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Japón fuera de ruta: en bici por las islas de la Shimanami-Kaido

onomichi-mapaSienta bien, cuando estás en el ecuador de tu viaje, escaparte de las rutas marcadas y hacer algo diferente. Algo como coger una bici y pedalear durante horas, sintiendo la libertad y el paisaje; mirando más despacio, deteniéndote. Contemplando con otros ojos, porque mirar con ojos de ciclista implica sentirte más pequeño y vulnerable, y apreciar las pequeñas cosas que normalmente tenemos al alcance de nuestra mano: una botella de agua, un poco de comida, un gorro que te tape el sol…

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La ruta completa, para los campeones, son 70 kilómetros. Nosotros hemos hecho justo la mitad y hemos recorrido tres islas, pero con más tiempo o mejor formación física -que no la mía de miseria- se atraviesan seis islas y un total de siete puentes, cada uno diferente del anterior, con vistas espectaculares del Mar Interior japonés. Hay gente que se lo toma con calma y pernocta a medio camino, monta su tienda de campaña y la planta en un camping designado para ciclistas, ¿no suena maravilloso?

onomichi3Pero aún hay más. Esta ruta se diseñó pensando en quienes quisieran recorrerla en bicicleta, así que el camino es una delicia, sólo hay que seguir, como en El Mago de Oz, el camino de baldosas amarillas, que en este caso es una línea azul que zigzaguea, a veces tuerce a la izquierda o la derecha y casi siempre se pierde en el horizonte.

En Onomichi, el punto de salida, hay incluso un hotel para ciclistas, en el que dicen que se puede meter la bici en la habitación. Hay aseos para los viajeros sobre ruedas -marcados con el símbolo de la bici- y un ferry, por ejemplo a mitad de camino, en el que te llevan a ti y a tu vehículo a la mainland.

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Hemos comentado que esta ruta nos parecía una señal de lo avanzada que está una sociedad. La prodigiosa ingeniería de los puentes, pero también el cuidado al ciclista; el carril bici que discurre separado de la autopista, recorriendo pueblos pesqueros, campos de cítricos, barrios residenciales, huertas, escuelas, templos…

La subida a los puentes es muy fatigosa, no en vanos estos prodigios humanos se encuentran a casi cien metros de altura. Pero cuando lo consigues sientes cierta euforia íntima, una descarga de adrenalina que te da ánimos para seguir a buscar el siguiente puente, y así seguirías hasta Imabari, a la que llegarías tras haber atravesado el Kurushima Kaikyo, uno de los puentes en suspensión más largos del mundo.

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En estas islas están acostumbrados a los ciclistas y te saludan amablemente al pasar. Una inclinación de cabeza y a veces una leve sonrisa. Sólo los niños se sorprenden. Por eso me divierto cuando paso junto a ellos y les suelto “¡konnichiwa!”.

Pasamos rápido con las bicis, pero aún alcanzo a ver cómo se nos quedan mirando y se ríen, tapándose sus boquitas con las manos y balanceando sus piernas mientras esperan el bus.

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