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Libros que me dieron ganas de viajar

Cuando no se tiene tiempo o dinero para viajar, recurrimos a la lectura de libros de viajes, novelas ambientadas en lugares exóticos, biografías, diarios, reportajes… En mi caso, hay ciertos títulos a los que tengo especial cariño, porque me provocaron unas ganas horribles de hacer la maleta y partir hacia esos lugares, construidos en mi cabeza, por el que transitan los personajes de los libros. Aquí van unos cuantos que recuerdo:

La amante en guerra, de Maruja Torres:

“Hablo con algunas mujeres. Habrán vivido mucho fuera, pero qué libanesas son. Tienen el vicio libanés de preguntarle al extranjero qué cree que va a suceder. Una me agarra por el brazo como si de mi respuesta dependiera su tranquilidad en el viaje. Le digo que el Líbano se rehará de nuevo, aprieta mi brazo con más fuerza y sube al autobús, como si mis palabras tuvieran algún valor. No espero a que los vehículos se pongan en marcha y me voy al hotel a llorar”.

En la carretera, de Jack Kerouac

“Una mañana partí con mi saco de lona en el que había metido unas cuantas cosas fundamentales y me dirigí hacia el océano Pacífico con cincuenta dólares en el bolsillo. Había estado estudiando mapas de los Estados Unidos en Paterson durante meses, incluso leyendo libros sobre los pioneros y saboreando nombres como Platte y Cimarron y otros, y en el mapa de carreteras había una línea larga que se llamaba Ruta 6 y llevaba desde la misma punta de Cape Cod directamente a Ely, Nevada, y allí caía bajando hasta Los Ángeles. Solo tenía que mantenerme en la 6 todo el camino hasta Ely, me dije, y me puse en marcha tranquilamente”.

En la Patagonia, de Bruce Chatwin:

“Rolf Mayer, un gaucho de sangre alemana e india se encargó de sacrificar a las ovejas. Era larguirucho y silencioso, y tenía unas grandes manos escarlata. Iba vestido de color chocolate y no quitaba nunca el sombrero. Llevaba un cuchillo que había hecho con una bayoneta y un mango de marfil amarillento. Ponía cada bestia en un caballete y la iba desnudando hasta que quedaba rosada y lustrosa sobre el mantel blanco de su lana”.

Crónicas de Islandia, de John Carlin:

“El trayecto de 40 minutos en autobús, a las tres de la mañana, bajo la luz del amanecer (en verano, hay luz de amanecer toda la noche), me permitió ver un paisaje de lava oscura, llano y accidentado, tan desprovisto de vida -ni un solo arbusto, ni una brizna de hierba- que entendí inmediatamente lo que había leído alguna vez de que la NASA enviaba allí a sus astronautas a entrenarse en la época de los viajes a la Luna. ¡Y ése era el rincón de Islandia en el que viven dos tercios de la población! No me pareció extraño que durante los siglos de colonización danesa, un rey de Dinamarca pensara en una ocasión que lo mejor que podía hacer por sus remotos súbditos era despoblar la isla y transportar a todos sus habitantes a varias colonias que poseía en las Indias Occidentales”.

Viajes con Heródoto, de Ryszard Kapuscinski:

“No pude tirar la botella en ninguna parte porque en todas, al pasear la vista a mi alrededor, me topaba con la mirada de alguien dirigida hacia mi persona. Por las calzadas corrían coches, los borricos tiraban de carros cargados de mercancías, un grupo de camellos avanzaba digno y zancudo, pero todo eso ocurría como en segundo plano, más allá de mí, que durante todo el tiempo caminé acompañado por las miradas de unos hombres que, ya de pie, ya sentados (los más), ya paseándose, ya charlando, no me quitaban la vista de encima”.

El sueño de África, de Javier Reverte:

“-¿Hay mucha demanda de ataúdes en su país, James?

-Hay sida, señor.

-Mucho sida?

-Todas las familias de Uganda tienen algún muerto por el sida.

-Es la incultura -sentenció la canadiense.

James sonrió, dejando que saltaran fuera de sus labios los gruesos incisivos, y yo guardé silencio.”

 

¿Y tú? ¿Cuáles me recomiendas?

 

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Luces y sombras de San Francisco

Recuerdo la entrada a San Francisco. Estábamos expectantes, deseosos de aparcar durante varios días nuestra vida nómada en la carretera. Pronunciabas “San Francisco” y pensabas, automáticamente, en el cine, en civilización y modernidad, en el pensamiento alternativo y en las calles empinadas. Estaba comenzando la mañana, así que nos permitimos el lujo de gastar un par de horas en el Starbucks, comiendo bagels y bebiendo tchai tea latte hasta que el cuerpo nos dijo basta.

Muchas lecturas me habían acompañado hasta entonces por el camino. Varias revistas Altair y un par de guías de viaje, además de todo panfleto que iba recogiendo en las paradas; pero, sobre todo, el libro Amèrica, Amèrica, de Xavier Moret, periodista y colaborador de El Periódico de Catalunya. Me sorprendió gratamente hallar este título en la estantería de guías de Estados Unidos, pero más aún comprobar que hizo una ruta muy parecida a la que nosotros queríamos hacer, así que desde el principio se convirtió en mi libro de cabecera y, cuando nuestros pies pisaron San Francisco, tenía dos objetivos claros: seguir sus pasos hacia la vieja librería City Lights y hacia el barrio Haight-Ashbury, donde nació el movimiento hippy y la contracultura.

Vamos de excursión a ver la librería de los años 50, santuario bohemio de la generación beat, frecuentada por el Jack Kerouac de On the road (en castellano En el camino y en catalán A la carretera), una novela que relata su continuo viaje cruzando Estados Unidos de costa este a la oeste y viceversa. El viaje por el viaje, la aventura y la libertad del individuo por encima de todas las cosas, aderezado todo con buenas dosis de drogas, jazz, alcohol y mujeres. Me hace gracia el juego cómplice que siempre se crea con la literatura, cómo dentro de un relato cabe otro, y dentro otro, y otro. Como ocurre en El Quijote, o en Las mil y una noches, o en este blog, que habla de Amèrica, Amèrica, que a su vez habla de On the road, y así podría ser hasta el infinito…

En esta visita nostálgica ya no estamos solos. Hemos conseguido engatusar a Roger, un bombero compañero de Marc con el que hemos coincidido temporalmente en San Francisco, y a las amigas con las que viaja: Berta y May. Juntos nos hemos perdido en las tres plantas de estanterías de libros, curioseando entre las secciones de ciencia ficción, misterio o esoterismo, mientras cruje el piso de madera a nuestros pies y los carteles en la pared te dicen que te sientas libre de coger un libro y sentarte un rato a leerlo. Puro espíritu hippy…

Los cinco hemos recorrido el embarcadero, donde nos hemos embobado un rato con el espectáculo espontáneo que nos dan las focas; hemos puesto a prueba los gemelos con las subidas imposibles de San Francisco, hemos bajado, sin proponérnoslo, por la famosa Lombard Street, con sus curvas de vértigo, hemos descubierto la Chinatown más hermosa, con sus farolillos rojos, sus mejores restaurantes y sus calles en lo alto de la colina; a la derecha, una hermosa vista de uno de los puentes de San Francisco; a la izquierda, el famoso tranvía que se acerca rebosado de turistas. Yo ya no le puedo pedir más a este día…

***

Esa noche no pude dormir por culpa de los ronquidos de nuestro compañero de habitación. San Francisco no es cara, es carísima, así que volvemos a compartir las cuatro paredes de nuestro cuarto con desconocidos; en este caso, dos australianos. Uno de ellos, Jol, ha salido con nuestro grupo a cenar. A él también le ha despertado la respiración entrecortada y angustiosa de su paisano, así que me observa, curioso, cuando a las cuatro y pico de la mañana ve que me levanto, decidida a despertarlo. “Excuse me…”, le susurro al dormido en el oído. Nada, ni caso. Levanto la voz. “Excuse me!!!!”, pruebo otra vez. Tampoco. Ya me estoy desesperando, así que le cojo el brazo y lo zarandeo. “Soooorrrryyyy, Excuuuuuseee meeee!!!!!!!!”. Nunca había visto a nadie dormir así. Durante los siguientes 45 minutos, la escena se torna grotescamente ridícula; yo estoy empujando al australiano hasta casi tirarlo de la cama, mientras Marc se une a mí saltando sobre la litera, haciendo botar al pobre desdichado, que ronca como un descosido pero duerme como un muerto, y todo bajo la atenta mirada de Jol, que desde la otra litera nos mira calladamente sin querer participar en este escándalo, en este fracaso con mayúsculas que nos hace regresar a nuestras camas, cabizbajos, esperando ya el despuntar del alba. Aún no nos hemos tapado cuando oímos que el maldito gruñe de forma diferente, se da la vuelta y, por fin, se calla. Tras la cortina, veo la amenaza de los primeros rayos de sol; cuando me tocan, siento que me convierto en un vampiro y que muero desintegrada.

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