La ciudad de la mentira

La llaman Sin City, la ciudad del pecado, la ciudad de las luces, Las Vegas. Hemos venido hasta ella desviándonos de nuestra ruta otra vez, para averiguar por qué ejerce la fascinación que ejerce; qué tiene de especial esta ciudad inventada en medio del desierto. Como un preludio de la cutrez y el patetismo, la radio nos castiga con una canción horrible que pretende ser romanticoide: “No es una aberración sexual/ pero me gusta verte andar en cueros (…) / Si la naturaleza te hubiese querido con ropa, con ropa hubieses nacidooo…”

No hay palabras. Pero está claro que para ir a Las Vegas hay que dejar los prejuicios a un lado, el sentido del ridículo y el buen gusto, y lanzarse a participar de lo superficial, lo banal y lo efímero; convertirte en una de esas adolescentes que conducen coches con el volante forrado de piel de leopardo, escuchar reggaeton y soñar con casarte en una de estas capillas por las que pasamos, pastelitos floreados que te tientan a ambos lados de la carretera.

Las Vegas te engaña para que creas que eres rico. Puedes alquilar un coche por menos de diez euros al día, comer en un buffet libre de marisco por apenas 17; dormir en el Hilton por 80. El lujo -aunque sea falso- te deslumbra. Los hoteles ofrecen espectáculos pirotécnicos, shows de agua, luz y sonido, luces de neón por todas partes y el mayor derroche de decibelios que puedas imaginarte.

Como urracas, nos dejamos seducir por lo que brilla, aunque sea un espejismo, aunque sea un truco más de la industria de Hollywood, aunque todo sea una mentira. Las señoritas de los casinos te sonríen, las boutiques te llaman con descuentos al 70%, las máquinas tragaperras te desafían y te marean con la música y la caída de las monedas, y todo te parece como en un sueño, un gigantesco plató donde se graba El show de Truman y cada persona con la que te cruzas, un actor. Está el que camina vestido de Elvis Prestley, las jovencitas que van de despedida y por la noche salen a cazar, los jovencitos de despedida que vienen a coger una gorda, los que van vestido de Cupidos con un tanga y el culo al aire, los grupos de japoneses, con sus cámaras; los soldados americanos con sus uniformes, los negros que bailan breakdance, los buscavidas, los borrachos, las estampitas de prostitutas, las novias que posan mascando chicle, los ludópatas.

En los casinos, dan un poco de pena esas personas que aprietan el botón o la palanca sin pestañear, sin esperanza siquiera. A veces hay alguien que consigue premio, y entonces todo el mundo en el casino se entera. La máquina empieza a emitir una desagradable alarma, despliega sus luces de colorines como si fuera un pavo real, y te hace esperar varios minutos, hasta que vomita la ristra de moneditas tintineantes. A estas alturas, ya hemos pasado de la euforia del principio al cansancio del neón. Nos detenemos en un hotel cualquiera, jugando a averiguar quién es rico de verdad y quién, sólo, se lo cree. En menos de 24 horas, ya estamos saturados de falsas Venecias y falsos París.

Al día siguiente decimos adiós con alivio a estas calles de desenfreno. Miro atrás y veo la ciudad dormida, fea y triste sin las luces del encantamiento. Se ha acabado el número de magia; Las Vegas es una ciudad de juguete, un decorado mudo de película que ahora engullen las montañas del desierto.

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1 comentario

Archivado bajo Estados Unidos, Viajes

Una respuesta a “La ciudad de la mentira

  1. Conxita

    Probablement només per 24 hores, però crec que ho havíem de veure. Vist!

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