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Kioto. Rezando con los fieles de la secta

templo-kiotoA Kioto hemos venido haciendo penitencia, en un autobús nocturno que salió de Tokio a las diez y que ha llegado a las seis de la mañana. No hemos dormido apenas nada.

Cuando el autobús ha frenado se han encendido las luces, y así hemos sabido que parábamos en una ciudad importante. Por la hora que es, sabemos que es Kioto, así que bajamos, más dormidos que despiertos, y vamos enfilando la calle en busca de la casa de un japonés que nos aloja. El cansancio es mayor porque sabemos que no podremos entrar hasta las cuatro de la tarde. ¿Qué hacer en Kioto cuando no tienes fuerzas ni para dar un paso?

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Sin comerlo ni beberlo hemos pasado por delante de la majestuosa puerta del Higashi hongan-ji, una de las mayores puertas de templos de Kioto, y mira que hay templos en esta ciudad. La curiosidad ha podido más que el cansancio, y decidimos entrar, animados por una visión muy diferente de las que estamos acostumbrados: un templo desierto, sin turistas; un japonés que riega las gravillas del suelo con una manguera, pacientemente y con pasmosa tranquilidad. Una escalinata de madera negra y, al final, una enorme sala -la segunda estancia de madera más grande de Japón- donde se está celebrando un culto. ¡Una especie de misa a las seis y media de la mañana!

Me he empezado a quitar los zapatos y Marc me mira, sorprendido.

-¿Qué haces?

-Voy a rezar…

Pone cara de no comprender, y cuando creo que se va a reír de mí, veo que se descalza y me sigue. Subimos los escalones despacio mientras la tarima cruje a nuestro paso. Es lo que llaman “suelo de ruiseñor”, lo tienen los templos y los castillos, y sirve para alertar de la llegada de intrusos. Eso somos nosotros, pero a estas alturas qué más me da, tengo un jet-lag de mil demonios, no duermo desde hace dos días y me alimento de sushi de supermercado. Me duele la cabeza pero dentro de poco el sol nos castigará y será peor todavía, así que necesito hacer algo relajado y descansar, descansar…

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Alcanzamos el último escalón y vemos una docena de personas arrodilladas en la estancia, sentadas sobre sus talones sobre un suelo de tatami, la espalda erguida mirando hacia la imagen del fundador de esta rama del budismo, Shinran. En ese momento no lo sé, pero es una secta que se llama Budismo de la Tierra Pura. Me arrodillo como ellos y me dejo llevar por los cánticos repetitivos y ceremoniosos.

Podría dormir. Sí, muy fácilmente, pero sería desconsiderado, así que pienso en la cuerda de cabellos humanos que hay expuesta en una vitrina afuera; una de las cincuenta cuerdas que sirvieron para transportar las vigas para la reconstrucción de este templo, que fue destruido por un incendio. Un grupo de devotas se cortó el pelo y tejió cuerdas más fuertes que las habituales. Estas no se rompían por el peso.

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Ahora susurran un mantra una y otra vez, mientras todos mantienen los ojos cerrados. A mí cerrar los ojos no me cuesta trabajo, y pienso en dragones y en budas y en incienso, y en que todo me da vueltas. Por último pienso en una palabra, la he reconocido en medio de toda la retahíla japonesa, y sin querer me descubro repitiendo: ommmmmmmmmmmmm

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Japón. La paz en el jardín de un sogún

JA-PÓN. Pronuncio en voz alta la palabra y me viene a la mente el gong que hacen las campanas en los templos sintoístas.

El viajero de Occidente, a pesar de su escepticismo, adquiere en esta tierra exquisita cierto nivel de espiritualidad, se siente cerca del Paraíso pero con tintes exóticos; un paraíso en el que los jardines te envuelven con el olor a hierba recién cortada y el verde aparece, intermitente, a los ojos. Un paraíso en el que el canto de los pájaros te acompaña en tu deambular -ellos escondidos en las copas de los árboles, tú recorriendo las veredas acotadas que la suprema corrección nipona prohíbe traspasar-.

Hama-rikyu Onshi-teien

Lo mejor de hoy ha sido descansar en Hama-rikyu Onshi-teien, con vestigios de lo que un día fue el jardín de un palacio sogunal. Ahora los patos zambullen sus cabezas en el lago, y todo parece un decorado de lo que sería el Paraíso en una mente oriental, con sus casitas de té alzándose coquetas en medio de la frondosa vegetación, sus pinos de 300 años y hortensias orgullosas.

Aquí hemos cambiado el trasiego del mercado de pescado de Tsukiji -la mayor lonja de pescado del mundo- por la quietud del parque; la imagen de los cangrejos-rey sin dueño, mirándonos desde sus cajones de vidrio, por el verde, limpio y ordenado silencio.

Casi te sobresaltas cada vez que los cuervos -magníficos ejemplares de medio metro que graznan, desafiantes, mientras dan saltitos en la hierba- bajan de los árboles centenarios.

rio-sumida-tokioHemos querido detener un poco el tiempo mientras el aire erizaba la piel del río Sumida-gawa. Tres viejecitas japonesas se relajaban en el banco de al lado: una hacía estiramientos con los brazos; otra luchaba contra las hormigas; la última estaba asomada al río y miraba hacia el horizonte con una serena sonrisa en los labios.

Era la más bella. Sumamente delgada, blanca y frágil, sus pequeños ojos se alargaban dibujando una raya menuda en el mármol de su cara. Estaba descalza, y su falda blanca dejaba ver sus huesudas piernas hasta la altura de las rodillas. Miré en la dirección que ella miraba, pero yo nada vi.

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Me fascinaron sus suaves movimientos, el modo en el que se frotaba las plantas de los pies con el suelo o se asomaba al agua, agarrándose a la baranda con ambas manos, con sus labios pintados de rojo sin dejar de sonreír. Como una niña que jugaba…

calle-tokioFinalmente, cuando regresó con sus compañeras se sentó con las rodillas flexionadas, los pies apoyados sobre el banco de madera. Las rayas de sus ojos se hicieron casi imperceptibles. Se durmió.

Entonces pensé que buena parte de la esencia de Japón se podía resumir en esa anciana que buscaba en ese parque su paz y su descanso, y que un barquito en la lejanía la hacía feliz. (Sí. En efecto. Finalmente, lo descubrí).

 

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