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Mohamed se quiere casar

06-04-19 Viatge a Marroc (9)

A medida que me voy haciendo mayor, compro menos souvenirs en los viajes. Poco a poco te vas dando cuenta de que los recuerdos más preciados son los gratuitos, los que te asaltan de manera improvisada, los que se generaron fruto del azar. Por eso, cuando hace unos días escribí sobre Chaouen me vino a la mente una anécdota que vivimos durante nuestra estancia en aquel tranquilo pueblecito de Marruecos.

Como éramos un grupo numeroso -ocho personas- a veces nos separábamos, y así cada uno hacía lo que le apetecía en el momento -esta libertad es una regla de oro cuando se viaja en grupo-, experimentábamos cosas diferentes y luego, al reencontrarnos, nos contábamos las vivencias de unos y otros. Un día nos separamos por sexos. Los chicos fueron a darse un baño al hammam, mientras nosotras preferimos pasear por las callejuelas y seguirle la corriente a los niños. Uno de los pequeños que nos seguía era Elías. Despierto y vivaz, nos hacía reír con sus ocurrencias. Su madre observaba nuestros juegos desde una ventana con una serena sonrisa en la cara. De repente se le ocurre algo, le dice algo a Elías que no entendemos, y en seguida el niño nos traduce y nos dice que nos invita a merendar a su casa.

Al principio nos desconcertamos, debatimos unos segundos si es apropiado, si nos intentarán vender algo -uno de nosotros ya pagó el pato, por turista, volviendo de una casa particular con una alfombra de pelo de camella sobre su hombro-; nos preguntamos si romperemos alguna regla social que no conocemos, sobre todo si rechazamos lo que nos ofrezcan, pero finalmente seguimos a Elías por la callejuela, subimos al piso por una empinada escalera y nos hallamos, sin saber muy bien por qué, ante la sincera sonrisa de Rachida, que nos abre la puerta.

Era una casa minúscula, con poca luz. Allí se apelotonaban los otros seis hermanos de Elías, todos mucho más pequeños que él, menos Mohamed, el primogénito, que ya tiene 17 años y es el orgullo de la familia. Rachida nos hace sentar y se mete en la cocina de juguete con los críos agarrados a su falda. Elías se sienta con nosotros y nos cuenta cosas de Chaouen, de su familia, de lo que estudia en el colegio. Mientras, Mohamed nos mira desde otra habitación con el pudor propio de los chicos de su edad.

Rachida ha vuelto con té recién hecho y bizcocho. Comienza una dificultosa conversación con nosotras, en la que ella toma la iniciativa, pronuncia dos o tres frases mirándonos con sus ojos negrísimos, y luego espera pacientemente a que su Elías, que ya estudia español en la escuela, nos las traduzca. Nos habla de las dificultades de la vida en Marruecos, aunque su voz no suena lastimera ni sentimental. Sonríe, y nosotros adivinamos que son muy pobres, aunque ella no lo dice. Elías se lo pasa en grande, sintiéndose importante mientras sus hermanos pequeños lo miran embelesados, y por fin le llega el turno a Mohamed, que asiente cuando su madre explica que quiere terminar sus estudios en España. Luego murmura una excusa y sale de la estancia.

Su madre, entonces, me mira a mí. Señala el anillo que tengo en mi mano derecha, y me pregunta si estoy casada. Niego con la cabeza, puesto que en aquel momento sólo tenía en mis dedos una alianza que había recibido por mi cumpleaños. Rachida vuelve a sonreír y me pregunta si no me querría casar con su Mohamed. Mis amigas ríen, pero yo intuyo que hay algo de tristeza en sus palabras, y simplemente le digo que no, que tengo pareja. Insiste un poco más, pidiéndome que me lo lleve a España, que él estudia mucho y es “un buen muchacho”, pero al final lo único que la convence es mi edad. Con 25 años, definitivamente, era demasiado mayor para su hijo.

Seguimos hablando aún un rato más, mientras los pequeños se pelean, se tiran del sofá y trepan hasta el regazo de Rachida. Como se hace tarde, nos despedimos de la familia, que los hombres ya nos deben estar buscando. Allí, en la puerta de la casa de huéspedes, nos encontramos todos. Relajados, bien limpios y pulidos, aún con los cabellos mojados tras el baño turco, nos preguntan que por dónde andábamos. Les explicamos un poco por encima nuestra historia, pero ellos no nos prestan mucha atención: están orgullosos de su aventura en el hammam, que seguro que les pareció mucho más interesante. Al fin y al cabo, sólo pudimos explicar los hechos, pero las sensaciones, la emoción, la ternura hacia aquella familia desconocida, forma parte de ese tipo de recuerdos que no necesitan palabras.

hamman
06-04-19 Viatge a Marroc (10)

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Chaouen, el laberinto azul

Chaouen

Hace unos años, mi única referencia sobre la bonita Chefchaouen, en Marruecos, quedaba reducida al vago recuerdo de que una tía mía nació allí. Quizás su nacimiento en este singular pueblecito situado entre las montañas del Rif sea meramente anecdótico, pero lo cierto es que cuando lo visité sentí que alguna vinculación tenía con aquel paisaje natural y humano.

ChefchaouenShifshawen en árabe, Chaouen en francés- recuerda a la Alpujarra granadina, a las callejuelas sinuosas de los pueblos blancos en Málaga y Cádiz, a un pasado no muy lejano en el que los niños jugábamos en las calles, y a la costumbre andaluza de abrir las puertas de tu casa al visitante, aunque lo acabes de conocer. Algunas de estas sensaciones ya saben a añoranzas de un pasado que va distanciándonos del sentimiento de hermandad propio de los pueblos. Chaouen era como una Andalucía morisca, una reminiscencia de una época en la que aún no desconfiabas de los extraños y sabías el nombre de tus vecinos.

Éramos un grupo de ocho personas que viajábamos en dos coches particulares. Unos habían venido cruzando España desde la lejana Barcelona, y ya acusaban el cansancio de tantos kilómetros y el tedio de la carretera. Yo me incorporé en Córdoba, y los últimos integrantes, en Sevilla. En Algeciras cogimos un ferry y cruzamos el Estrecho. Fue a bordo del barco donde vivimos la primera anécdota del viaje, cuando uno de nuestros compañeros fue a echarle un ojo al coche -nunca supimos qué clase de presentimiento le movió a eso- y descubrió con sorpresa que la policía se lo estaba requisando, puesto que aquella matrícula le constaba como coche robado. Afortunadamente, llegó a tiempo antes de que se llevaran el coche del ferry, y pudo sacarlos de su error…

Una vez en Tánger, Marruecos se nos presentaba en toda su plenitud, así que el trayecto hasta Chaouen fue totalmente… auténtico. Los carteles estaban en árabe y no nos aclarábamos con aquellas carreteritas de montaña. Juan y Albert eran los que se aventuraban con el francés, y así conseguimos llegar hasta nuestro destino, deteniéndonos de vez en cuando para ver el paisaje.

El azul chillón de las paredes de Chaoen, junto con el entorno y la hospitalidad de sus gentes, nos cautivó enseguida. No quisimos ver nada más. Nos quedamos en una casa típica con grandes dormitorios donde pasábamos la noche casi todos juntos. Estaba regentada por un español muy amable, que no se enteraba de mucho porque andaba siempre aletargado por efecto de los porros. El último día tuvimos que insistir varias veces para que nos cobrara, pero a pesar de eso, acertó a pedirnos que una parte de su paga se la diésemos nosotros mismos a Fatima, la señora que cocinaba y arreglaba la casa. Decía que de su mano no aceptaba estos extras monetarios.

En Chaouen es habitual que la gente fume hachís sin esconderse. No está prohibido, y para los autóctonos es un pasatiempo habitual, además de una fuente de ingresos importante que alimenta a familias enteras. Por las calles es normal que te ofrezcan el producto, incluso los camareros de los restaurantes, tras la comida, te preguntan si quieres probarlo, como si de un chupito de orujo se tratara. Sin embargo, la sensación no es de inseguridad o de mal ambiente, sino que se da por hecho que es algo natural. En otros países nos han ofrecido droga y la experiencia ha sido totalmente diferente.

A la salida del país, sin embargo, sí que puede ser un poco incómodo. Registran los vehículos para cerciorarse de que no transportas droga, y unos perros adiestrados dan vueltas y vueltas olfateando maletero, puertas, ruedas y bajos.

Chaouen fue fundada en 1471 por Moulay Ali Ben Rachid. Considerada una ciudad santa por las montañas que la rodean, permaneció protegida contra las incursiones extranjeras y prosperó gracias a la llegada de refugiados musulmanes llegados de España. Es una ciudad alegre y sencilla que invita a pasear por su medina y a curiosear entre sus interesantes tiendecitas de alfombras, lámparas árabes y especias, que vas descubriendo mientras te adentras en el laberinto azul de sus calles estrechas y limpias, que tiñen la pendiente de las laderas de color añil. Los niños, inocentes y risueños, te siguen a todas partes y quieren jugar. Las madres te sonríen desde sus atentas posiciones, relajadas pero vigilantes, y los viejos del lugar se dan cita en la plaza del olivo centenario, donde se sientan al sol en hilera, apoyados en un bastón, y se distraen seguramente mirando a los forasteros.

No existen los ruidos típicos de las ciudades ni la incomodidad del tráfico. Chaouen es un remanso de paz sin vehículos, en el que el sonido del agua te acompaña y te lleva hasta el lavadero del pueblo, un pintoresco enclave donde cada día se reúnen las mujeres a hacer su colada como antaño, pidiéndole prestada el agua al río. Todo se encuentra camino de la fuente de Ras el Má, alrededor de la cual se fundó la ciudad.

Si se visita las zonas de telares, donde artesanos locales te abren las puertas de su taller y te muestran cómo trabajan para confeccionar sus alfombras, es posible que obsequien a las mujeres con pulseras hechas de lana. No hay que rechazarlas, se sienten insultados si no las coges. No hay por qué comprar, tampoco. Pero obviamente si hacen alguna venta se pondrán muy contentos…

Hay muchas cosas que ver, aunque el pueblo se pueda recorrer en poco tiempo de una punta hasta la otra. La alcazaba, las mezquitas y minaretes, las puertas de la ciudad, los baños, edificios neoárabes, la iglesia de san Antonio Abad y, por supuesto, sus restaurantes, que puede ser toda una explosión para los sentidos: pan de sémola, té moruno, mermeladas, queso fresco y miel, pastas, deliciosos zumos y dátiles. En las grandes gasolineras, además, se da un sorprendente fenómeno: son los mejores lugares para una buena mariscada.

Yo volvería sin pensármelo. Porque quisimos tranquilidad sin pasarnos aquellos días de manera errante, se nos quedaron muchas buenas excursiones por hacer. Pero así siempre queda la promesa de un regreso soñado.

06-04-19 Viatge a Marroc (32)

Chaouen

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