Los pijos de Malibú

La costa de California va asomándose de tanto en tanto a nuestra izquierda mientras seguimos rumbo al norte. Sentimos un poco de envidia de los californianos por tener este paisaje, esta tierra tan fértil, este combinado de mar y montaña que nunca acabas de descubrir. A la izquierda, pequeñas calitas nos hacen parar un par de veces, pero cuando miramos a la derecha descubrimos un pantano, un laguito, una cabaña perdida entre la niebla, y ya no sabemos hacia dónde dirigir el objetivo. Al final optamos por hacer una panorámica, y seguimos hasta Santa Mónica, con sus playas amplias, coches descapotables y rubias presumidas.

Llegamos a Malibú. Quizás aquí hay algo que ver… Pronto nos cansamos de descapotables y rubias altas. Queremos ver la playa, pero la carretera siempre acaba en un cartel de “Private property”, y damos vueltas y más vueltas. Desde luego, percibimos la riqueza, pero no parece tan interesante… Las casas están construidas en fila, unas junto a otras, tapándonos la vista. Por fin, pasamos por una parcela aún sin construir. Pegamos la cara a la valla de alambre y vemos la playa de arena, tranquila, con pocos bañistas y surferos a esta hora de la mañana. Los pijos de Malibú se construyen sus casas colgantes sobre el rompeolas, como en las películas; casas de madera con terracitas que miran a la puesta de sol. Pero abajo, en la playa, no parecen más ricos que nosotros. Son todos cabecitas pequeñitas que saltan con las olas y tratan de sortear los bancos de algas. Aquí, desde arriba, se me antojan vulnerables.

***

Hemos dejado atrás Santa Bárbara, con su agradable puerto y sus amplias avenidas flanqueadas de palmeras; la ciudad rodeada de masa forestal y jardín. El trayecto hasta Santa María, por su parte, nos ofrece campos de frutales, ranchos, plantaciones de fresas y extensas viñas, que hermosean el paisaje tiñéndolo todo de un verde que ondula sobre las colinas.

Hacemos una breve parada en Monterrey, decididos a pasar la noche. Pero la ciudad está a rebosar a causa de la Rolex Motorsports Reunion, una convención de coches clásicos que nos deja ver pontiacs, mustangs, cadillacs, oldsmobiles, studebackers y trans-am. Así que paseamos por las casitas de madera del puerto, admiramos de nuevo la extraña convivencia entre pelícanos, leones marinos y humanos, y acabamos en el faro de Pigeon Point. Sí, un faro.

Las imágenes que hemos visto por internet no nos decepcionan. Dormimos en dormitorios separados en este atípico hostal separado de la civilización, integrado por unas cuantas cabañas en las que se escucha continuamente el romper de las olas. Cada cabaña contiene dos dormitorios para una docena de personas que, a la hora de la cena, forman una gran familia. Nosotros hacemos buenas migas con Peter, un arquitecto y profesor de la Universidad de Berkeley que nos pregunta por nuestro viaje y al final acaba hablando del petróleo, los coches eléctricos y los negocios sostenibles. Marc lo ha conseguido llevar a su terreno, y Peter le pregunta y le rebate.

Casi de madrugada hemos salido a ver el faro y el mar. Nos sentamos solos en el pequeño mirador de madera, sin hablar apenas; contemplando, cada uno a su manera, la inmensidad del océano, que pasa de negruzco a pálido y de pálido a negruzco cada vez que la luz del faro completa su circunferencia. El paisaje, con tanta negrura, es de una belleza auditiva, una estampa que se intuye en la oscuridad y te mece en el vaivén cadencioso de la marea.

Por la mañana hemos vuelto temprano para ver el faro, por fin. Sin embargo, hoy el día amanece con niebla, y sólo vemos -que no es poco- cómo la enorme torre se yergue rompiendo la tela de araña de la neblina, mientras nosotros hacemos crujir levemente la madera de la pasarela para llegar al mirador.

Hay una señora que medita. La mujer vuelve la cara, me sonríe y señala las rocas. Es una colonia de leones marinos que comienza a activarse: los mayores se dan los buenos días, se empujan, se besan; los pequeños, por su parte, se lavan la cara, tan tranquilos, con la espuma de las olas. Nosotros tenemos que llegar a San Francisco, así que nos damos la vuelta y nos marchamos, casi de puntillas, de este rinconcito callado del mundo; así queremos recordarlo: silencioso… y dormido.

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2 comentarios

Archivado bajo Estados Unidos, Viajes

2 Respuestas a “Los pijos de Malibú

  1. Conxita

    Aquesta zona sembla més amorosa, menys aspra, probablement un bon canvi quan la motxila ja pesa.
    (aquí no estem tan feliços, la Júlia no va bé..)

  2. Agus

    Hola aventureros! Me está encantando vuestro periplo americano y, sobre todo, su redacción. Creo que pronto llegaréis a L.A..Marisa, si quieres le digo a Lauren, mi intercambio americana, que my cousin and her husband pronto llegarán a su ciudad para que os de una vueltecita en su coche y desoxide su español. De parte de tu tía que también te sigue, que eres la mejor ¡pajolera!
    ¡Cuidaos chabalotes!

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