El artista de origami del templo Fushimi Inari-Taisha

fushimi-inari5De todo lo que nos ha pasado hoy, me quedo con la visita al templo Fushimi inari-Taisha, uno de los lugares más especiales de Japón. Está en las afueras de Kioto, sobre una colina, y para recorrerlo hay que poner a prueba las piernas, puesto que el recorrido son varios kilómetros de un camino empinado bajo el túnel que dibujan los miles de torii rojos que van delimitando el camino. Cada una de estas columnas de madera de color bermellón han sido donadas por un hombre de negocios de Japón, o por una familia, para pedir buena fortuna a los dioses.

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Normalmente está atestado de turistas, pero la suerte nos sonríe, y hoy ha empezado a llover cuando estábamos subiendo las escalinatas. Si no te desanimas por este pequeño inconveniente y continúas el ascenso, los dioses te recompensan, y así me ha parecido cuando he llegado a la cima y nos hemos sentado para ver las vistas de Kioto y recobrar un poco el aliento…

Entonces ha aparecido un anciano, aún no sabemos de dónde, y se me ha acercado sonriendo. Ha sacado de su bolsillo un papel verde muy bonito, y me ha dicho despacio: “ori-ga-mi”. Y yo, que no podía creérmelo, he repetido, como un bebé: “o-ri-gaa-mi”. Le asentía con la cabeza, como queriéndole decir: “sí, sí, sé lo que es”. El hombre ha sonreído nuevamente y se ha arrodillado delante de mí, como un caballero antiguo que jura protección a su señor. Durante los siguientes minutos ha doblado el papel una y mil veces, por la mitad, por los cuartos, por las esquinas… Pero nunca sin cortarlo ni pegarlo, ya que eso está fuera de toda técnica del origami.

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Al final me ha dicho que tire de los dos extremos, y entonces… voilà! Ha aparecido una hermosa grulla verde, perfecta. Le he dicho “arigato”, “arigato”… y se la he enseñado a Marc, que discretamente me estaba haciendo fotos.

Corriendo he buscado en mi guía la traducción de una frase que me interesaba pronunciar: “¿cómo se llama usted?”. Quería dejar constancia aquí su nombre, por regalarnos su tiempo y su arte. Pero cuando la encontré el hombre ya no estaba. Nos asomamos al sendero 1, al sendero 2 y al sendero 3, y la única explicación es que hubiese retrocedido por el mismo camino hacia el inicio. Desandamos el camino, pero ya no lo vimos.

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Nos suelen pasar cosas como estas. Cosas maravillosas y un poco misteriosas, si se quiere. Cuando hemos llegado al apartamento me he sentado en el tatami en el que dormimos y he buscado información sobre el arte del origami. Entonces descubro que cuando alguien te regala una grulla de papel quiere decir que te desea salud, bienestar, felicidad y prosperidad. Te la pueden regalar en cualquier momento, pero especialmente cuando te casas, cuando tienes un bebé o cuando estás enfermo y te desean que te pongas bueno. Se la puedes regalar a alguien que quieres o es importante para ti, dicen.

Esto me ha emocionado. Me ha parecido muy bonito que tan buenos deseos provengan de un desconocido sin que se espere nada a cambio. He reflexionado sobre esto cuando ya hemos vuelto a Kioto, mientras desplegaba mi grulla y la contemplaba sobre la mesa, y nos tomábamos un té mientras afuera llovía sobre el río Kamogawa.

Para ti esta foto de la grulla, Conxita, para que tengas una pronta recuperación.

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Kioto. Rezando con los fieles de la secta

templo-kiotoA Kioto hemos venido haciendo penitencia, en un autobús nocturno que salió de Tokio a las diez y que ha llegado a las seis de la mañana. No hemos dormido apenas nada.

Cuando el autobús ha frenado se han encendido las luces, y así hemos sabido que parábamos en una ciudad importante. Por la hora que es, sabemos que es Kioto, así que bajamos, más dormidos que despiertos, y vamos enfilando la calle en busca de la casa de un japonés que nos aloja. El cansancio es mayor porque sabemos que no podremos entrar hasta las cuatro de la tarde. ¿Qué hacer en Kioto cuando no tienes fuerzas ni para dar un paso?

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Sin comerlo ni beberlo hemos pasado por delante de la majestuosa puerta del Higashi hongan-ji, una de las mayores puertas de templos de Kioto, y mira que hay templos en esta ciudad. La curiosidad ha podido más que el cansancio, y decidimos entrar, animados por una visión muy diferente de las que estamos acostumbrados: un templo desierto, sin turistas; un japonés que riega las gravillas del suelo con una manguera, pacientemente y con pasmosa tranquilidad. Una escalinata de madera negra y, al final, una enorme sala -la segunda estancia de madera más grande de Japón- donde se está celebrando un culto. ¡Una especie de misa a las seis y media de la mañana!

Me he empezado a quitar los zapatos y Marc me mira, sorprendido.

-¿Qué haces?

-Voy a rezar…

Pone cara de no comprender, y cuando creo que se va a reír de mí, veo que se descalza y me sigue. Subimos los escalones despacio mientras la tarima cruje a nuestro paso. Es lo que llaman “suelo de ruiseñor”, lo tienen los templos y los castillos, y sirve para alertar de la llegada de intrusos. Eso somos nosotros, pero a estas alturas qué más me da, tengo un jet-lag de mil demonios, no duermo desde hace dos días y me alimento de sushi de supermercado. Me duele la cabeza pero dentro de poco el sol nos castigará y será peor todavía, así que necesito hacer algo relajado y descansar, descansar…

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Alcanzamos el último escalón y vemos una docena de personas arrodilladas en la estancia, sentadas sobre sus talones sobre un suelo de tatami, la espalda erguida mirando hacia la imagen del fundador de esta rama del budismo, Shinran. En ese momento no lo sé, pero es una secta que se llama Budismo de la Tierra Pura. Me arrodillo como ellos y me dejo llevar por los cánticos repetitivos y ceremoniosos.

Podría dormir. Sí, muy fácilmente, pero sería desconsiderado, así que pienso en la cuerda de cabellos humanos que hay expuesta en una vitrina afuera; una de las cincuenta cuerdas que sirvieron para transportar las vigas para la reconstrucción de este templo, que fue destruido por un incendio. Un grupo de devotas se cortó el pelo y tejió cuerdas más fuertes que las habituales. Estas no se rompían por el peso.

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Ahora susurran un mantra una y otra vez, mientras todos mantienen los ojos cerrados. A mí cerrar los ojos no me cuesta trabajo, y pienso en dragones y en budas y en incienso, y en que todo me da vueltas. Por último pienso en una palabra, la he reconocido en medio de toda la retahíla japonesa, y sin querer me descubro repitiendo: ommmmmmmmmmmmm

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Japón. La paz en el jardín de un sogún

JA-PÓN. Pronuncio en voz alta la palabra y me viene a la mente el gong que hacen las campanas en los templos sintoístas.

El viajero de Occidente, a pesar de su escepticismo, adquiere en esta tierra exquisita cierto nivel de espiritualidad, se siente cerca del Paraíso pero con tintes exóticos; un paraíso en el que los jardines te envuelven con el olor a hierba recién cortada y el verde aparece, intermitente, a los ojos. Un paraíso en el que el canto de los pájaros te acompaña en tu deambular -ellos escondidos en las copas de los árboles, tú recorriendo las veredas acotadas que la suprema corrección nipona prohíbe traspasar-.

Hama-rikyu Onshi-teien

Lo mejor de hoy ha sido descansar en Hama-rikyu Onshi-teien, con vestigios de lo que un día fue el jardín de un palacio sogunal. Ahora los patos zambullen sus cabezas en el lago, y todo parece un decorado de lo que sería el Paraíso en una mente oriental, con sus casitas de té alzándose coquetas en medio de la frondosa vegetación, sus pinos de 300 años y hortensias orgullosas.

Aquí hemos cambiado el trasiego del mercado de pescado de Tsukiji -la mayor lonja de pescado del mundo- por la quietud del parque; la imagen de los cangrejos-rey sin dueño, mirándonos desde sus cajones de vidrio, por el verde, limpio y ordenado silencio.

Casi te sobresaltas cada vez que los cuervos -magníficos ejemplares de medio metro que graznan, desafiantes, mientras dan saltitos en la hierba- bajan de los árboles centenarios.

rio-sumida-tokioHemos querido detener un poco el tiempo mientras el aire erizaba la piel del río Sumida-gawa. Tres viejecitas japonesas se relajaban en el banco de al lado: una hacía estiramientos con los brazos; otra luchaba contra las hormigas; la última estaba asomada al río y miraba hacia el horizonte con una serena sonrisa en los labios.

Era la más bella. Sumamente delgada, blanca y frágil, sus pequeños ojos se alargaban dibujando una raya menuda en el mármol de su cara. Estaba descalza, y su falda blanca dejaba ver sus huesudas piernas hasta la altura de las rodillas. Miré en la dirección que ella miraba, pero yo nada vi.

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Me fascinaron sus suaves movimientos, el modo en el que se frotaba las plantas de los pies con el suelo o se asomaba al agua, agarrándose a la baranda con ambas manos, con sus labios pintados de rojo sin dejar de sonreír. Como una niña que jugaba…

calle-tokioFinalmente, cuando regresó con sus compañeras se sentó con las rodillas flexionadas, los pies apoyados sobre el banco de madera. Las rayas de sus ojos se hicieron casi imperceptibles. Se durmió.

Entonces pensé que buena parte de la esencia de Japón se podía resumir en esa anciana que buscaba en ese parque su paz y su descanso, y que un barquito en la lejanía la hacía feliz. (Sí. En efecto. Finalmente, lo descubrí).

 

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El motín de los limpiabotas

quebrada cafayate2A la vuelta de los valles calchaquíes tuvimos que pasar de nuevo por Salta para dejar el coche. Lo metimos en la cochera de la que lo habíamos sacado, llamamos al encargado de la casa de alquiler y esperamos, pacientes, a que el chico le diera una vuelta y otra, fingiendo que no le impresionaba la capa de barro que lo envolvía. Era como una duna del desierto con ventanas. Nos dieron el peor coche de la flota, pero nosotros nos vengamos y lo pusimos a prueba en las subidas de las quebradas, en las carreteras de ripio, en los riachuelos, en las procesiones del folclore popular, los atascos y las fantasmagóricas ciudades de polvo y sol.

-¿Cómo les fue?-, me dijo, esperando un simple: “Bien, gracias”. Pero yo dije:

-Nos dieron roto el espejo.

Así que los dos hombres se miraron, preocupados, valorando si creer o no nuestra historia. Al final nos dejaron ir con cierto aire compungido.

carretera-saltaPara llegar a Salta pudimos admirar desde la carretera la preciosa Quebrada de Cafayate. Otra delicia que te regala el viaje, y que no puedes tener con cualquier otro modo de transporte, ni siquiera el autobús. Como dice Marc, “por estos paisajes hay que pasar conduciendo”.

En Salta se portaron muy bien con nosotros y nos guardaron los maletas mietras hacíamos tiempo para coger el autobús hacia Iguazú. Vagabundeando por la ciudad, después de tomarnos dos zumos de naranja, buscar al anciano que nos había cambiado los dólares -lo designamos cambista oficial- y darnos una caminata hasta el teléferico para quedarnos pensando, mirando arriba bajo el cartel de tarifas, si merecía la pena, nos sentamos en la plaza principal con un jugo de banana. Mirábamos pasar la gente, cómo se lamían los perros sin amo; cómo los limpiabotas pasaban escrutando siempre al suelo. No podías cruzarte una mirada con ellos, porque siempre te estaban mirando los zapatos. La primera vez que estuvimos en Salta y los vi pasar, le dije a Marc: “si pasa uno muy viejo le decimos que sí”. No sé por qué idea estúpida el criterio que seguía en los viajes siempre me conducía a elegir a los viejos para preguntar indicaciones, acceder a cambiarles dinero, darles limosna -ya que a todos los que piden sería imposible- o, simplemente, empezar a conversar.

cafayateEl oficio de limpiabotas es tan antiguo como el calzado de cuero. Se introdujo en la provincia con la llegada de los inmigrantes italianos. En Salta proliferó en los años 20, y en la actualidad existen unos 80 profesionales. Esta vez se me acercó un muchacho joven moreno con aire desvalido.

-Señorita, ¿le limpio las botitas?- Dudé un momento.

-¿Cuánto?

-Veinte pesos.

No era mucho. Me pareció que algo ayudaba, así que extendí mi pie calzado sobre su tablilla, mientras él se acomodaba en un minúsculo taburetín. Se llamaba Sebastián, trabajaba 14 horas diarias y tenía poco más de 30 años, mujer y tres hijos. Conversamos sobre muchas cosas, especialmente de fútbol. No podía dejarlo allí arrodillado limpiándome los pies sin un tema de conversación; habría sido muy incómodo. Pero era mi primera vez y me vi preguntando, torpemente:

-Maradona, ahora ¿qué hace? ¿Qué es de su vida?

Sebastián hizo un gesto de desinterés y sólo dijo que ahora no tenía problemas con la droga, sólo con su mujer. Y sonrió al añadir: “ahora tiene problemas mucho peores”.

-Póngame aquí el piecito.

Deduje que no le interesaba mucho el tema, así que probé otra vez.

-Pero Messi sí que está bien, ¿eh? Aquí, ¿qué se dice de él?

Este tema sí que le interesó, dijo que Messi era un gran jugador, aunque todo lo había hecho con el Barça. Para la selección argentina, nada de nada.

-Es que lo hemos gastado-, bromeó Marc. La conversación giró en torno al fútbol -”Cristiano Ronaldo es un ser enamorado de sí mismo”, según Sebastián, y luego derivó hacia el tema laboral.

-Allá en España, ¿no hay lustrabotas?

-¿Cómo?

-Si hay lustrabotas como nosotros.

-Ah, limpiabotas, sí. Sí que los hay, pero pocos. Parece que es un oficio que está desapareciendo.

carretera -valles-calchaquiesSebastián levanta un poco la cabeza y dice:

-Aquí ya lo intentaron. Que desapareciéramos. Vino un día la policía y nos querían correr a todos. Pero nosotros no nos fuimos. Nos reunimos en la puerta de la municipalidad y no nos marchábamos. Luchábamos por nuestros derechos. Ponga aquí el otro piecito. Porque si no lo hacemos nosotros, ¿quién lo va a hacer? Un poco más cerca, el piecito. Un poco más. Ahí. Así que allá estuvimos concentrados todos los limpiabotas de Salta, y como no nos íbamos tuvo que venir el intendente a hablar con nosotros. Ponga el piecito así…

Estábamos absortos mintras nos contaba aquella rebelión de limpiabotas. Pensaba en ello y no tenía ni idea de lo que me estaba haciendo en el zapato. Ya me imaginaba delante del Ayuntamiento un grupo de unas 80 personas, atrincherados al grito de “de Salta no nos moverán”, rodeados por la policía, que no se atrevía a intervenir. Por lo visto se montó un cirio de mil demonios, y los limpiabotas de Salta acabaron haciéndose famosos. La policía finalmente hizo su trabajo repartiendo palos a diestro y siniestro, pero ni así consiguió disolver la manifestación.

-¿Y qué paso?

Sebastián hizo una mueca y movió el hombro como quitándole importancia. Hiciera lo que hiciera, hablara, escuchara o tarareara una canción, el ritmo de su fregar del trapito contra el zapato nunca bajaba. Parecía feliz.

-Eh…nada. Que tuvieron que dejarnos en paz. La gente se puso de parte nuestra y tuvieron que dejarnos seguir.

-¿Ah, sí? ¿Quiénes?

-Todos. La gente de a pie, los de los restaurantes, los del banco. Dijeron que ellos también necesitaban de nosotros. Necesitaban limpiarse las botas.

-Menos mal.

-Sí, porque mirá que yo no sé hacer otra cosa, estoy en esto desde que tenía 11 años, que me trajo mi padre. Siempre he laburado en esta plaza. Alguna vez he hecho de albañil, por temporadas, pero nada más. Y tengo una familia que alimentar.

ruta40-cafayateSebastián no dejaba de darle con brío a la bota, mira que no estaba tan sucia… Era concienzudo: sabía qué tipo de tejido llevabas, cómo debía limpiarlo y qué productos aplicar. Abría su cajita de madera y sacaba trapos, grasa de caballo, crema estándar, papel de lija para quitar según qué manchitas, abrillantador. Movía los brazos enérgicamente mientras lustraba el calzado balanceando el trapo a derecha e izquierda, sosteniéndolo por los extremos, y de vez en cuando, debía parar para secarse una gota de sudor que le resbalaba hasta las mejillas. Estaba cómodo y hablaba sin parar. Además, nos había preguntado nuestros nombres. Eso para mí constituía otra prueba irrefutable de que no me había pasado haciendo preguntas. Nos dijo que ese trabajo le hacía feliz.

Cuando Sebastián terminó conmigo le preguntó a Marc si quería limpiarse sus zapatos.

-No… Ya las limpio yo. Es que hay que limpiarlas con un producto reparamuebles. Es lo que me dijo la mujer.

Sebastián se quedó mirando las botas con cara de insulto, como diciendo: “¡A mí me van a decir ustedes con qué se tiene que limpiar!”. Pero era un profesional. Se limitó a encogerse de hombros y a decir:

Vos dirás si querés que el trabajo se lo haga yo. Esto que aquí ve es gamucita. Esto otro es piel. Hay que limpiarlo un poquito con esto -sacó de nuevo el papel de lijar-, y luego se le pone esto -otra crema diferente de la mía-. Ante tal aplomo, Marc se vio desarmado, y accedió. Entonces Sebastián comienza de nuevo el ritutal del piecito por aquí piecito por allá, mientras nos cuenta que es minusválido -nos enseña una cicatriz muy fea que le recorre el brazo, fruto de un accidente que sufrió con 18 años-, y que van a escuchar misa a una iglesia muy chiquita, donde hay un sentido de comunidad muy importante.

-Tenemos suerte -asegura-. Yo es que no le pido nada a Dios, sólo trabajo para sacar adelante a mi familia. Y del gobierno no quiero nada. Tendrían que pagarme una pensión de minusvalía, pero ya ven cómo no tengo problema. Lo hago todo utilizando las dos manos.

Nos muestra una vez más la herida y veo que tiene la mano derecha sin abrir del todo, casi con forma de muñón. Sin embargo, maneja sus herramientas con naturalidad.

-No le pido nada a nadie. Solo trabajar.

Al decir esto da por concluido el trabajo, empieza a recoger las cosas y le pago, con propina incluida por la historia que me ha regalado. Da las gracias rápido, se levanta y se despide de nosotros. No había caminado ni unos metros cuando se detiene, se da la media vuelta y nos dice socarronamente:

-Disfruten de Messi. Ustedes que pueden.

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Pedro Bohórquez, el falso inca de origen andaluz

cachi-valles-calchaquiesHay un personajillo curioso en la historia de los calchaquíes. Supe de él cuando fuimos a visitar Cachi y los valles calchaquíes en busca de otro tipo de paisaje. Al pernoctar en Cafayate, pasamos por delante de la biblioteca pública y echamos una ojeada: una sala pequeñita, con pupitres de madera y tapetes verdes. Dentro, los ojos sabios de una anciana con rasgos indígenas se cruzaron con los míos, y busqué rápido en mi memoria algún libro que me pudiera prestar.

-¿Tiene algo sobre la historia de los calchaquíes?

-Mmm. Sólo tengo este libro sobre el segundo levantamiento contra los españoles…

-Me parece bien.

Nos sentamos en una de esas mesas-santuario y abrí el viejo libro con cuidado, con miedo de que se me pulverizara entre las manos. Al instante la historia se proyectó ante mis ojos; las imágenes llenaron la pequeña habitación, y oía los gritos de los indios y los lamentos de las indias, y al fondo apareció una figura peculiar con ropajes ricos, moreno de tez pero sin rasgos indígenas. Dijo llamarse “el redentor de la raza”, Pedro Bohórquez, descendiente de los incas.

***

valles-calchaquiesDesde los primeros tiempos hubo levantamientos indígenas contra los invasores. En la provincia de Catamarca vivían tribus como los quilmes, los pacciocas, los hualfines, tucumangastas, saujiles o huasanes, entre otros muchos. A todos ellos se le denominaban en su conjunto calchaquíes. En la serranía de estos valles donde nos encontramos había una barrera infraqueable para los soldados españoles, puesto que se enfrentaban a una lluvia de flechas caídas del cielo. Por eso preferían pelear en los llanos. Así, con sólo 50 hombres de caballería podían vender fácilmente a un ejército entero de los indios.

En este contexto, un joven natural de Arahal (Sevilla), desembarcó en el Nuevo Mundo cuando contaba con 18 años. Para ganarse la vida echó mano de toda suerte de artimañas, que en gran medida tenían que ver con su gran capacidad de persuasión y oratoria. Aprendió los ritos, las costumbres y la lengua de los indios y se convirtió en un ser un tanto extraño, que los españoles acabaron marginando. Estaba deseoso de vivir una vida de aventuras, y a fe que la tuvo, puesto que se pasó media vida huyendo de las autoridades españolas. En 1656 legó a Tucumán, después de un largo rosario de empresas de exploración que fracasaban, promesas de descubrimiento de riquezas que no se cumplieron y embustes que soltaba de manera natural. Cuando tenía 55 años se inventó el mayor engaño de su vida: dijo ser descendiente de los incas y que estaba dispuesto a liberarlos del yugo de los españoles. Los indios se ilusionaron, y acudían a verlo desde todos los sitios.

valles-calchaquies2En cuanto a los españoles, a pesar de que su mala fama hizo fruncir el entrecejo a algún eclesiástico, no fue suficiente para detenerlo. Los lugares recónditos bañados de riquezas eran tan tentadores, que las autoridades españolas aceptaron un encuentro con él. En la entrevista, el falso inca apareció ricamente ataviado y con un séquito de indios, mientras el gobernador le recibía por su parte con fiestas y cortejos. Le había prometido el sometimiento de los indios a la Corona y su evangelización.

Lo cierto es que esta amistad a dos bandas no podía durar eternamente, y el falso inca acabó encabezando la II Gran Sublevación. Los españoles vencieron, y Pedro Bohórquez, el más torpe buscador de tesoros, acabó siendo ejecutado en la cárcel de Lima en 1667. Al día siguiente su cabeza fue expuesta en el puente para que sirviera de escarmiento. Dicen que los indios bajaban la cabeza y lloraban, desconsolados por haber perdido su última oportunidad de alcanzar la libertad.

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Gauchito Gil, el Robin Hood de Argentina

humahuacaCada nación tiene sus héroes populares. En el caso de Argentina, hay uno especialmente curioso, un hombre corriente que se venera como un santo. Le dicen Gauchito Gil, y era un gaucho llamado Antonio Mamerto Gil que nació en el siglo XIX en la provincia de Corrientes, aunque su vida transcurre entre la realidad y la leyenda, y hay diferentes versiones de su fecha de nacimiento, así como de su muerte.

Conduciendo por la carretera, sobre todo por la provincia de Salta, no dejábamos de ver pequeños altarcitos decorados con cintas rojas, en los que a veces te encontrabas urnas de cristal y dentro la que parecía ser la figura de un santo. Pero no era un santo, no. La Iglesia católica no lo reconoce como tal, aunque el argentino devoto y supersticioso acude a su tumba a rezar, le hace peticiones y le pone velitas. Y cada año, una multitud de 200.000 personas peregrina hasta su tumba.

quebrada-cuesta-del-obispo-de-humahuacaGauchito Gil era un soldado. Le tocó luchar en el enfrentamiento de liberales -a los que llamaban celestes- contra autonomistas -los colorados-. Como ocurrió en España con la Guerra Civil, hubo muchos casos en los que a republicanos de corazón les obligaban a luchar en el otro bando, y a la inversa. Antonio Gil era colorado hasta la médula, y a la primera de cambio huyó. La historia oral dice que se refugió con algunos compañeros con los que formó una banda que robaba a los ricos para dárselo todo a los pobres. Al pueblo le encanta eso, un héroe generoso que les dé esperanza y que imparta algo de justicia social, cuando lo que se ve a tu alrededor es justo lo contrario.

Foto: La Gaceta

Foto: La Gaceta

Primero fue la admiración, luego la leyenda y, por último, la adoración religiosa. Gauchito Gil acabó ajusticiado, colgado cabeza abajo de un algarrobo, porque dicen que así evitaban sus poderes hipnóticos. No hay santo sin milagro, y así, Gauchito tenía que hacer uno. Cuenta la historia que cuando lo iban a ejecutar, le dijo a su verdugo que su hijo se pondría muy enfermo, pero que si cuando llegara a casa rezaba por su alma y volvía para darle sepultura, el hijo sanaría. Así ocurrió, y el verdugo regresó hasta donde lo había ejecutado para enterrar sus huesos.

grandes-salinas-susquesNosotros seguimos la carretera de Susques hasta la Quebrada de Humahuaca, donde vemos las Grandes Salinas, y pueblos pintorescos como Purmamarca, con su cerro de los Siete Colores y su algarrobo centenario; Tilcara, donde pegamos precariamente el espejo retrovisor para que no dé más la lata, y Humahuaca, donde esperamos encontrar un poco de paz a 3.000 metros -aún me noto un poco mareada-. Pueblos pobres, sobre todo el último, que nos impactaron por su situación de abandono. Marc me dijo dos o tres veces: “¡no tienen nada..!” Es como si el gobierno los hubiera excluido de su plan de inversiones; al fin y al cabo el turista no sale de las tiendas de artesanía y las calles adoquinadas.

tilcaraEsperamos que el Gauchito nos proteja en la carretera. Dicen que cuando pasas por uno de sus santuarios debes tocar el claxon repetidamente, so pena de quedarte varado en un atasco o no llegar vivo a tu destino. Pasamos por varios. Las cintas y la banderas rojas ondean al viento. Nadie osa ahora desafiarlo. Ni los ingenieros que construían la carretera que pasa por el punto exacto donde murió colgado. Dicen que las máquinas excavadoras se negaron a funcionar, lo que se interpretó como una señal para que la carretera, en vez de ir recta, hiciera una forzada curva y salvara el lugar. El Gauchito debió pasárselo en grande, desternillándose de risa y medio sofocado bajo una montaña de ofrendas: cabellos humanos, trajes de novia, flores, chales, cigarrillos, estampitas y exvotos de plata.

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Mal de altura en Susques. Dormir a más de 3.600 m sobre el nivel del mar

susquesEscribo desde la habitación de una pensión solitaria en un pueblo polvoriento que se llama Susques, en la provincia de Jujuy y en pleno altiplano argentino. Marc está indispuesto. Hemos llegado a este pueblo con la noche ya consumada, buscando hostales que no existen y hoteles cerrados. Por fin, varias personas en el pueblo nos van extendiendo sus brazos hacia una dirección. Son parcos en palabras pero amables, así que vamos siguiendo el rastro de sus brazos extendidos, doblando una cuadra, avanzando otra, sin poder leer los rótulos porque no hay farolas, ni tan sólo un candil. Yo me voy bajando y hablando con los lugareños. Por fin veo un cactus enorme levemente iluminado, dejamos el coche, arropo a Marc que tirita y se queja de migrañas. Mañana estará mejor, me consuelo, seguro que es mal de altura. Me siento terriblemente sola en este pueblo oscuro.

susques-jujuyCuando amanezca recorreremos el pueblo y compraremos agua, que, como las hojas de coca, es muy importante para combatir el mal de altura. En el camino, cuando Marc se ha sentido mal, hemos frenado y nos hemos echado a un lado, haciendo saltar los ripios del camino. Yo no he tenido nada para darle. Unos kilómetros atrás le habíamos regalado toda nuestra agua -cuatro litros- a un pobre hombre que viajaba con un niño y había sufrido un calentón. “Gracias, compadre”, nos dijo. También él, como nosotros, espera para mañana un día mejor.

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ruta40 susquesNoto un dolor de cabeza intenso en la nuca, y la sensación de que no pudo respirar. Con el paso de las horas, el mal se desplaza a la parte alta de la cabeza, y siento una desazón, como un leve mareo provocado por unas curvas. Puedes tener náuseas, pero no es mi caso. Aunque no sea del todo real, la sensación de asfixia es un poco alarmante; tienes que tener sangre fría y controlar los nervios. Sabes que tu cuerpo está luchando por aclimatarse, fabricando glóbulos rojos a ritmos forzados. Me miro las manos: blancuzcas de resecas. Inspiro profundamente y dejo ir el aire lentamente, y después trato de dormir, pero el insomnio es otro de los síntomas. Renuncio a escribir el post; simplemente me entretengo tecleando porque las horas pasan y pesan, y pienso cosas malas. ¿Tendrán médico en este pueblo? ¿Podremos volver descendiendo? ¿Cómo estaremos mañana? Mañana, qué lejos queda mañana…

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