar estos impresionantes paisajes.

La serie manga Dragon Ball, aunque japonesa, está inspirada en una novela china, o para ser más precisos, en la novela china por antonomasia. Porque Viaje al oeste, de un autor anónimo del siglo XVI, viene a ser como el Quijote en España. Narra la mítica historia del monje Xuanzang, que a lo largo de su periplo hace amistad con tres seres inmortales: un mono llamado Sun Wukong, un duendecillo de agua al que denominan Sha Seng y un cerdo que responde por Zho wuneng. Todos juntos viajan a la India para recuperar unos textos sagrados.

En este paisaje de película llevamos tres días. Nada más llegar al pueblo de Yangshuo, del que dicen que posee los ríos y montañas más hermosos del mundo, nos subimos a una de las muchas balsas hechas de troncos de bambú y le dijimos a nuestro timonel que queríamos pasar dos horas surcando el río Li. La experiencia fue maravillosa. Después del ajetreo de las ciudades, por fin el tiempo accedía a detenerse un poco para nosotros, que enfocábamos la cámara hacia las bellas montañas azules, caprichosas formaciones kársticas que además tienen nombres deliciosos: la Montaña de la Media Luna, la Cueva del Buda Negro, el Cerro de los Cinco Dedos o el de Cabeza de Dragón.

El río Li discurría delante de nosotros con su color terroso, arrastrando cañas de bambú, algas y otros sedimentos. En las orillas se ven a los búfalos pastando tranquilamente en sus campos verdísimos, o revolcándose en el agua, juguetones. Los campesinos siguen con sus labores del campo, ajenos a nuestros ojos curiosos. Algunos llevan en sus balsas los cormoranes, las aves que les han ayudado a pescar durante más de 1.300 años. A nosotros nos parece que hemos llegado más lejos que nadie, o eso queremos creer. Soñamos que somos uno de los primeros exploradores de Yangshuo, y cuando el sol se pone y todo se envuelve en tonos anaranjados, rosas y violetas, ya no tenemos ganas de pensar en nada más. La nuestra es la última balsa que surca el río; por detrás de nosotros, la naturaleza reina. Vamos encendiendo a nuestro paso los cantos de las cigarras.

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Qin Shihuang, el emperador obsesionado por la inmortalidad

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Cuenta la leyenda que una mujer se hallaba en la ladera de una montaña, cuando de repente apareció volando un enorme dragón de los cielos. La señora se desmayó, y cuando despertó había salido el sol y estaba embarazada del que sería el primer emperador chino, Qin Shi Huangdi.

Este nombre ha pasado a la posteridad por muchas razones. Además de ser el responsable de la unificación de China, Qin Shi Huangdi subió al trono con 13 años, y fue el responsable de una de las mayores quemas de libros de la Historia, particularmente de obras literarias, filosóficas e históricas, pero respetando los tratados científicos y los de agricultura. Además, el hombre tuvo el detalle de conservar un ejemplar de cada obra quemada, que sólo era consultable por las autoridades. A este emperador se le atribuye la construcción de la Gran Muralla y el invento de la brújula.

Su gobierno fue de tipo totalitario, hecho que le granjeó muchos enemigos, de manera que lo intentaron asesinar en algunas ocasiones. El recurso del emperador fue buscar dobles que despistaran a los matarifes y guardar absoluto secreto acerca de en cuál de sus 260 palacios se encontraba. Quizás por este miedo a perder la vida el emperador pasó sus días obsesionado por la inmortalidad: organizó varias exploraciones en busca del elixir de la vida eterna, y dice la leyenda que encargó a uno de sus súbditos, al que llamaban Xu Fu, que se lo trajera, no sin antes obsequiarle con los más valiosos tesoros para ofrecérselos a los dioses. Pero más de diez años después, el preciado elixir seguía sin aparecer. Al emperador sólo le quedaba el consuelo de su tumba, que lo haría inmortal a los ojos de las civilizaciones venideras. Así, mandó construir 8.000 guerreros de terracota; un poderoso ejército a tamaño natural con caballos, carros de combate y armas auténticas que protegerían su alma. Mandó reproducir todos los ríos de China utilizando mercurio, y después lo cubrió todo con una bóveda que pretendía simular el cielo. Sólo así se quedó tranquilo.

El secreto permaneció guardado hasta la primavera de 1974, cuando tres campesinos que buscaban agua en los alrededores de Xi’An desenterraron con asombro la escultura completa de un guerrero. Hasta esta ciudad del norte hemos venido para contemplar si es verdad todo lo que dicen. Caminamos por las tres fosas y vemos guerreros soldados, oficiales, arqueros arrodillados y cabezas desparramadas. Pero lo más impresionante es que ciertamente es el retrato de un ejército real: no hay dos rostros iguales, ni siquiera coinciden los dibujos de las suelas. Tal es su realismo que sus ojos rasgados parecen no bajar la guardia mientras te desplazas por la sala. Estos curiosos guardianes de la vida de ultratumba aguardan, alertas, a que comience la batalla. Esperan la señal de su señor, que descansa dos kilómetros más al oeste, en el interior de una pirámide aún no completamente excavada, y según parece custodiada por trampas para evitar el saqueo, entre las que se incluyen ballestas que se disparan solas, muy a lo Indiana Jones.

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