Archivo mensual: agosto 2013

1er día en Shanghai: de bruces con la censura

ImagenSi estás leyendo estas líneas es porque una persona generosa desde España me está ayudando a publicar. Una cosa que he aprendido nada más llegar a China es que librarnos de nuestro etnocentrismo es más difícil de lo que parece. Hemos llegado a un país con un control férreo de la libertad de expresión y de prensa sin acabar de creérnoslo del todo. Sabíamos que hace unos tres años el gobierno chino prohibió el acceso a las redes sociales y capó multitud de webs que consideró perniciosas, pero no le dimos suficiente importancia. Quizás pensamos que con un ordenador americano y un servidor europeo estaba todo hecho, pero nada más lejos de la realidad. Nuestro primer día en Shanghai se ha visto condicionado por una sensación de aislamiento del mundo exterior; por el desconcierto primero y la ansiedad después, ya que casi todo lo que queríamos hacer dependía de internet y la mayoría de páginas que consultábamos no estaban permitidas o la conexión era demasiado lenta. ¿Qué podía esperar de un país en el que pueden confiscarte la Lonely Planet?

“Este país te está diciendo que te olvides de internet”, me dice Marc. “Quizás es lo que tenemos que hacer”. Sí, pero ¿cómo? No se trata sólo de ‘mundo circulante’, sino que resulta difícil hallar una navegación óptima que no te deje tirado en el momento crucial. En algunos lugares con wifi gratuita te solicitan un número de móvil chino para enviarte la contraseña. En ciertos cibercafés -y no encontrarás muchos- te pueden pedir un DNI chino para entrar, lo cual nos excluye a los extranjeros. En el Starbucks conseguí que un amable camarero me dejara su número de teléfono, y así conseguí enviar un mail, pero después de eso los problemas continuaron.

Mi preocupación residía en que sólo teníamos reservada la habitación las dos primeras noches en Shanghai. A partir de ahí, dependíamos de los portales de reserva online. Ahora, por ejemplo, son las cuatro de la mañana y no he conseguido reservar nada, así que me toca amanecer en la ciudad sin saber hoy dónde voy a dormir.

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Shanghai tiene dos caras. La más moderna, representada por el Bund y los rascacielos de Pudong, y la más tradicional, la de los barrios más alejados del centro. Se ha llegado a decir de esta ciudad que era la París de Oriente o la Nueva York de China. Aunque efectivamente destaca por su modernidad, las comparaciones son odiosas.

Lo primero que visitamos fue la People’s Square, una plaza de enormes dimensiones que era como una isla rodeada de un tráfico infernal. Allí se encuentra el museo de Shanghai y pueden verse las siluetas de los rascacielos de Pudong recortadas sobre el cielo turbio. No en vano parece que 18 de las 20 ciudades más contaminadas del mundo están en China, y en eso Shanghai no es una excepción. El gobierno chino es consciente de ello, y parece que alguna medida está tomando en este sentido, puesto que si bien Shanghai es una jungla de asfalto donde el peatón no tiene ninguna prioridad y los cláxones no descansan, curiosamente casi todas las motos son eléctricas.

En nuestra primera jornada turística nos dedicamos a deambular, tomándole el pulso a una urbe que huele fuertemente a especias, con ese olor tan característico de Asia. Por la noche es más intenso, y si te pierdes por los callejones confundes los aromas de las cocinas, la basura y la humedad. No te cruzas con occidentales hasta que no paseas por la concesión francesa, con sus boutiques más chics y galerías comerciales de artesanía y recuerdos. Cenamos en Sichuan Citizen, un local de moda de comida típica sichuanesa, y sólo allí escuchamos acento español.

La percepciones que tengo vienen determinadas por el hecho de que aquí todo es muy diferente. Que no puedas comunicarte en inglés hace que cualquier pequeño gesto cotidiano sea una aventura, algo tan nimio como comprar un bote de champú u orientarte en un mapa. Todo resulta difícil, lejano, ajeno. Y esa sensación de extrañeza te repele y te seduce a partes iguales.

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China, el despertar del dragón

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Hemos llegado a China un poco por casualidad. Por una serie de razones que se fueron concatenando, hemos aterrizado en Shanghai. Hoy ha sido uno de esos días de transición en los que vas desgastando las horas de tanto usarlas. En los aeropuertos los segundos cuentan y los minutos se alargan. El día es infinito; la noche, un duermevela confuso tejido de vagas ensoñaciones, dolor de cabeza, calor y frío, voces lejanas, pasos, trasiego, silencio, añoranzas.

Hemos intentado dormir en el aeropuerto de Moscú, en un vano intento de sacarle partido a la escala de 10 horas que nos ha dejado tocados para el resto del viaje. Moscú es centro neurálgico de numerosos vuelos internacionales, algo que se ve, por ejemplo, en la cantidad de usuarios que pasan la noche en sus zonas habilitadas. Como si de un campamento de refugiados se tratara, los viajeros se acomodan sobre la moqueta, sacan sus esterillas y mantas, y allí, con el canturreo martilleante de los anuncios por megafonía, se abandonan al sueño. Nosotros no íbamos tan bien preparados: el aire acondicionado estaba demasiado alto y el suelo nos pareció excesivamente duro para nuestras espaldas. Así que pronto entramos en ese estado de irritación propio del cansancio, la fatiga y la desorientación: ya no sabíamos qué hora era en España, ni tan siquiera si nos tocaba dormir o comer.

Sobrevolar el espacio aéreo tampoco es que fuese demasiado agradable. Entre chinos que parecían utilizar nuestros asientos como sacos de boxeo y rusos borrachos -y vomitones-, finalmente acabé por conseguir cerrar los ojos. Cuando desperté, el dragón estaba allí. Shanghai nos guiaba hasta el aeropuerto de Pudong con sus constelaciones de luces pequeñitas, especialmente bellas en esta noche de húmeda y cálida. Líneas rectas, diagonales, curvas sinuosas por donde circulan, aún a estas horas, el tráfico rodado de la metrópoli, y poliedros altivos que dibujaban las industrias, los comercios y el dinero de la ciudad más cosmopolita de China. Era el espinazo de neón del dragón, que parecía dormir en la negrura de su cueva.

Para algunos analistas, este dragón es símbolo de un crecimiento económico digno de admiración; para otros, es una bestia que en poco más de una década podría acabar de engullir a Occidente.

Ahora me vence el sueño. Mañana, con el fulgor del día, veremos si hacemos salir a la criatura de su madriguera para que brille para nosotros.

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