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La tormenta en el desierto

Definitivamente, ya hemos dejado atrás California y estamos cruzando Nevada. La ruta más fácil conlleva pasar otra vez por Las Vegas, así que nos resignamos a volver sobre nuestros pasos. “¿Te das cuenta de que la única ciudad en la que repetimos es precisamente la que nos ha parecido la más cutre?”, me comenta Marc. Pues sí, es una de esas ironías del viaje.

Mientras voy pasando por las luces horteras de los moteles, que me saludan con un déjà vu con el que se intuye ya el final de nuestro periplo, pienso que por lo menos esta noche saldremos de marcha. Hasta ahora no ha sido posible ni una sola vez; lo intentamos en San Francisco y después de cenar un concierto de bostezos nos convenció para dirigir nuestros pasos otra vez al hostal, mientras nuestro agregado australiano nos seguía un poco decepcionado.

Pero ahora estamos en esta ciudad estrafalaria, y no somos los turistas embobados de la otra vez. Marc me dice que sí, que está de acuerdo, porque además unas nubes oscuras se han instalado en el cielo y han dotado a la tarde de una temperatura agradable y prometedora. Cuando llegamos al hotel, nos damos una ducha caliente, comemos las provisiones que traíamos para la cena y nos tendemos un instante en la cama para relajarnos. Recuerdo que cerré un momento los ojos para descansar la vista del ordenador. La siguiente vez que los abrí, era de madrugada y estaba lloviendo sobre los tejados de Las Vegas.

***

Llovió toda la noche. Una tormenta se instaló en esta ciudad durante unas horas, cayeron un par de rayos en la altísima torre del Estratosfera, y las atracciones pararon. La gente corría por las calles de Las Vegas como hormigas desorientadas; algunos extendían los brazos y reían bajo las refrescantes gotas, mirando al cielo.

Al día siguiente la tormenta se movió con nosotros, y mientras dejábamos atrás charcos y charcos en las arenas rojizas a ambos lados de la carretera, comentábamos la extrañeza de esta imagen de desierto anegado. Las malas lenguas dicen que numerosos cuerpos sin vida yacen en los alrededores de la ciudad del juego, aprovechando la soledad de un desierto que además borra fácilmente todas las huellas. “Se deben estar mojando los cadáveres”, me comenta Marc, riendo.

Así vamos pasando las horas, mirando las montañas moradas a lo lejos y escuchando la banda sonora de las gotas en el parabrisas, hasta que atravesamos todo el estado de Arizona. En Utah, de repente, la lluvia cesa. Paramos en San George, en un Starbucks. Me reconforto con mi tchai tea latte calentito, porque noto que me molesta un poco la garganta; mientras, Marc se va a mirar no sé qué tienda.

Cuando termino de usar el ordenador y amortizar la wi-fi, miro hacia la ventana y veo una caja blanca enorme andando sola por la calle. Pego un respingo de la silla: ¡pero si es Marc! El muy testarudo se ha comprado una amasadora profesional para hacer el pan en casa. Él parece contento, pero yo no sé qué vamos a hacer cuando devolvamos el coche y volvamos a vagar de estación en estación y de aeropuerto en aeropuerto…

***

Esta noche dormimos en un hotel en Grand Junction, ya en el estado de Colorado. Salimos a cenar a un pub con música en directo, y una camarera sonriente nos anuncia que estamos en la happy hour: dos copas al precio de una. Como no pruebo el alcohol desde tiempos inmemoriales, hasta yo me apunto, y pido vino blanco. Tardan una eternidad en traernos la hamburguesa y las fajitas, así que me entretengo con mi copa, que hace estragos en mi estómago vacío. Pronto empiezo a verlo todo confuso y a envalentonarme. Los dos músicos con sus guitarras me parecen irreales, al igual que las simpáticas camareras, que cada dos por tres pasean su sonrisa por las mesas preguntando eso de “How is it going?”. De repente siento ganas de hablar con todo el mundo, bailar delante de los músicos y enterarme de la vida de los ocupantes de las mesas. Siento cómo me invade una energía que no sé cómo canalizar, y me siento feliz notando la leve presión en la cabeza y las burbujas del vino en la nariz. No me importa nada, y podría ser capaz de todo. Miro a Marc, que me mira riéndose porque creo que no paro de hablar y me equivoco con las palabras. Quizás mis reflejos y mi lenguaje se hayan alterado por la influencia del vino, pero no así mis sentidos, que me abren un mundo desconocido alrededor: la melodía country que me hace mover los pies, los dos chicos que se acaban de conocer en la barra y ahora se sientan más cerca, el perro que se revuelve nervioso cuando río… Me sacude entonces una carcajada incontrolable, larguísima; un torrente de risa desbocada que ya no puedo parar, ni quiero. Mis palabras se entrecortan entre hipidos, ya no escucho la música ni el barullo constante de la gente, sólo mi risa; un temblor placentero que me cruza el cuerpo, y que ahora me nubla todo con la cortina húmeda de las lágrimas.

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La ciudad de la mentira

La llaman Sin City, la ciudad del pecado, la ciudad de las luces, Las Vegas. Hemos venido hasta ella desviándonos de nuestra ruta otra vez, para averiguar por qué ejerce la fascinación que ejerce; qué tiene de especial esta ciudad inventada en medio del desierto. Como un preludio de la cutrez y el patetismo, la radio nos castiga con una canción horrible que pretende ser romanticoide: “No es una aberración sexual/ pero me gusta verte andar en cueros (…) / Si la naturaleza te hubiese querido con ropa, con ropa hubieses nacidooo…”

No hay palabras. Pero está claro que para ir a Las Vegas hay que dejar los prejuicios a un lado, el sentido del ridículo y el buen gusto, y lanzarse a participar de lo superficial, lo banal y lo efímero; convertirte en una de esas adolescentes que conducen coches con el volante forrado de piel de leopardo, escuchar reggaeton y soñar con casarte en una de estas capillas por las que pasamos, pastelitos floreados que te tientan a ambos lados de la carretera.

Las Vegas te engaña para que creas que eres rico. Puedes alquilar un coche por menos de diez euros al día, comer en un buffet libre de marisco por apenas 17; dormir en el Hilton por 80. El lujo -aunque sea falso- te deslumbra. Los hoteles ofrecen espectáculos pirotécnicos, shows de agua, luz y sonido, luces de neón por todas partes y el mayor derroche de decibelios que puedas imaginarte.

Como urracas, nos dejamos seducir por lo que brilla, aunque sea un espejismo, aunque sea un truco más de la industria de Hollywood, aunque todo sea una mentira. Las señoritas de los casinos te sonríen, las boutiques te llaman con descuentos al 70%, las máquinas tragaperras te desafían y te marean con la música y la caída de las monedas, y todo te parece como en un sueño, un gigantesco plató donde se graba El show de Truman y cada persona con la que te cruzas, un actor. Está el que camina vestido de Elvis Prestley, las jovencitas que van de despedida y por la noche salen a cazar, los jovencitos de despedida que vienen a coger una gorda, los que van vestido de Cupidos con un tanga y el culo al aire, los grupos de japoneses, con sus cámaras; los soldados americanos con sus uniformes, los negros que bailan breakdance, los buscavidas, los borrachos, las estampitas de prostitutas, las novias que posan mascando chicle, los ludópatas.

En los casinos, dan un poco de pena esas personas que aprietan el botón o la palanca sin pestañear, sin esperanza siquiera. A veces hay alguien que consigue premio, y entonces todo el mundo en el casino se entera. La máquina empieza a emitir una desagradable alarma, despliega sus luces de colorines como si fuera un pavo real, y te hace esperar varios minutos, hasta que vomita la ristra de moneditas tintineantes. A estas alturas, ya hemos pasado de la euforia del principio al cansancio del neón. Nos detenemos en un hotel cualquiera, jugando a averiguar quién es rico de verdad y quién, sólo, se lo cree. En menos de 24 horas, ya estamos saturados de falsas Venecias y falsos París.

Al día siguiente decimos adiós con alivio a estas calles de desenfreno. Miro atrás y veo la ciudad dormida, fea y triste sin las luces del encantamiento. Se ha acabado el número de magia; Las Vegas es una ciudad de juguete, un decorado mudo de película que ahora engullen las montañas del desierto.

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