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Cuzco: tras los pasos del Inca Garcilaso

Tantos años escribiendo sobre el Inca Garcilaso en El Día de Córdoba y un buen día me encuentro en la ciudad en la que nació. Cuzco, la que fue capital del imperio incaico, está marcada por el paso de este célebre personaje. Su nombre aparece en las crónicas, en libros históricos, en las lápidas de los monumentos, en los cuentos y leyendas de los guías turísticos. Hijo de un capitán español y una princesa inca, este mestizo ilustre al que apodan el “príncipe de los escritores del Nuevo Mundo” tenía buenos ingredientes literarios: la sangre de los incas por sus venas, mezclada con la de su tío abuelo Garcilaso de la Vega; la historia de amor -y separación- de sus progenitores, la buena posición militar de su padre, la época que le tocó vivir y la curiosa relación que estableció entre dos ciudades tan dispares y alejadas cuando, a los 19 años, dejó su Perú natal para establecerse en Montilla (Córdoba) en casa de su tío. Fruto de ese legado, en la Casa del Inca, su morada española, ondean todavía las banderas de Perú y de los pueblos indígenas.

Cuzco es encantadora para recorrerla caminando, perdiéndose por sus calles de grandes adoquines. Es una ciudad colorida, en la que puedes tropezarte con músicos peruanos, campesinos que van acompañados por sus llamas, jóvenes de mirada inquietante que te ofrecen droga cuando cae la noche, mendigos que se acercan a la Plaza de Armas buscando en el turista su única salida a la pobreza y su callada soledad, niños que no van a la escuela para pedirte dinero o golosinas, abuelas arrugadas que parecen frágiles muñequitas, edificios señoriales, iglesias, palacios encajados en asombrosos muros de piedra…

Cuzco huele a mate, a tierra y a piedra fría, y los colores del arco iris se adivinan en las ropas, las banderas y los puestecillos callejeros. Sabe a cuy y a hornos encendidos, y suena a flauta andina. En los días que pasamos con ella tuvimos ocasión de ver danzas folklóricas, visitar la Catedral -con su Cristo de los Temblores- y buscar figuras imposibles en las paredes de asombrosos bloques de piedra unidos de manera prodigiosa. Vuelven a aparecer las leyendas de los incas y las hipótesis de extraterrestres.

En las cercanías de Cuzco, aún quedaba sorprendernos por la misteriosa arquitectura de otras construcciones: Tambomachay, templo dedicado al agua; Puca Pucara, albergue colectivo que ofrecía posada y alimentos a los viajeros; Q’enqo, templo dedicado al puma, que representa la vida presente, y Sacsayhuamán. El joven Inca Garcilaso, que se había criado devorando libros y soñando con las armas y los caballos, no fue ajeno a la belleza de estos conjuntos. En Sacsayhuamán jugaba de pequeño, explorando sus laberintos con la ayuda de un ovillo de hilo, que dejaba atado a la puerta y luego seguía, cual Teseo en el laberinto del Minotauro. Muchos años después, Garcilaso ha sido el que mejor ha descrito esta fortaleza que fue, según sus palabras, “casa del Sol, de armas de guerra, como lo era el templo de oración y sacrificios”.

Cuzco

Cuzco

Cuzco

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Willoq: los últimos descendientes de los incas

Mercado improvisado en Willoq

Una de las experiencias más inolvidables que recuerdo del viaje a Perú fue conocer a la comunidad Willoq, en el Valle Sagrado de los Incas. Este pequeño grupo de personas, de los que dicen que son los últimos descendientes de aquella fascinante civilización que en los tiempos antiguos dominaba los territorios que ahora corresponden a Perú, el sur de Colombia, Ecuador, Bolivia, la mitad norte de Chile y el noroeste de Argentina, tiene su hogar en un rinconcito en la montaña, cerca de Cuzco -la que fue capital del imperio-, y tienen poco contacto con el mundo occidental. De hecho, este año se cumplen dos décadas de la primera visita de extranjeros a esta comunidad indígena. Aún hoy, a pesar de encontrarse a sólo 45 minutos de Ollantaytambo, es un destino poco sonado para el turismo. Sin embargo, es frecuente que nos encontremos con los hombres de Willoq en las proximidades del Camino de los Incas, el que acaba en Machu Picchu, puesto que suelen trabajar como porteadores.

Era un domingo de octubre de 2005. Cogimos un vuelo interno Lima-Cuzco, y después un autobús. Tras una parada de urgencia en la comisaría de Poroy para ir al lavabo ante la mirada divertida de los dos guardias que custodiaban aquel puesto de vigilancia desangelado en medio del camino -nos empezaba a hacer efecto el mate de coca con el que pretendíamos prevenir el mal de altura- y la visita al alegre mercado de Chinchero, aquella tarde enfilamos el abrupto camino de tierra hacia Willoq, que no hacía más que subir. Al llegar, la estampa no podía ser más impresionante: tras un recodo de la montaña, las gentes de Willoq se movían de aquí para allá, dando vida a aquella explanada perdida con sus chillonas ropas de colores. Los niños en seguida comenzaron a correr hacia nosotros, alegres porque sabían que les llevábamos pan, un alimento que ellos no pueden tener porque carecen de hornos.

Empezamos a explorar su hogar con cautela, mostrándonos prudentes y discretos, pero ellos ya habían improvisado un mercado al aire libre en una parcela donde los jóvenes juegan al fútbol. Nos pareció magia: un par de minutos y todo el campo estaba lleno de sus mantas, bolsas, gorros y cinturones de lana. Después, cuando ellos decidieron, lo recogieron todo y volvieron a sus casas, y nosotros recorrimos la zona acercándonos un poco a su vida cotidiana. Algunos nos enseñaron sus chozas por dentro: un habitáculo minúsculo con espacio para la lumbre y poco más. Afuera, las patatas almacenadas para el invierno en un agujero en la tierra, y algún cerdito correteando alrededor.

Pero lo más maravilloso son sus conocimientos ancestrales, la cultura incaica que han mantenido y transmitido a sus nuevas generaciones. Practican una religión católica mezclada con sus creencias de otro tiempo, que los han convertido en seres supersticiosos que vinculan la Virgen María con la Pachamama (madre Tierra) y a la que presentan ofrendas relacionadas con los cuatro elementos: tierra, agua, aire y fuego. Van vestidos con sus ropajes rojos y negros, los colores de la semilla de la suerte, y tienen a un curandero que atiende a las embarazadas y a los enfermos sin más utensilios que su sabiduría heredada y su capacidad de psicólogo. Cuando el feto viene mal, es capaz de voltearlo con unos precisos movimientos que le hace a la madre, tumbada en una manta. En cuanto a las enfermedades, las detecta sacrificando a un cui -una especie de conejillo de indias, muy apreciado por ellos, que crían en cautividad en sus casas-. El curandero lo refriega por la barriga del enfermo, lo abre en canal, y según salgan sus vísceras, sabrá qué clase de mal padece la persona.

Hablan en quechua, con lo que comunicarse con ellos es prácticamente imposible, pero poseen la generosidad e inocencia de los pueblos de antes, y no tienen problemas en compartir sus papas y habas con desconocidos. Tienes sentimientos encontrados cuando pasas un tiempo con ellos. Te sientes agradecido, pero a la vez triste, porque te das cuenta de cuánto saber hemos perdido con el progreso, cuántas culturas se han quedado por el camino, y cómo volvemos una y otra vez a cometer los mismos errores.

willoq

willoqEn las proximidades de Chinchero

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Lima: el damero de Pizarro

Cuentan las crónicas que cuando Francisco Pizarro llegó a Lima la bautizó como Ciudad de los Reyes. Para algunos autores, su nombre proviene del aymara y significa “flor amarilla”. A mí la metáfora que más me gusta es la que relaciona a Lima con un gigantesco tablero de ajedrez, un conjunto de solares perfectamente armonizados que debían distribuirse alrededor de la Plaza Mayor, puesto que Pizarro, si la leyenda es cierta, decidió con un rápido trazado de su espada sobre la arena dónde se ubicaría la plaza, el Cabildo y la Catedral. Como en un juego de tronos ambientado en el siglo XVI, Lima vio nacer las primeras casas en las cercanías del río Rímac. Su destino era convertirse en el poderoso centro comercial de las colonias españolas, de modo que después de la fundación de la ciudad, los conquistadores siguieron desperdigándose por el territorio americano. El damero de Lima no era suficiente para los aventureros de ultramar, que continuaron representando su juego de estrategia en el tablero del Nuevo Mundo, que parecía infinito.

El primer encuentro con Lima lo recuerdo brumoso y triste. Pisamos suelo peruano un día de finales de octubre de 2005, a las cinco y media de la mañana, un tanto desorientados por el largo vuelo, las horas de retraso y el sueño tantas veces interrumpido. Era mi primer viaje transatlántico, así que aquella fría bienvenida gris y aletargada del aeropuerto, aderezada con un poco de lluvia que apenas calaba, no me importó en absoluto. Sí, estaba emocionada.

Mientras la van nos conducía por Lima, miraba absorta la que me pareció una de las zonas más deprimidas de la ciudad: un paisaje desolado sin tráfico ni transeúntes, la basura en las playas, casitas abandonadas con sus fachadas de colores gastándose al sol en tonos rosa, azul y verde limón, que sin embargo no me parecieron alegres. Un poco más adelante, las grandes avenidas con multitud de bares, clubes, centros comerciales anunciados con luces de neón, una estética de moteles de carretera.

Como ciudad de contrastes que es, Lima también nos enseñó, orgullosa, sus barrios residenciales: el señorío de Miraflores, los jardines con su césped cortadito y las rotondas perfectas, los apartamentos de diseño con los serviciales señores porteros, los restaurantes especializados en ceviche, la otrora prestigiosa playa de la Herradura y el famoso Puente de los Suspiros, donde dicen que van todos los enamorados.

Cuando paseas por Lima vas siempre con un ojo puesto en tu espalda. Sobre todo cuando tu anfitriona te cuenta los casos de secuestro a plena luz del día, y recela de los taxistas “no oficiales”, y te lleva a cambiar los dólares a un señor “de confianza”, y hace que nos espere el vehículo en la puerta y nos prohíbe explorar la ciudad más allá de los barrios alegres y bellos de los limeños de bien, y cuando te confiesa que lleva un spray de autodefensa en el bolso. Pero, por encima de ello, te acabas de convencer cuando dejas atrás el Puente de los Suspiros y de pronto un guardia armado te grita desde las alturas que adónde vas. Y tú le dices que a dar una vuelta, y él te contesta, con semblante serio, que por ese camino que llevas se va a la playa, y que no es segura. Hay un momento de indecisión, un breve silencio seguido de un rápido proceso democrático, y al final, la mayoría decide que no vale la pena comprobar qué clase de macarras tienen conquistada esta orilla del océano.

Así las cosas a la hora del almuerzo me encontré sentada en un restaurante con un pisco-sour en la mano. Esta bebida, estandarte de la cocina del oeste sudamericano, es un cóctel explosivo que puede llevar licores, lima, sirope, clara de huevo y angostura. Nunca sopeso las consecuencias que pueda tener el alcohol en mi pobre estómago inexperto, pero en esta ocasión, verdaderamente se me fue la cosa de las manos, y al poco rato ya me sentía extraña en mi propio cuerpo. Me pregunté a mí misma qué hacía allí tan lejos de casa. Me dio una llantina tan fuerte que me tuve que regresar al hotel. Migrupo, compuesto principalmente por Jordi y Nuri, Marcel y Annette y Charo -Marc tuvo que hacerme forzosa compañía-, continuó esa tarde explorando edificios coloniales y ruinas, mientras yo sollozaba estúpidamente entre sábanas inmaculadas con olor a suavizante industrial.

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