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El camarero de Tucumán. Una historia de realismo mágico

casino tucuman3Yo tenía una tía abuela que nació en Tucumán. Una foto en sepia tomada frente al Gran Casino lo atestigua. Como Marc, el árbol genealógico familiar torció una rama en un momento determinado para crecer también al otro lado del océano, donde parecía que la vida sonreía al emigrante, que llegaba a una tierra llena de posibilidades. ¡Cuántas maletas llenas de sueños subieron a aquellos transatlánticos!

La tía Aurora nació en Tucumán porque su padre, de nombre Francisco Ruiz, emigró a principios del siglo XX, deslumbrado, como tantos otros, por los destellos de un porvenir que luego se demostró que no era tan próspero. Si los antepasados de Marc salieron de la Pobla, los míos lo hicieron de la Puebla. En las tabernas, cuando el calor del vino subía a las mejillas, salía a relucir lo bien que se vivía en Argentina, donde la gente iba para hacerse rica. Y Francisco Ruiz se fue. La novia, de nombre Antonia, se quedó en tierra viéndolo partir con aquella maletita que prometió regresar repleta de billetes. Pasó el tiempo y él no volvía, pero un día llegó la carta con la que Antonia acudió a la Iglesia para casarse por poderes y reunirse en Tucumán, donde él decía que trabajaba de camarero, con chaleco y pajarita, en uno de esos cafés bulliciosos de la ciudad colonial.

Algpajaro exotico tucumanunos años después vinieron los hijos. Una fue mi tía Aurora; el otro, un niño que no hablaba y que sólo se comunicaba con un pájaro exótico que la familia no supo identificar. ¿Hay algo más bello? Me imagino cómo lo describiría una novela de realismo mágico: “el niño, al que no sabían cómo bautizar porque no querían llamar más a la mala suerte, creció solitario y libre, sin nombre y sin reglas, absorto en su mutismo tenaz e inocente, jugando a perseguir gallinazos. Un día, en el patio de la casa apareció un pájaro de pico corto y plumaje multicolor. El niño lo miró y dijo algo: ito..ito..ito… Y el pájaro le contestó con un chillido similar. A partir de entonces, el ave lo visitaba cada día en el patio; hablaban un rato en su idioma inventado y luego se despedían: ito…ito… Los padres decidieron ponerle Pepito, porque así creían que le llamaba el pájaro, y porque intuían que estaba pronta su hora”.

Efectivamente, el niño murió. Mi tío tiene que estar enterrado en algún cementerio de Tucumán. Por aquí hemos vagado, preguntando por camposantos de principios del siglo XX, persiguiendo fantasmas azules y cándidos, que no quisieron hablar con los de su especie. La historia, verídica, me ha recordado al personaje de Rebeca Buendía en Cien años de soledad, la niña de diez años que no hablaba y creyeron sordomuda, que sufría pataletas y sólo se alimentaba de tierra y cal de las paredes.

cementerio del norte tucuman tumbaLa tumba no la he encontrado, pero por fin he visto qué aspecto tiene la ciudad por la que transitaron mis parientes hasta el día en que Antonia, cansada de tanto “libertinaje”, vistió a mi tía Aurora con sus mejores galas, le puso un mantón de manila y la embarcó para España. Los tucumanos las despidieron llorando, mientras mi tío siguió en el bar, enfermo, llenando la maleta de billetes que después se gastaba en medicinas. La ciudad se quedó un poco más vacía; sin Auroras infantiles, sin Antonias puritanas ni niños mágicos. El pájaro, sí, quizás; el pájaro que quedaría carraspeando retahílas que ya, con el niño muerto, nadie sabe traducir.

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