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Miyajima, la isla donde está prohibido morir

miyajimaAunque parezca mentira, aún hay lugares en el mundo en que está prohibido morirse. Uno de esos lugares es la isla de Miyajima, que con su torii bermellón surgiendo del agua, es una de las estampas más famosas de Japón. Esta isla sagrada recibe también el nombre de “Itsukushima” e incluso el de “la isla de los dioses y los hombres”.

¿Por qué construir un santuario flotante en medio del mar? Dicen que el santuario se consagró a la diosa guardiana del agua. Por eso el torii, construido con madera de alcanforero, de casi 17 metros de altura y pilares que se sostienen sobre la arena por su propio peso, está literalmente en el mar, a 200 metros del santuario. Cuando la marea sube, el mar lo engulle y aparece flotando; cuando está baja, es posible llegar hasta su base, pisando la arena que huele a salitre, a algas y cangrejos marinos.

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Es habitual esperar la puesta de sol en la isla, mientras te rodean los ciervos salvajes que bajan de los bosques a ver si pueden robarte alimento -también están considerados sagrados- y la gente va marchando, poco a poco, a coger el ferry de vuelta.

Los últimos en dejar la isla son los que bajan a la playa a hacer fotos del torii y lanzar monedas al mar. Es entonces cuando se encienden las luces de tierra firme, y un foco ilumina de lejos la famosa puerta roja, haciendo la atmósfera más irreal.

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No hay que morirse aquí, aunque se tenga la tentación. La isla ya se consideraba un terreno sagrado en el remoto siglo VI, cuando la religión incipiente mostraría la existencia de un lugar sagrado con poco más que un árbol o una piedra, como habría sido en el sintoísmo más básico y desnudo, el primigenio.

Como lugar sagrado que es, la isla debe mantener su pureza, por lo que desde el año 1978 no se permiten ni muertes ni nacimientos. Las mujeres embarazadas que tienen ya un nivel avanzado de gestación deben abandonar la isla; también los ancianos y los que estén muy enfermos.

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La única batalla que se vivió en Itsukushima fue la batalla de Miyajima de 1555, que dejó la isla sembrada de cadáveres. El comandante que resultó vencedor ordenó inmediatamente retirar los cuerpos y llevarlos al continente; todo un ejército se esmeró en limpiar toda la sangre derramada, retirar el suelo manchado e incluso frotar los edificios. Hicieron como que no pasó. Pero lo cierto es que la isla ha sufrido la ira de la naturaleza y diversos desastres naturales han obligado a reconstruir el santuario de Itsukushima muchas veces. Quizás el recurso de la limpieza compulsiva tras la batalla no acabó de convencer a los dioses…

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Japón. La paz en el jardín de un sogún

JA-PÓN. Pronuncio en voz alta la palabra y me viene a la mente el gong que hacen las campanas en los templos sintoístas.

El viajero de Occidente, a pesar de su escepticismo, adquiere en esta tierra exquisita cierto nivel de espiritualidad, se siente cerca del Paraíso pero con tintes exóticos; un paraíso en el que los jardines te envuelven con el olor a hierba recién cortada y el verde aparece, intermitente, a los ojos. Un paraíso en el que el canto de los pájaros te acompaña en tu deambular -ellos escondidos en las copas de los árboles, tú recorriendo las veredas acotadas que la suprema corrección nipona prohíbe traspasar-.

Hama-rikyu Onshi-teien

Lo mejor de hoy ha sido descansar en Hama-rikyu Onshi-teien, con vestigios de lo que un día fue el jardín de un palacio sogunal. Ahora los patos zambullen sus cabezas en el lago, y todo parece un decorado de lo que sería el Paraíso en una mente oriental, con sus casitas de té alzándose coquetas en medio de la frondosa vegetación, sus pinos de 300 años y hortensias orgullosas.

Aquí hemos cambiado el trasiego del mercado de pescado de Tsukiji -la mayor lonja de pescado del mundo- por la quietud del parque; la imagen de los cangrejos-rey sin dueño, mirándonos desde sus cajones de vidrio, por el verde, limpio y ordenado silencio.

Casi te sobresaltas cada vez que los cuervos -magníficos ejemplares de medio metro que graznan, desafiantes, mientras dan saltitos en la hierba- bajan de los árboles centenarios.

rio-sumida-tokioHemos querido detener un poco el tiempo mientras el aire erizaba la piel del río Sumida-gawa. Tres viejecitas japonesas se relajaban en el banco de al lado: una hacía estiramientos con los brazos; otra luchaba contra las hormigas; la última estaba asomada al río y miraba hacia el horizonte con una serena sonrisa en los labios.

Era la más bella. Sumamente delgada, blanca y frágil, sus pequeños ojos se alargaban dibujando una raya menuda en el mármol de su cara. Estaba descalza, y su falda blanca dejaba ver sus huesudas piernas hasta la altura de las rodillas. Miré en la dirección que ella miraba, pero yo nada vi.

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Me fascinaron sus suaves movimientos, el modo en el que se frotaba las plantas de los pies con el suelo o se asomaba al agua, agarrándose a la baranda con ambas manos, con sus labios pintados de rojo sin dejar de sonreír. Como una niña que jugaba…

calle-tokioFinalmente, cuando regresó con sus compañeras se sentó con las rodillas flexionadas, los pies apoyados sobre el banco de madera. Las rayas de sus ojos se hicieron casi imperceptibles. Se durmió.

Entonces pensé que buena parte de la esencia de Japón se podía resumir en esa anciana que buscaba en ese parque su paz y su descanso, y que un barquito en la lejanía la hacía feliz. (Sí. En efecto. Finalmente, lo descubrí).

 

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