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Albuquerque: el regreso a casa

Tras un breve paso por la capital de Nuevo México, Santa Fe, entramos con el coche en Albuquerque con la certeza de que se había acabado la aventura. Marc me suelta en el porche del hostal Route 66, el mismo en el que nos habíamos quedado la otra vez, y vuelve a arrancar para devolver el vehículo que ha sido cómplice de tantas cosas en las últimas tres semanas, mientras yo pensaba en el Humbert Humbert y en la Lolita que Nabokov describía en su obra, cruzando Estados Unidos por carretera, de motel en motel, en una constante huida de todo, menos de sí mismos.

Tom, el propietario del hostal, nos ha reconocido, y sonríe mientras acabo de descargar la maleta, la mochila y la amasadora profesional. Con su sonrisa, su cabello blanco y sus ojos azules me siento como en casa, y mientras espero que nos acaben de arreglar la habitación, me quedo a tomar el fresco en el porche, hablando con un huésped que viaja con un perrillo negro, que me cuenta que ha estado en Madrid y en Barcelona. Hablamos de Santa Fe, con sus casitas de adobe y sus boutiques montadas para turistas, y le digo que prefiero Albuquerque, aunque en principio parezca que no tiene encanto.

Mientras acomodo las cosas en la habitación número 5, pienso que es este hostal el que me hace estar tan cómoda. No tenemos baño privado ni commodities, pero este suelo que se queja bajo mis pies y este techo siliconado tienen un encanto especial. Abro la enorme ventana turquesa que da a la vieja conocida carretera 66, y me entretengo viendo a los hispanos pasar. Van en vehículos clásicos, rancheras llamativas y harleys ruidosas. Caigo en la cuenta de que es festivo, como la última vez, así que me voy haciendo la idea de que no podré comprar los souvenirs que había dejado para el último día. Y entonces… ¿qué hacer en Albuquerque?

Me acuerdo de que cuando estaba en el El Día de Córdoba dimos la noticia de que un escritor cordobés, Vicente Luis Mora, había sido nombrado director del Instituto Cervantes de Albuquerque, en Estados Unidos. Meses después, Alfredo y yo le preguntábamos en persona en una de sus escapadas a Córdoba que qué tal le iba por esos lares. Hasta ahora no he comprendido el alcance de su experiencia. Me imagino a Vicente viviendo un año entero en estas calles, preguntando por la biblioteca pública o tomándose una copa en The Library, y entiendo que el chaval que conocimos en Chicago se sorprendiera de que eligiéramos esta ciudad como destino. Entonces, no sé por qué, me entra una melancolía inmensa, y me acuerdo de los compañeros del diario, de las guerras de bolas de papel y las discusiones políticas, y añoro las canciones de Shakira que bailaba en el Latino, la compañía que me hacían los libros de la editorial Berenice, los juegos de mesa interminables de los domingos en el hostal Alcázar y los fines de semana que regresaba a Sevilla, a contestar las preguntas de la familia y besar a las amigas.

***

Nos hemos llevado toda la tarde y parte de la mañana en la habitación, esperando una tormenta que se anuncia con el olor a lluvia, pero que no acaba de descargar. Ya que son las siete y pico y se ha ido el calor, salimos a decirle adiós a Albuquerque. Como no hay nada que hacer, decidimos dar una vuelta por la animada Main Street. Es la zona de marcha; aquí la gente se distrae paseando con el coche: pasan con sus vehículos tuneados, con las ruedas gigantes o diminutas, el capó levantado, las llantas brillantes o las chapas decoradas con grafitos. Sus ocupantes van con los brazos por fuera de las ventanillas, y cuando llegan a tu altura se te quedan mirando fijamente, como si te fueran a decir algo, sacando un poco la cabeza por encima del cristal bajado, como si estuvieran marcando territorio en el Bronx.

Nos distraemos con el tío que baila solo en la acera desde hace una hora y media, con la camisa rota y los pies descalzos; miramos cómo los seguratas piden el carnet a las mujeres de cincuenta años para ver si son mayores de edad; vemos a las camareras vestidas de falsas colegialas coqueteando con los clientes; las chicas que conducen pintándose los labios; la policía que patrulla y los negros que rapean en las aceras.

Nosotros estamos pensando en el viaje de mañana -24 horas- en el tren, y en el avión a casa. Sin darnos cuenta estamos haciendo como los albuquerqueños: vamos a una punta de la calle y, cuando llegamos, nos damos la vuelta hasta la otra. Paseamos por Main Street arriba y abajo, sin pasión, pero tampoco con desgana. Vamos desgranando las horas. Ya nos conocemos las esquinas, y por eso los porteros nos saludan.

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El saloon de Durango

Nos hemos dado cuenta de que nos sobrará un día, así que para no llegar un día antes a Albuquerque, retrocedemos un poco para visitar dos parques naturales más: Canyolands y Arches Park. Primero resolvemos el alojamiento. Hemos encontrado un albergue con mucho encanto, en Moab, y ya estamos disfrutando cuando traspasamos el umbral de nuestra cabaña de troncos. Nos tomamos nuestro tiempo en instalarnos y retomar nuestras lecturas. Hace bastantes días que dejé aparcado mi libro Amèrica, Amèrica, porque he querido verlo todo con mis ojos por primera vez, pero ahora vuelvo a cogerlo con ganas.

Hacia el mediodía visitamos Dead Horse Point, un poco descreídos de que nos vuelva a impresionar un nuevo parque natural, y con la esperanza de que al llegar se hayan disipado las nubes con las que hemos amanecido. Sin embargo, el paisaje de Estados Unidos tiene la particularidad de sorprenderte siempre, y cuando llegamos al precipicio, se me escapa un “¡Jooooder!” que hace reír a la pareja de americanos que hay en ese momento contemplando las vistas. Marc también está impresionado; me comenta que el lugar le parece mucho más espectacular que el Gran Cañón.

Lo que vemos es un paisaje caprichoso protagonizado por el río Colorado, que va haciendo meandros entre las rocas ocres y rojizas, mientras él mismo se torna ora verde ora marrón, a medida que va pasando por un sustrato u otro. Después de hacer un picnic en este inmenso cañón, entramos en Arches Park. Estamos emocionados porque hemos leído que hay 2.000 arcos de roca en este parque, esculpidos con el cincel imaginativo de las fuerzas naturales. Hacemos un poco de senderismo y, cuando se pone el sol, vemos el paisaje oscurecerse poco a poco desde la ventanita que nos proporciona en las alturas el Double Arch, el único arco doble del parque.

El día siguiente lo dedicamos a comer en Cortez y a cenar en Durango. En esta última ciudad se nos ocurrió entrar a tomar una copa en un auténtico Saloon. Marc pidió una cerveza local, de las que se elaboran en Durango, y yo una ginger ale. En eso estábamos, cuando un grupo de música comienza a tocar lo que me parecieron los grandes hits de música country del momento. Comienzan a salir parejas de lo más curiosas: la jovencita guapa con un tiarrón de cincuenta; los novios que visten sombrero de cowboy y la misma camisa a cuadros; la cincuentona que viste tacones altos y minifalda de veinte; la abuelita de setenta y pico que baila con el chico duro del local: tejanos, sombrero cowboy y navaja en las botas.

Nosotros los mirábamos siguiendo el compás de la música, hasta que de repente se me aparece un hombre con sombrero que me invita a bailar. Me lo pienso un segundo, pero al final me lanzo. Al principio me siento ridícula con mi camiseta friki de supergirl y catwoman, que está muy bien para darle un homenaje a mis amigos Deme y Antonio Montilla, pero no para bailar country. Sigo el ritmo como puedo, mientras Rob, mi pareja de baile, ríe como un loco y me pregunta cosas. Creo que no oye muy bien, porque constantemente me dice “thank you”, diga yo lo que le diga:

-¿What’s your name?

-Marisa.

-Thank you. What’s your husband’s name?

-Marc.

-Thank you.

-Are you a professional dancer?

-Thank you.

-Do you live in Durango?

-Thank you.

Y así durante dos o tres canciones. El sombrero de Rob se me mete por los ojos en los pasos difíciles, y mientras ríe me llega su aliento a tabaco reconcentrado. Pero es agradable este tipo que me explica que nunca tiene prisa, que se toma la vida tranquilamente, para saborearla, y que el propósito de sus fines de semana es venir a este saloon a bailar.

Cuando termina el tercer tema, regreso al lado de Marc, emocionada, y le pregunto si me ha visto bailar. “Emmm… bueno, no mucho… Es que estaba pidiéndole a la camarera que me guardara las chapas de las cervezas”… En fin, para qué insistir. De nada serviría explicarle que he bailado hasta tres canciones.

Cuando ya me disponía a beberme otra ginger ale, se nos acerca un hombre más joven, con ademanes de caballero, y esta vez se dirige a Marc: “Do you mind if I dance with your wife?”, “Absolutely not!”, responde él, así que volvemos a la pista cogidos de la mano. Me sorprende que me vuelvan a invitar a bailar con mis pasos de pato mareado, pero he descubierto que me siento cómoda en este ambiente sencillo de pueblo solidario, donde todos bailan con todos, incluso con los desconocidos; y no hay prejuicios con la edad ni con la belleza. El último que me saca a bailar es un viejito que se sorprende mucho cuando le digo que soy de España, y me cuenta que sus abuelos eran españoles, aunque no recuerda de dónde.

Ahora el saloon está totalmente ambientado. Han entrado las culebras, como les llamábamos en el periódico a las chicas que salían a ligar, y ya hay cinco parejas bailando delante de los músicos. Al principio de la noche, Marc me prometió que bailaría conmigo cuando hubiera seis parejas en la pista. Así que, cuando entra en escena la pareja sexta, lo miro, sin pretensiones -no se me ha olvidado que no quiso abrir conmigo el baile de la boda- pero, para mi sorpresa, Marc se levanta sin rechistar, me coge de la mano y me mete en el meollo, donde damos vueltas y más vueltas junto a los cowboys, los abuelos, las abuelas, las niñas guapas y los tipos raros. Puede que nos miren, porque nosotros hacemos otros pasos. Superado ya el trance de mi camiseta, ya no me importa que dancemos en sentido contrario, ni que nos tropecemos con ellos, ni que nuestro country se parezca más al merengue y a la salsa. Cuando nos despedimos de la camarera y le damos las gracias por las chapas, regresamos al hotel con la sensación que deben tener los valientes tras acometer una proeza en la batalla.

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On the road

Saliendo de Albuquerque, en seguida el paisaje se abre ante nosotros. Circulamos junto a pocos coches, y la antigua carretera 66 -aquí machacada por la freeway– se extiende delante, interminable.

Al final Albuquerque no nos ha parecido tan mal; el día extra que hemos pasado aquí nos ha permitido buscar los restaurantes que nos recomendado el revisor del tren, un mexicano simpático y espontáneo que sin embargo se expresa mejor en inglés que en español. Cosas del emigrante.

El revisor tiene a su madre cerca de Ciudad Juárez. Estuvo un rato sentado junto a nosotros en el Lounge-Wagon, preguntándonos si cruzaríamos la frontera con México y contándonos historias del cártel de la droga, anécdotas que nos parecieron escalofriantes.

Vamos haciendo recuento del viaje mientras pasamos por Laguna Pueblo y, un poco después, por un poblado muy primitivo, sin nombre aparente. Aquí nos paramos, junto a las vías del tren, para hacer una foto a la enorme mole de contenedores andante que nos ha ido acompañando por el camino, enroscándose al bordear las montañas cual serpiente gigante del desierto. Cuando se va acercando a nuestra posición, el tren emite un agudo pitido y, al alcanzarnos, el maquinista saca su brazo por la minúscula ventanilla y nos saluda. Esto es un pasatiempo normal aquí. La gente acude a las estaciones a ver pasar el tren. Las madres llevan a sus niños; los jubilados dirigen sus paseos matinales hacia las paradas; los jóvenes se besan mientras esperan. Y, cuando el tren llega, todos dicen adiós a los viajeros, aunque no los conozcan. Saludan y sonríen, agitan sus manos y luego se marchan. No hay mucho que hacer en estos pequeños pueblos de Nuevo México.

Seguimos conduciendo y dejamos atrás reses muertas al borde de la carretera y bares abandonados. Ahora, un 66 pintado en el asfalto -la famosa señal de la Mother Road de América- nos indica que nos encontramos en uno de los tramos que ha sobrevivido del trazado original, una carretera que se pavimentó en 1926 -aunque existía desde mucho antes- y que discurría desde Chicago a Los Ángeles. Casi 4.000 kilómetros que recorren los estados de Illinois, Missouri, Kansas, Oklahoma, Texas, Nuevo México, Arizona y California. Estamos haciendo el mismo recorrido que hicieron las familias campesinas en la década de los años 30, cuando iniciaron el éxodo hasta la tierra prometida de California, buscando el futuro que en el este se les negaba.

En Budville, la vieja carretera pasa en medio de un cementerio de coches decrépitos, escampados a derecha e izquierda sin orden ni concierto, como si hubieran sido espolvoreados desde las alturas. Más adelante recorremos un curioso paisaje formado por rocas negras de lava que los exploradores españoles bautizaron en su día como Malpaís. Comemos en Nana’s, una de las viejas glorias de la ruta 66, y dejamos atrás Grants y Gallup.

A estas alturas del viaje ya nos hemos dado cuenta de que el aire acondicionado no va bien, así que bajamos las ventanillas y nos imaginamos que vamos en un mustang descapotable. Así recorremos la ruta que va de Gallup a Holbrook, en la que el paisaje ha pasado de las estupendas llanuras de rocas rojas a las largas planicies salpicadas a veces por solitarios molinos de agua.

Al llegar al territorio Navajo, me pongo alerta. Nos hallamos en las proximidades de esta reserva india, uno de los pocos territorios que aún se encuentran bajo la soberanía de una de las tribus nativas de Norteamérica, junto con los hopi, los apache, los havasupai o los zuni. Hoy vamos a dormir en Flagstaff, así que vamos por la carretera tranquilamente, recreándonos en el paisaje que nos hipnotiza. Seguimos las notas de la flauta de Hamelin, una melodía que aquí suena a música country.

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Albuquerque: encuentro con la ruta 66

Albuquerque, la ciudad más grande del estado de Nuevo México, nos golpea salvajemente con una bofetada de aire caliente al saltar al andén. Risas, abrazos, bye bye… La señora que nos ha acompañado en el último trayecto, originaria de Stuttgart, Alemania, pero afincada en esta ciudad desde hace décadas, nos grita un “bye, honeys!” antes de lanzarse a los brazos de su hija, que ha venido a buscarla, y de estrechar al pequeño perrillo que también ha acudido a recibirla.

La última hora en tren ha sido apasionante. Unas niñas indígenas de unos tres o cuatro añitos, seguramente de las que viven en alguna reserva de Arizona, se sentaron en los asientos de al lado a pintar con lápices de colores, revolcarse por la moqueta del tren y tirarse al suelo desde el respaldo del asiento. “They’re so sweet...”

No paré hasta ganármelas. Saqué la libreta y me puse a dibujar, enseñándoles de vez en cuando lo que hacía. En seguida la curiosidad pudo más que la timidez y conseguí que vinieran a sentarse conmigo. Las invité a contribuir con mi obra de arte, aunque sólo logré que me dedicaran puntos y rayas…

***

Dejamos atrás la estación y nos disponemos a subir por Central Avenue para llegar al motel. Tiene wi-fi, así que esperamos poder entrar en contacto con nuestras familias, que después de cuatro días deben estar deseando que llamemos. Mientras esperamos en un semáforo, otro de los “amigos” que hemos hecho en el tren llega a nuestra altura. Es un sikh, un seguidor del sikhism, una religión monoteísta fundada en el siglo XV en la India, cuyos creyentes se distinguen, entre otras cosas, por practicar la meditación y por el turbante que llevan. Nuestro amigo tiene una larga barba blanca rizada y despeinada, larguísima, y 57 años a sus espaldas, aunque parece más joven. Se ofrece a acompañarnos porque vamos en la misma dirección, y cuando pasa por la marquesina del autobús se para. Ve que no tenemos intención de coger el bus, así que se encoge de hombros y nos sigue, animado por la charla. Pero al cabo de dos o tres calles nos pregunta que por qué caminamos bajo este sol abrasador que no deja respirar, a las cuatro de la tarde y cargando con mochilas. “Estamos acostumbrados a caminar, y además así vemos mejor la ciudad”, decimos. “Oh, yeah”.

El pobre hombre resopla a nuestro lado, y eso que no está gordo. Mira a Marc y le pregunta si pesa mucho su mochila, que ve más voluminosa que la suya propia. “A little”, dice él con una sonrisa. El sikh ya no puede más. Se para en la próxima marquesina jadeando y se despide de nosotros. “¡Disfrutad de vuestras cuatro manzanas hasta el motel!”, nos grita, riendo. A mí me suena la frase a cierto retintín.

***

La habitación del motel no está mal, pero la wi-fi no funciona. Al día siguiente, descubrimos que el desayuno continental que prometía la página web a la hora de reservar ha quedado reducido a unos tristes cereales que parecen llevar ahí mucho tiempo, una máquina de zumos de esos de aguachirri y un café al agua. Para colmo comemos en la propia recepción del motel, en la única mesita que se han dignado a poner, y bajo la atenta mirada del viejo recepcionista, que parece disfrutar viéndome apurar el último culillo de leche de la botella, puesto que no mueve un músculo para volverla a rellenar.

“No importa, no importa”, pienso para mis adentros. “En unos minutos habremos alquilado el coche y nos largaremos de aquí”. Pero la suerte no estaba entonces de nuestra parte. Yo me regreso a la habitación para escribir -son apenas las siete de la mañana- mientras Marc busca algún lugar con conexión a internet para alquilar el vehículo. Como no tenemos cargado el portátil, tendrá que hacerlo por el móvil. Lo compadezco, aunque no se lo digo.

Poco después de las diez regresa, y con malas noticias. Ni él ni yo hemos caído en que es domingo, y por tanto no podemos alquilar nada. Aquí no tenemos noción de tiempo, pero no es nada raro, hasta el Phileas Fogg de La vuelta al mundo en 80 días sucumbe a las malas pasadas de los husos horarios; casi pierde su apuesta por eso. En fin, tendremos que hacer otra noche en Albuquerque, y la perspectiva no me deja muy contenta. Me pongo un poco de morros porque Marc me propone coger un avión hasta Las Vegas, pero eso rompe todo el espíritu de este viaje. Ni ruta 66, ni indios, ni pueblos fantasma, ni nada de lo que me he estado empapando antes de venir. Él se enfada porque yo me enfado, pero afortunadamente el conflicto no pasa de cinco minutos. Pronto hallamos una solución.

Lo primero es cambiar de hotel. Empezamos a caminar por Central Avenue de nuevo, bajo un sol de justicia, arrastrando las mochilas cada vez a paso más lento. De repente, pego un respingo y señalo una vieja casita blanca y turquesa de la acera de enfrente. He reconocido un hostal que aparece en mi guía de la ruta 66, así que nos animamos, porque la cosa promete.

Tom es una agradabilísima persona. Nos ofrece constantes sonrisas mientras nos pregunta cosas y nos explica qué podemos hacer en Albuquerque por segundo día consecutivo. Sin embargo, cuando descubrimos el encanto de la habitación -nos ha dado la suite, la única con baño incorporado- decidimos que los museos no son suficientemente interesantes. Nos tomamos el día de relax, paseando tranquilamente por el centro histórico y regresamos pronto a la habitación; los comercios cierran a las cinco y el calor sigue siendo insoportable. Además, Marc ha conseguido cargar el ordenador con un cable viejo que ha encontrado en la carretera. Ha hecho un empalme con el cable de mi ordenador y el de la lámpara del cuarto y ¡eureka! El portátil funciona. Menos mal que tengo un MacGyver en casa.

Me pongo a pasar al ordenador todo el trabajo que tengo acumulado. Fuera suenan las Harley Davidson que recorren la ruta 66, la misma en la que ahora nos encontramos nosotros. Antes ya nos hemos topado con ellas; los moteros nos han sonreído al pasar. No son tipos tan duros.

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El primer taxista español de Chicago

Chicago es una ciudad ordenada, bastante limpia, asaltada a menudo por parques urbanos y grandes esculturas de arte en la calle, incluso instalaciones artísticas. Desde el punto de vista arquitectónico, lo mismo puedes encontrar un enorme rascacielos coronado por una catedral gótica o una mezquita que una torre -Tribune Tower- construida a base de ladrillos y otros elementos expoliados en todas partes del mundo: una piedra del Taj Mahal, un capitel romano, un ladrillo de Notre Dame… Todo es posible a golpe de talonario.

Para descansar de tanta barbarie, acompañados por el estruendo que produce el El, el tren elevado que cruza el Loop, decidimos comer en el restaurante preferido de otro célebre chicagoan junto con Al Capone: Barack Obama. Sin embargo, como suele ocurrir en los viajes, por el camino nos tropezamos con otro local italiano que nos pareció más barato, más auténtico y, lo más importante, más próximo. Entramos y nos conducen a una mesita pequeña con el mantel a cuadros rojos y blancos que me hace recordar el viaje a la Toscana. Mientras me traen mi pizza, curioseo los discos disponibles en la juke box -la máquina de música-. Tienen canciones de Sinatra, Elvis y Santana, entre otros. Un viejo pasa a mi lado cojeando y me pide permiso para apoyarse en mi brazo.

Comemos tranquilamente, prácticamente solos, mientras me fijo en las fotos colgadas en las paredes. No conozco a nadie.

Cuando salimos, Marc se distrae haciendo fotos para recordar el nombre del restaurante y se aleja un poco; yo curioseo un poco más el escaparate del bar, y en ese momento, sale una camarera a toda prisa. Se dirige a mí porque es a quien ve. “El hombre de dentro dice que entréis un momento”, creo que me dice. Dudo un segundo. Miro a Marc, que está demasiado lejos para que lo avise, y decido entrar sola. Total, si es un momento…

Sentado junto a la pared de fotografías descubro al viejo que pasó con el bastón junto a la máquina de música. “¿Sois españoles?” “Sí”, respondo. Me embarga el nerviosismo porque sé que se avecina otra conversación en inglés con mi oreja de madera como única ayuda. Instintivamente, miro a la puerta: ¿dónde está Marc?

El viejo me conduce a una foto enmarcada en la pared. Aparece él mismo con bastantes años menos junto a otro hombre. Están agarrados pasando sus brazos por el hombro del otro, y posan sonrientes. Me explica que era un amigo suyo, procedente de España, que ya ha fallecido. Fue el primer taxista español de Chicago. “A very good man”, dice, cargado de nostalgia. “Gran luchador, sensato y trabajador”. Charlamos un poco más de nuestro viaje, y tras unos cuantos consejos -“no os acerquéis a los barrios de negros, no son seguros”- me despido de él porque ya empiezo a dudar de si Marc sabrá dónde me encuentro.

Fuera, de nuevo el aire pesado y pegajoso de la tarde de Chicago. Marc me ve salir; no se inmuta. Creo que no ha notado mi ausencia… Suspiro para mis adentros y cuando llego a su altura comienzo a relatarle la historia del hombre del restaurante. Así hacemos tiempo mientras exploramos los alrededores del lago Michigan.

***

Se nos hace tarde. Tenemos que volver al motel, que está in the middle of nowhere, como dicen aquí. Cogemos el tren hasta la parada más cercana, y cuando ya nos disponemos a desconectar los sistemas para echar una cabezada, emerge del asiento de delante una cabecita. “Hi. Do you need any help?”

Un hombre joven con cara simpática nos mira, curioso, señalando el mapa que tenemos en la mano. En seguida comenzamos una conversación; nosotros estamos predispuestos y Greg, nuestro nuevo compañero de viaje, ansioso por descubrir algo más de nosotros. Cuando le explicamos nuestro propósito, Greg comienza a hacer aspavientos y a bromear preguntando que quién de los dos es el rico; en seguida lo sacamos del error cuando le informamos que nos alojamos en un motel por el que pagamos 49$ -unos 45 euros- en una de las ciudades más caras de Estados Unidos. Más interesado todavía, nos pregunta cuál es nuestro próximo destino después de Chicago. “Albuquerque”, contestamos. Para nuestra sorpresa, Greg estalla en sonoras carcajadas. “Really? Why Albuquerque? It’s in the middle of nowhere…”

Otra vez esa expresión. Marc y yo nos miramos, sin saber qué decir. Cuando consigue sobreponerse a su ataque histérico de risa, indaga más. “And by train?” Greg ríe cada vez con más fuerza. “Why don’t you go by plane?” Le explicamos que nos perderíamos el paisaje, pero no parece comprender el aliciente del viaje en sí mismo. En fin, lo dejamos por imposible. Optamos por reírnos con él, y así vamos matando el tiempo hasta que el tren se detiene en Wood Dale. Es nuestra parada, pero ahora no podemos despedirnos de Greg. Hace tiempo que ha desaparecido de su asiento, de la misma manera brusca y repentina que había aparecido 45 minutos antes.

***

Son las diez de la noche en la estación de Wood Dale y ya no hay ni un alma. El tren emite su característico pitido de despedida, y tras el estruendo de su marcha, todo vuelve a quedar en silencio. Es noche cerrada, y aún nos quedan seis kilómetros hasta el motel, pero ya no hay trenes ni autobuses que hagan el recorrido. Sugiero llamar a un taxi, pero desconocemos el teléfono. Marc parece meditar mientras observa cómo el único viajero que se ha bajado del tren con nosotros se marcha en una furgoneta blanca. “¡Le podríamos haber preguntado!”, pienso. Me dirijo a la estación para pedir que alguien nos llame a un taxi, pero está cerrada hasta las cinco de la mañana. Ya me veo durmiendo en un banco.

Un poco angustiada, regreso al lado de Marc, que ha descubierto una vieja cabina telefónica con una pegatina anunciando un servicio de taxi. Intentamos llamar con los dólares que nos quedan, pero es inútil. La operadora dice que hay que marcar un prefijo, o quizás es lo contrario, que no hay que marcarlo. Probamos de todas las maneras posibles hasta que nos damos por vencidos. ¿Cómo puede ser tan difícil? Quizás los móviles de tercera generación nos han convertido en auténticos analfabetos para cualquier tipo de comunicación más analógica.

Lo que me temía. Tenemos que ir andando. No me importa la distancia, ni que llevemos todo el día pateando la ciudad cubiertos de una capa pegajosa de sudor, arrastrando una mochila que en alguna ocasión ha estado a punto de tirarme de espaldas por el contrapeso. Lo que verdaderamente me inquieta es que el trayecto implica caminar en medio de una densa oscuridad, confiando -eso sí, por suerte- en los mapas de Estados Unidos que nos hemos descargado para el móvil. Un poco más animada porque Marc no ha cumplido su amenaza -“Si metes tantos libros en la mochila te encargas tú de llevarla”- y se ofrece a transportarla él, abro la marcha para asegurarme de que no me quedo rezagada.

Camino deprisa, no sé de dónde saco las fuerzas, quizás del miedo. Mientras atravesamos urbanizaciones solitarias sin alumbrado eléctrico -solamente tenemos para guiarnos la luz de la luna-, escudriño las ventanas -con banderita de Estados Unidos incorporada- por si algún yankee nos apunta con su rifle. Sé que suena irracional, pero tenemos la sensación de que nadie pasa por aquí caminando, a juzgar por la disposición de las casas, totalmente abiertas, sin setos, sin vallas, sin cortinas ni estores en las ventanas, por las que vemos a sus moradores sentados en el salón de casa, con la luz encendida y el torso desnudo. Siento que invado su propiedad privada.

No hablamos. Nos concentramos en llegar pronto a la carretera, donde mi angustia crece al comprobar que se acaba la acera y tenemos que ir por un arcén pequeñito, a oscuras y sin chaleco reflectante. Ya hace tiempo que hemos dejado atrás las últimas casas. Ahora la carretera bordea un bosque que queda a nuestra izquierda. Sale un animalillo de la espesura, nos mira fijamente y luego desaparece. Marc dice que es un gato. Yo digo que es un zorrillo.

De vez en cuando miro atrás y veo a Marc que consulta el mapa. Rezo para que no le falle su sentido de la orientación, y me encomiendo a la Holy Bible que la organización del hotel nos ha dejado tan amablemente en la mesilla de noche, mientras me vienen a la mente las risas de mi hermana cuando le explicamos el viaje que queríamos hacer. “¿A quién quieres engañar? Marisa, ¡¡que tú no eres mochilera!!”, yo me empeño en que sí, y ella venga a decir que no. Ahora este recuerdo me asalta como una cruel venganza del destino. “Al final va a tener razón”, pienso, mientras me deslumbran de nuevo los faros de un coche que pasa a toda velocidad. Cada vez que esto ocurre corremos a desplazarnos a la izquierda, caminando por el bosque, porque no nos fiamos del estrecho arcén de asfalto ni de la destreza al volante de los americanos. No nos ven hasta que no nos tienen encima, y ya se sabe que más peligroso que los bichos del bosque puede ser un conductor asustado.

Por fin la carretera llega a la altura de la autopista. Pasamos por debajo de ella, mientras sobre nuestras cabezas los motores rugen como haciendo alarde de potencia. Justo cuando las piernas me empiezan a fallar -se me ha instalado un dolor agudo en los tobillos y los riñones-, Marc proclama que el motel está delante. Levanto la cabeza y veo las luces de neón parpadeando, anunciando el final de la función.

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