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El crimen de sangre del Cortijo del Fraile. Historias de Cabo de Gata

Los cuatro disparos sonaron como cañonazos en aquel cruce de caminos de polvo y nada. Nada fue, tampoco, lo que pudo amortiguar el estruendo en aquella tierra yerma que acogió la sangre caliente de Francisco Montes. A su lado, Paquita ‘la coja’ miraba con estupor su herida, la sangre que se mezclaba con sangre. Al amor de su vida lo vio morir. Allí, con la mueca de dolor congelada en los labios, mientras ella le gritaba primero y le susurraba después, presa de los nervios.

Años después, una cruz solitaria sería la única huella del suceso, la prueba palpable de aquel crimen cometido a la vera del Cortijo del Fraile, en las inmediaciones de Los Alcornocales y Rodalquilar. En este lugar, hoy día declarado Bien de Interés Cultural, había crecido Paquita enamorándose de su primo cada día. Loca de amor, como si fuera un personaje de Gabriel García Márquez; con la inocencia de quien no ha conocido otra cosa y la pasión y el orgullo propios de las almas del desierto.

Paquita era la hija pequeña del encargado del cortijo. Cuando sus padres decidieron casarla con un hermano de su cuñado, los jóvenes decidieron huir a lomos de una mula. Se ha dicho que Paquita convenció a su primo para que se la llevara. También que el joven Francisco Montes la vino a buscar a sólo unas horas de la boda. “Vengo a por Paquita”. Y que Paquita fue feliz, aunque aquella felicidad duró solo hasta el cruce de caminos. El hermano del novio, sintiendo que tenía que vengar la deshonra de su familia, los alcanzó en ese punto maldito y mató a tiros a Francisco, mientras que a ella la dejaron malherida.

Carmen de Burgos Colombine, escritora y periodista nacida en Rodalquilar, escribió, basándose en esta historia, su Puñal de claveles. La prensa de la época se hizo eco del asesinato. Los titulares decían: “crimen misterioso”, “los asaltó un enmascarado”, “las veleidades de una mujer causan la muerte de un hombre”… Cosas de la época. Y del periodismo amarillo. Uno de esos diarios llegó a manos de Federico García Lorca, al que imagino leyendo la noticia y moviendo la cabeza entusiasmado, exclamando: “¡un drama así es difícil de inventar!”… Por eso, años después, estrenó Bodas de sangre basándose en la historia del crimen de Níjar.

Te estremeces cuando la joven novia clama en la obra:

Yo no quería, ¡óyelo bien!; yo no quería. ¡Tu hijo era mi fin y yo no lo he engañado, pero el brazo del otro me arrastró como un golpe de mar, como la cabeza de un mulo, y me hubiera arrastrado siempre, siempre, siempre, aunque hubiera sido vieja y todos los hijos de tu hijo me hubieran agarrado de los cabellos”.

“Me arrastró como un golpe de mar”… Como a la verdadera Paquita la coja, que tras los sucesos acaecidos aquel fatídico 22 de julio de 1928 ya no pudo volver al cortijo. Se vistió de negro y así estuvo 68 años, hasta que se fue del mundo ya casi nonagenaria. La recuerdan infeliz y espartana, lo más parecida a una mártir. Un personaje lorquiano. Como el asesino de Francisco Montes, que pasó varios años en la cárcel, quejándose porque Lorca nunca vino a consultarle.

Todos estos personajes, los reales y los ficticios, pululan todavía como almas en pena alrededor del Cortijo del Fraile, hoy día en ruinas. Para llegar a él hay que pasar por un camino de guijarros, con cactus a ambos lados de la pista, y las montañas negras peladas a lo lejos. El paisaje es hermoso. Cuando la polvareda se disipa, el cortijo aparece al final de la línea, irreal y fantasmagórico.

Solo es una sombra de lo que fue, cuando era un cortijo de cortijos de 700 hectáreas, pero el lugar desprende una inquietante energía. Sobrecoge el silencio solemne que lo envuelve, el tiempo detenido y su torpe vallado con carteles amenazantes escritos con faltas de ortografía. Su decadencia es patética y sublime; un decorado de Hollywood donde en cualquier momento parece que sonarán los cuatro tiros al viento, secos y afilados como hojas de puñal.

 

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