Archivo mensual: mayo 2017

Libros que me dieron ganas de viajar

Cuando no se tiene tiempo o dinero para viajar, recurrimos a la lectura de libros de viajes, novelas ambientadas en lugares exóticos, biografías, diarios, reportajes… En mi caso, hay ciertos títulos a los que tengo especial cariño, porque me provocaron unas ganas horribles de hacer la maleta y partir hacia esos lugares, construidos en mi cabeza, por el que transitan los personajes de los libros. Aquí van unos cuantos que recuerdo:

La amante en guerra, de Maruja Torres:

“Hablo con algunas mujeres. Habrán vivido mucho fuera, pero qué libanesas son. Tienen el vicio libanés de preguntarle al extranjero qué cree que va a suceder. Una me agarra por el brazo como si de mi respuesta dependiera su tranquilidad en el viaje. Le digo que el Líbano se rehará de nuevo, aprieta mi brazo con más fuerza y sube al autobús, como si mis palabras tuvieran algún valor. No espero a que los vehículos se pongan en marcha y me voy al hotel a llorar”.

En la carretera, de Jack Kerouac

“Una mañana partí con mi saco de lona en el que había metido unas cuantas cosas fundamentales y me dirigí hacia el océano Pacífico con cincuenta dólares en el bolsillo. Había estado estudiando mapas de los Estados Unidos en Paterson durante meses, incluso leyendo libros sobre los pioneros y saboreando nombres como Platte y Cimarron y otros, y en el mapa de carreteras había una línea larga que se llamaba Ruta 6 y llevaba desde la misma punta de Cape Cod directamente a Ely, Nevada, y allí caía bajando hasta Los Ángeles. Solo tenía que mantenerme en la 6 todo el camino hasta Ely, me dije, y me puse en marcha tranquilamente”.

En la Patagonia, de Bruce Chatwin:

“Rolf Mayer, un gaucho de sangre alemana e india se encargó de sacrificar a las ovejas. Era larguirucho y silencioso, y tenía unas grandes manos escarlata. Iba vestido de color chocolate y no quitaba nunca el sombrero. Llevaba un cuchillo que había hecho con una bayoneta y un mango de marfil amarillento. Ponía cada bestia en un caballete y la iba desnudando hasta que quedaba rosada y lustrosa sobre el mantel blanco de su lana”.

Crónicas de Islandia, de John Carlin:

“El trayecto de 40 minutos en autobús, a las tres de la mañana, bajo la luz del amanecer (en verano, hay luz de amanecer toda la noche), me permitió ver un paisaje de lava oscura, llano y accidentado, tan desprovisto de vida -ni un solo arbusto, ni una brizna de hierba- que entendí inmediatamente lo que había leído alguna vez de que la NASA enviaba allí a sus astronautas a entrenarse en la época de los viajes a la Luna. ¡Y ése era el rincón de Islandia en el que viven dos tercios de la población! No me pareció extraño que durante los siglos de colonización danesa, un rey de Dinamarca pensara en una ocasión que lo mejor que podía hacer por sus remotos súbditos era despoblar la isla y transportar a todos sus habitantes a varias colonias que poseía en las Indias Occidentales”.

Viajes con Heródoto, de Ryszard Kapuscinski:

“No pude tirar la botella en ninguna parte porque en todas, al pasear la vista a mi alrededor, me topaba con la mirada de alguien dirigida hacia mi persona. Por las calzadas corrían coches, los borricos tiraban de carros cargados de mercancías, un grupo de camellos avanzaba digno y zancudo, pero todo eso ocurría como en segundo plano, más allá de mí, que durante todo el tiempo caminé acompañado por las miradas de unos hombres que, ya de pie, ya sentados (los más), ya paseándose, ya charlando, no me quitaban la vista de encima”.

El sueño de África, de Javier Reverte:

“-¿Hay mucha demanda de ataúdes en su país, James?

-Hay sida, señor.

-Mucho sida?

-Todas las familias de Uganda tienen algún muerto por el sida.

-Es la incultura -sentenció la canadiense.

James sonrió, dejando que saltaran fuera de sus labios los gruesos incisivos, y yo guardé silencio.”

 

¿Y tú? ¿Cuáles me recomiendas?

 

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