Archivo mensual: agosto 2013

Suzhou: la ciudad que cautivó a Marco Polo

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En 1298, un prisionero de guerra tenía fascinados a todos sus compañeros en su cárcel genovesa. Era Marco Polo. En otro tiempo había hecho un largo viaje por tierras de Oriente, durante el que conoció al emperador de los mongoles, visitó palacios, templos dorados y minas de rubíes. Tanta fama llegó a tener, que sus coetáneos acudían a la prisión sólo para oírle hablar de aquellas maravillas.

Hay mucha leyenda en torno a estos exóticos viajes, pero parece ser que una de las ciudades que más le impresionaron fue Suzhou, surcada por canales, que al mercader le recordaban a su Venecia natal, por lo que dicen que la bautizó como “la Venecia de Oriente”. Actualmente hay que reconocer que ha perdido parte de su encanto, puesto que sólo quedan un par de ellos y el resto se ha convertido en calles transitables. No obstante, pasear por esta ciudad ya merece la pena para escaparse del bullicio de Shanghai. Suzhou propone la calma y la meditación en cualquiera de sus magníficos jardines cargados de historia.

Nosotros visitamos el Jardín del Administrador Humilde, que ocupa nada menos que más de cinco hectáreas, y te ofrece estampas muy bellas de estanques con plantas acuáticas gigantescas, pabellones, casa de té, pasarelas tortuosas y laberínticas, colecciones increíbles de bonsáis, juegos de agua y música tradicional china como banda sonora de fondo.

Por la noche paseamos por una de las vías más antiguas de la ciudad: Pingjian Lu, una callecita peatonal que bordea el canal y en la que hallas la esencia de la Suzhou de entonces. Nos detuvimos en un puestecito cualquiera y pedimos un surtido de las deliciosas húntün, unas bolas de masa que tienen formas, tamaños y colores diferentes. La cocina china tenía, aún, muchas cosas preparadas para sorprendernos. Casi te sonrojas cuando piensas en los rollitos de primavera y el arroz tres delicias que se cree que se come aquí. Una vez más, el viaje te abre los ojos. Ahora eres consciente de que al volver sabrás descubrir mejor los engaños.

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El tren más poblado del mundo

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Vamos a bordo de un tren camino de Suzhou. Viajamos al estilo chino: sin asiento asignado. En realidad no ha sido premeditado, pero como ni nuestro inglés ni el de la empleada china de la estación eran muy buenos, esto ha sido lo único que hemos podido conseguir. El trayecto sólo dura una hora y media, pero ¡qué larga! Preguntamos a dos o tres pasajeros para encontrar nuestro vagón, pero una vez allí, no sabíamos dónde ubicarnos. Somos los únicos extranjeros, y los chinos se divierten mirando nuestra cara de desconcierto. Aún buscamos como dos ilusos nuestras butacas, mientras nuestra maleta ocupa totalmente el estrecho pasillo y un empleado del tren espera pacientemente que nos apartemos para pasar con el carrito de comida.

No hay ni un asiento libre, y mucha gente está de pie como nosotros. Hay adultos y jóvenes que charlan animadamente, familias enteras con niños pequeños que sorben con parsimonia sus fideos calientes, adolescentes coquetas y bártulos, muchos bártulos. No hay sitio ni para quedarse en vertical. Cada vez que pasa el carrito con las bebidas y la sopa de noodles, nosotros nos apretujamos como podemos, casi me siento encima de los otros viajeros. Entonces lucho por convertirme en un papelillo de fumar, pienso en algo liviano y contengo la respiración… Es agotador. El carrito pasa una vez y otra y otra, tropezando con las maletas que ya no caben en los compartimentos superiores y se dejan bajo los asientos.

No esperábamos ninguna clase de compasión por parte de nuestros acompañantes, pero un joven que nos ha estado observando calladamente nos explica ahora, como puede, que nos han vendido un billete para ir de pie, pero que nos deja el suyo porque él se apea en una estación intermedia. Este gesto lo agradecemos como si nos hubieran dado de beber en medio del desierto. A todo esto yo había conseguido también un asiento que se había desocupado, lo cual mejoró nuestra situación, porque me puse la maleta entre las piernas -obligando a una señora a que quitara por fin sus pies descalzos de mi asiento mullido-, y ahora era Marc el único que obstaculizaba el pasillo. Durante unos momentos fuimos felices, pero pronto regresó el chico que había ido a por agua y el chino que iba a mi lado me dijo, riendo, que el asiento no era mío. Obviamente se lo devolví, y así seguimos, alternando ratos en pie y ratos sentados, en función de que los viajeros se levantasen para ir al baño o calentarse la sopa. A estas alturas ya hemos comprendido que esta práctica es común en China cuando se viaja en tren. Cuando van varias personas juntas, incluso para largas distancias, es frecuente que compren sólo uno o dos asientos y literas y que se las vayan dejando por turnos. El resto se apaña como puede de pie o sentados en el suelo.

Los trenes de China deben ser los más poblados del mundo, o al menos esa sensación tenemos. El espacio se aprovecha al máximo, y cuando ya parece que no sabe ni un alfiler, puede aparecer una abuelita cargada de cubos de plástico y maderas -¡a saber para qué!-, y entonces la lía. Esto parece ser demasiado hasta para ellos mismos, y la gente ríe cuando una vez más el carrito de la comida pide paso. La viejecita tiene la frente cubierta de gotitas de sudor; lleva una camisa blanca rajada y para más inri viaja con su nietecito, que ajeno al apuro de la abuela, ya se ha acomodado en su asiento con satisfacción.

Finalmente, el personal acude en su ayuda y le guarda los tablones y los cubos. Y así los últimos quince minutos transcurren algo más tranquilos a bordo de este tren, del que podría decirse que no es apto para claustrofóbicos. 

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El mirador más alto está en Shanghai

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El mirador más alto del mundo está en Shanghai. Aunque no es el rascacielos más alto del planeta, sí ostenta este récord en cuanto a su observatorio, situado en la planta 100 del Shanghai World Financial Center y con impresionantes pasarelas de cristal que recorres para ver la ciudad a tus pies. Visitamos el Pudong de noche, intentando adivinar qué edificio ganaba en altura. A ras del suelo es imposible saberlo, incluso la vista te engaña con ilusiones ópticas. Actualmente el rascacielos más alto del mundo está en Dubai, pero Shanghai, que no quiere quedarse atrás en la lista de los récords Guiness, está culminando ya las obras del que será el segundo rascacielos más cerca del cielo: la Shanghai Tower, cuyas obras acabarán en 2015.

Resulta curiosa esta competencia por la altura, este gusto por las etiquetas “el más…”, tanto derroche de soberbia… En Pudong, los ricos de la ciudad se pasean con sus bolsas de ropa de marca y sus ojos ocultos tras las gafas de sol. Pero sólo a dos paradas de metro, una vez que se cruza a la otra orilla del río, la escena ya es bien diferente: motos que circulan sin luz y transportan a tres pasajeros -sin casco, por supuesto-, conductores que se protegen del sol con una toalla sobre la cabeza, tenderos que dormitan en una butaca en el medio de la acera, torsos desnudos por doquier, transeúntes que escupen a tu lado, hedores varios. Pero como ya es el tercer día en Shanghai, esas cosas ya no te molestan, e incluso agradeces pequeños gestos de deferencia hacia ti, que no eres más que un turista desorientado, un insignificante mosquito en la ciudad más poblada del mundo.

También asombra el caos del tráfico, que me recuerda a El Cairo. En ambas ciudades tienes la sensación de que la vida humana vale muy poco; la sensación se inseguridad viene dada porque aquí no importa de qué color esté el semáforo. En cualquier momento pueden embestirte, por la izquierda o la derecha, motos silenciosas o ciclistas que circulan en sentido contrario. El tránsito de coches, motos, bicis y rickshaws prácticamente se regula a sí mismo, las normas básicas de circulación son muy laxas, y para integrarte debes hacer como ellos: lanzarte a correr por las grandes avenidas, esquivando a los vehículos o siguiendo a los autóctonos.

Entre otras lecturas que me acompañan en este viaje se encuentra el relato del viaje a la China del escritor Vicente Blasco Ibáñez, englobado en su libro La vuelta al mundo de un novelista. Resulta muy interesante leer las descripciones que realiza de Shanghai, a la que llega en 1923, en una época en la que el país había terminado hacía unos años con la última dinastía de emperadores. Blasco Ibáñez llega a bordo de un barco surcando el río Yangtzé, el río Azul. Eso sí que era una aventura. En aquel Shanghai de principios del siglo XX pululaban cortesanas con sus vestidos floreados y sus caras de muñequitas de porcelana; frailes y sacerdotes ingleses, norteamericanos, franceses o españoles destinados a extender la propaganda católica o la protestante; cónsules, profesores, escritores, leprosos y mendigos. Sólo unos años después de su visita, la ciudad ya ostentaría el título de quinta ciudad más grande del mundo y hogar de 70.000 extranjeros.

Mucho ha cambiado Shanghai, aunque en esencia sea la misma. Ahora a nosotros se nos antoja también explorar un poco de la región del Yangtzé, así que cogemos un tren hasta Suzhou, que nos concede un respiro a la locura de la metrópoli. Comprar un billete por cuenta propia ya es en sí una hazaña, pero esta… ya es otra historia.

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1er día en Shanghai: de bruces con la censura

ImagenSi estás leyendo estas líneas es porque una persona generosa desde España me está ayudando a publicar. Una cosa que he aprendido nada más llegar a China es que librarnos de nuestro etnocentrismo es más difícil de lo que parece. Hemos llegado a un país con un control férreo de la libertad de expresión y de prensa sin acabar de creérnoslo del todo. Sabíamos que hace unos tres años el gobierno chino prohibió el acceso a las redes sociales y capó multitud de webs que consideró perniciosas, pero no le dimos suficiente importancia. Quizás pensamos que con un ordenador americano y un servidor europeo estaba todo hecho, pero nada más lejos de la realidad. Nuestro primer día en Shanghai se ha visto condicionado por una sensación de aislamiento del mundo exterior; por el desconcierto primero y la ansiedad después, ya que casi todo lo que queríamos hacer dependía de internet y la mayoría de páginas que consultábamos no estaban permitidas o la conexión era demasiado lenta. ¿Qué podía esperar de un país en el que pueden confiscarte la Lonely Planet?

“Este país te está diciendo que te olvides de internet”, me dice Marc. “Quizás es lo que tenemos que hacer”. Sí, pero ¿cómo? No se trata sólo de ‘mundo circulante’, sino que resulta difícil hallar una navegación óptima que no te deje tirado en el momento crucial. En algunos lugares con wifi gratuita te solicitan un número de móvil chino para enviarte la contraseña. En ciertos cibercafés -y no encontrarás muchos- te pueden pedir un DNI chino para entrar, lo cual nos excluye a los extranjeros. En el Starbucks conseguí que un amable camarero me dejara su número de teléfono, y así conseguí enviar un mail, pero después de eso los problemas continuaron.

Mi preocupación residía en que sólo teníamos reservada la habitación las dos primeras noches en Shanghai. A partir de ahí, dependíamos de los portales de reserva online. Ahora, por ejemplo, son las cuatro de la mañana y no he conseguido reservar nada, así que me toca amanecer en la ciudad sin saber hoy dónde voy a dormir.

***

Shanghai tiene dos caras. La más moderna, representada por el Bund y los rascacielos de Pudong, y la más tradicional, la de los barrios más alejados del centro. Se ha llegado a decir de esta ciudad que era la París de Oriente o la Nueva York de China. Aunque efectivamente destaca por su modernidad, las comparaciones son odiosas.

Lo primero que visitamos fue la People’s Square, una plaza de enormes dimensiones que era como una isla rodeada de un tráfico infernal. Allí se encuentra el museo de Shanghai y pueden verse las siluetas de los rascacielos de Pudong recortadas sobre el cielo turbio. No en vano parece que 18 de las 20 ciudades más contaminadas del mundo están en China, y en eso Shanghai no es una excepción. El gobierno chino es consciente de ello, y parece que alguna medida está tomando en este sentido, puesto que si bien Shanghai es una jungla de asfalto donde el peatón no tiene ninguna prioridad y los cláxones no descansan, curiosamente casi todas las motos son eléctricas.

En nuestra primera jornada turística nos dedicamos a deambular, tomándole el pulso a una urbe que huele fuertemente a especias, con ese olor tan característico de Asia. Por la noche es más intenso, y si te pierdes por los callejones confundes los aromas de las cocinas, la basura y la humedad. No te cruzas con occidentales hasta que no paseas por la concesión francesa, con sus boutiques más chics y galerías comerciales de artesanía y recuerdos. Cenamos en Sichuan Citizen, un local de moda de comida típica sichuanesa, y sólo allí escuchamos acento español.

La percepciones que tengo vienen determinadas por el hecho de que aquí todo es muy diferente. Que no puedas comunicarte en inglés hace que cualquier pequeño gesto cotidiano sea una aventura, algo tan nimio como comprar un bote de champú u orientarte en un mapa. Todo resulta difícil, lejano, ajeno. Y esa sensación de extrañeza te repele y te seduce a partes iguales.

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China, el despertar del dragón

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Hemos llegado a China un poco por casualidad. Por una serie de razones que se fueron concatenando, hemos aterrizado en Shanghai. Hoy ha sido uno de esos días de transición en los que vas desgastando las horas de tanto usarlas. En los aeropuertos los segundos cuentan y los minutos se alargan. El día es infinito; la noche, un duermevela confuso tejido de vagas ensoñaciones, dolor de cabeza, calor y frío, voces lejanas, pasos, trasiego, silencio, añoranzas.

Hemos intentado dormir en el aeropuerto de Moscú, en un vano intento de sacarle partido a la escala de 10 horas que nos ha dejado tocados para el resto del viaje. Moscú es centro neurálgico de numerosos vuelos internacionales, algo que se ve, por ejemplo, en la cantidad de usuarios que pasan la noche en sus zonas habilitadas. Como si de un campamento de refugiados se tratara, los viajeros se acomodan sobre la moqueta, sacan sus esterillas y mantas, y allí, con el canturreo martilleante de los anuncios por megafonía, se abandonan al sueño. Nosotros no íbamos tan bien preparados: el aire acondicionado estaba demasiado alto y el suelo nos pareció excesivamente duro para nuestras espaldas. Así que pronto entramos en ese estado de irritación propio del cansancio, la fatiga y la desorientación: ya no sabíamos qué hora era en España, ni tan siquiera si nos tocaba dormir o comer.

Sobrevolar el espacio aéreo tampoco es que fuese demasiado agradable. Entre chinos que parecían utilizar nuestros asientos como sacos de boxeo y rusos borrachos -y vomitones-, finalmente acabé por conseguir cerrar los ojos. Cuando desperté, el dragón estaba allí. Shanghai nos guiaba hasta el aeropuerto de Pudong con sus constelaciones de luces pequeñitas, especialmente bellas en esta noche de húmeda y cálida. Líneas rectas, diagonales, curvas sinuosas por donde circulan, aún a estas horas, el tráfico rodado de la metrópoli, y poliedros altivos que dibujaban las industrias, los comercios y el dinero de la ciudad más cosmopolita de China. Era el espinazo de neón del dragón, que parecía dormir en la negrura de su cueva.

Para algunos analistas, este dragón es símbolo de un crecimiento económico digno de admiración; para otros, es una bestia que en poco más de una década podría acabar de engullir a Occidente.

Ahora me vence el sueño. Mañana, con el fulgor del día, veremos si hacemos salir a la criatura de su madriguera para que brille para nosotros.

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